Es lo que cabe esperar de la casa de un escritor: libros. Centenares de ellos en estanterías pueblan las paredes, otras decenas se amontonan en las mesas. En el salón hay varios escritorios sobre los que, sin embargo, Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) no trabaja. Su despacho es una sala contigua, separada del resto de la estancia por puertas correderas. Allí, junto a la ventana, se sienta a teclear. A sus espaldas queda una pared con dibujos de aves y vegetación. Es una tela que ya estaba en la casa mucho antes de que Llamazares y su mujer se instalaran en este piso de Madrid. Sobre una mesa larga, varias pilas de libros —novedades que le envían las editoriales a la espera de sus opiniones— forman una muralla. Resguardado entre la literatura y la naturaleza, el escritor escribe.
Es autor de La lluvia amarilla, La lentitud de los bueyes, Luna de lobos, El río del olvido, Memoria de la nieve y Vagalume, entre otros títulos. Escribe ficción, poesía, artículos de prensa y crónicas como El viaje de mi padre, un libro que publicó en 2025 y para el que recorrió el camino que hizo su progenitor en el Regimiento de Transmisiones durante la Guerra Civil.
Llamazares entiende el paisaje como memoria; la naturaleza como testigo del paso del tiempo. Para él, “el escritor no elige los temas, sino que los temas lo eligen a él”. Habla del escritor no como alguien que necesariamente vive de ello, sino como “todo aquel que tiene la vocación de escribir, que lo haría aunque nadie le leyera”. En ese sentido, dice, se escribe lo que a cada uno le pide el alma. En su caso: la memoria, el paisaje, el mundo rural, la naturaleza.








