EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.Desde sequías en Centroamérica, pasando por incendios en Colombia y llegando a intensos temporales en Chile, el fenómeno de El Niño ya empezó a mostrar sus múltiples caras en América Latina y el Caribe. Declarado oficialmente como tal en junio, no es ninguna sorpresa que regrese: se trata de un mecanismo natural y cíclico que se ha reportado desde finales del siglo XIX. Allí no hay ninguna novedad. Lo que sí genera expectativa es cómo se vivirá en lo que queda de 2026 y por varias razones. Primero, como cuenta Bárbara Tapia Cortés, de la Organización Meteorológica Mundial, es que “nunca hay un Niño igual a otro”. En el clima juegan otras variables locales que pueden potenciar o frenar sus impactos. Lo segundo gira en torno a sus predicciones. Según el más reciente boletín de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), publicado el 13 de agosto, hay una probabilidad superior al 90% de que se produzca un fenómeno de El Niño de intensidad “muy fuerte” entre septiembre y comienzos de 2027. Se trata de la categoría más alta entre las cuatro que tiene El Niño y aplica cuando la superficie del océano en un punto específico del Pacífico ecuatorial se calienta alrededor de 2 °C por encima de lo normal —para declarar un Niño “débil” se necesita que el valor esté 0.5 °C por encima del valor promedio histórico durante tres meses—. Incluso, dice la NOAA, para octubre y diciembre, hay un 69% de chance de que se produzca un Niño histórico: uno con una intensidad que supere a la de sus anteriores desde 1950. Lo tercero es que este fenómeno de 2026 se da en el contexto de crisis climática que, de por sí, ya ha calentado tanto la atmósfera como el océano. De hecho, el planeta lleva tres años consecutivos quebrando el récord de la temperatura de sus océanos. “Tenemos todos los ingredientes para que sea un evento fuerte”, dice Tapia. Pero, como en toda receta, tener los ingredientes no significa que el producto final vaya a salir como creemos. “No todo Niño fuerte implica que los impactos serán fuertes”, comenta dando cierto parte de tranquilidad. La preparación ante el Niño y reducir la vulnerabilidad de las personas ante lo que puede venir —o ya se está viviendo— puede incluso ser un mayor determinante de cómo sale esa “receta” climática.Las caras de El Niño La semana pasada, Centroamérica entró en alerta por sequía. Casi en el mismo día, Honduras, Panamá y El Salvador se declararon en emergencia asociada a El Niño. En la capital del primer país, Tegucigalpa, las fuentes que abastecen de agua a la ciudad llegaron a puntos críticos y las autoridades han tenido que instaurar una dotación de agua que varía entre cada 10 y 20 días. Mientras, en Panamá, hay 11 cuencas con estrés hídrico, incluida de la que dependen las aguas del canal. Según las autoridades de esta vía de navegación, desde mayo las lluvias han estado un 34 % debajo del promedio histórico y los aportes a la cuenca se han disminuido un 44%. Por eso, a partir del 3 de septiembre, el número de buques que podrán pasar por allí bajará de 38 a 34 diarios, y solo será de 32 desde el 15 de septiembre. También pusieron nuevas restricciones de calado, situación que rebotará en la economía, ya que por el Canal de Panamá pasa un 5% del tráfico marítimo del mundo.
Sequías en el centro y temporales en el sur: ‘El Niño’ empieza a mostrar sus múltiples caras en América Latina
El fenómeno de 2026 tiene una probabilidad mayor al 90% de convertirse en “muy fuerte”. Centroamérica declara alerta, mientras que en la Amazonia sus impactos podrán darse más adelante con incendios de bosques primarios







