Leyendo la novela El amigo, de Sigrid Nunez, (qué libro tan hermoso, ¿cómo he tardado tanto en llegar hasta él? Salió en 2018) me entero de que el gran escritor Rilke amaba a los perros y se sentía muy compenetrado con ellos. Y que una vez, saliendo de un café en España, se topó con una perrita vagabunda a punto de parir que le dirigió tal mirada de súplica (se me abren las carnes de imaginar la vida atroz de esa criatura en 1912, que es cuando nos visitó el poeta, y en este país, tan feroz con los animales por entonces) que Rilke quedó de alguna manera fulminado. En los ojos de la perra vio, diría después, “toda esa verdad que va más allá de lo particular para dirigirse no sé a dónde, hacia el porvenir o lo incomprensible”. Le dio un azucarillo de su café, un gesto que, escribió, fue como decir misa juntos.No es el único personaje relevante impactado cognitiva y anímicamente por el contacto con los animales. A mí me emociona de manera especial la terrible historia de Nietzsche, que el 3 de enero de 1889, estando en Turín, vio cómo un pobre caballo de tiro era azotado de forma brutal por el cochero. Espantado, el filósofo rompió a llorar, se abrazó al cuello del equino e, instantes después, se desplomó con un colapso nervioso. Fue el comienzo del fin; tras ser detenido por alteración del orden público, lo trasladaron a una clínica psiquiátrica en Suiza y después a otra en Alemania. Ya no volvería a salir ni a recuperar la razón hasta su muerte, ocurrida 11 años más tarde. No se sabe si su deterioro mental fue causado por una sífilis avanzada, o por una demencia frontotemporal, o incluso por un tumor cerebral, pero la obvia metáfora de que lo enloqueció el sufrimiento insoportable de una criatura indefensa me conmueve muchísimo.En ambas anécdotas hay reconocimiento y trascendencia. Hay una verdad que, en palabras de Rilke, va más allá de lo particular, es decir, que es más grande que una misma. Siempre me han gustado los animales. De pequeña no jugaba con muñecos antropomórficos, con bebés de goma o peponas de trapo, sino con animales de peluche. El gran amor de mi infancia fue una mona Chita descosida y llena de calvas que mi madre, que era una maga, me convenció de tirar a la basura a los 14 años, envuelta en un pañito-sudario, a modo de rito de madurez (aún no se lo he perdonado). Quiero decir que siempre me he sabido perteneciente al reino animal, e incluso diría que en ocasiones he sentido que formaba más parte de la manada peluda que de la humana. Ahora bien, con el paso del tiempo ese sentimiento se ha ido haciendo más profundo, más complejo, más absoluto. Como si esa continuidad con los demás seres vivos me rescatara de la indecible soledad de la experiencia humana y del sinsentido de la vida. Hace muchos años entrevisté para EL PAÍS al gran naturalista David Attenborough, y ese hombre maravilloso me dijo algo que no puedo citar literalmente, porque no tengo el texto, pero sí fielmente, porque me impresionó. La experiencia más trascendente de su vida, explicó, fue encontrarse cara a cara en Ruanda con un espalda plateada, el enorme y majestuoso gorila de las montañas; se miraron fijamente a los ojos y Attenborough no sólo se reconoció en el gorila, sino que advirtió que el animal se reconocía en él.Yo también me reconocí en un ojo no humano y creo que fue, en efecto, la experiencia más trascendente que he vivido. La he contado en dos libros y no quiero repetirme, pero sucedió hace mucho en la costa occidental de Canadá cuando, estando yo en el mar en una pequeña zódiac, emergió justo a mi lado una gigantesca ballena corcovada. Vi pasar su ojo, curioso e inteligente, incrustado en la gran mole de su cuerpo. Mirándome. Mirándonos. Y el tiempo se detuvo. Ese salto interespecies es algo muy cercano a la eternidad.Rilke escribió que, cuando le dio el azucarillo a la perra, sintió como si estuvieran celebrando misa juntos. Entiendo lo que quiere decir; no soy creyente, pero la historia de la ballena tuvo para mí algo religioso, del latín religare, de unirte con el todo. Fue lo más cerca que he estado en toda mi atea vida de lo sagrado, de ese misterio colosal que está en el centro de todo y produce asombro y reverencia. Cada día tengo más claro, en fin, que para mí Dios es el animal que llevo dentro.
El animal interior
Leyendo la novela <a href="https://elpais.com/babelia/2021-09-25/sigrid-nunez-internet-nos-ha-hecho-la-vida-mas-dificil-en-lo-emocional.html" target="









