Como si todavía tuviera mando en plaza, anda estos días José Luis Rodríguez Zapatero llamando a diestro y siniestro a las formaciones minoritarias del Congreso para recabar su apoyo al real decreto-ley de los lobbies aprobado por el Gobierno en pleno mes de agosto.

Entre la entelequia y la alucinación, alguien ha debido introducir en el magín del expresidente la peregrina idea de que la nueva regulación puede ayudarle en sus cuitas judiciales. Que permitirá explicar al juez que lo suyo no era cosa de lobos a comisión, sino de lobbies perfectamente civilizados; que donde los investigadores puedan ver tráfico de influencias había, en realidad, una actividad de intermediación legítima, transparente y homologable a cualquier despacho de public affairs.

Sus amigos de la amnistía, esto es, los dirigentes de Junts, asisten ojipláticos a las llamadas del expresidente. Les sorprende la petición y, sobre todo, el tono. Esa peculiar combinación entre la suficiencia de quien durante años se acostumbró a que le cogieran el teléfono a la primera y la ansiedad de quien empieza a descubrir que algunas puertas ya no se abren.

Hay algo profundamente dostoyevskiano en este último Zapatero. Nuestro particular Rodión Raskólnikov arrastra un serio problema de percepción de la realidad. Su proximidad con el Gobierno actual y el proceso de lobotomización al que le han sometido dudosas potencias extranjeras —y que le hacían verse a sí mismo como un hombre extraordinario e incomprendido, sin límites en lo terrenal— han ocultado largo tiempo esta tara. Hasta que llegó el juez Calama.