0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEste verano, la temperatura política se ha mantenido inusualmente alta, como si estuviera tan sometida al dictado del cambio climático como la temperatura física. La peligrosa naturaleza de la crisis de Ceuta, que puede ser el preludio de una intensificación de las reivindicaciones marroquíes sobre las dos plazas españolas en el norte de África, habría aconsejado un grado de entendimiento entre los dos primeros partidos políticos, pero este entendimiento no ha aparecido por ninguna parte, como suele ocurrir últimamente siempre que se le necesita. Debido a esto, la tregua estival solo se ha notado por un diapasón algo más bajo que el habitual, más por falta de amplificación de los improperios y de las recriminaciones por parte de los medios que de ganas de hacerse oír por parte de los participantes en la trifulca. ACNCon el inicio del nuevo curso político, los decibelios volverán a aumentar. En los tribunales, el mes de agosto es sagrado, y a partir de mañana lo notaremos. Volveremos a oír hablar del caso Leire, de Ábalos, de Begoña Gómez, del novio de la presidenta madrileña, etcétera. La UCO volverá a sorprendernos. No habrá suficientes primeras páginas para tanta filtración. Nos hartaremos de oír lo de “y tú más”, tan desmoralizador. Nos preguntaremos cómo han podido algunos caer tan bajo, pero también quién ha dado a los jueces el derecho a intervenir de este modo en el terreno político. El Gobierno de Pedro Sánchez, enormemente desgastado, seguirá aferrándose a todos los clavos ardientes a mano, a trancas y barrancas, y la oposición de Alberto Núñez Feijóo estallará de impaciencia por llegar a la Moncloa, con el temor no confesado pero evidente de que la pieza se le vuelva a escapar. Quedan muchos meses. Nada está escrito.¿Se va a decidir por fin Núñez Feijóo a decirnos qué piensa hacer con el ­Gobierno si los pronósticos se cumplen y gana, o va a seguir escondiendo las recetas que nos tiene reservadas detrás de los ­insultos a Pedro Sánchez y de la re­clamación de unas elecciones anticipadas que cada día lo serán menos? ¿No sería hora de que intentara ilusionar a los votantes con una idea del futuro, la que sea?Si puede, Sánchez apurará hasta el último día, porque adelantar los comicios no le favoreceVolveremos a preguntarnos si la legislatura aguantará hasta el final. Si puede, Sánchez la apurará hasta el último día, porque adelantar los comicios no le favorece. Cabe imaginar que la amnistía a los líderes independentistas se acabará aplicando y que Carles Puigdemont volverá a Catalunya. El espectáculo estará servido. Pero no se pueden excluir nuevas dilaciones. Curiosamente, en Catalunya las llamas del procés se han apagado con mayor rapidez –una rapidez algo inconsciente, todo hay que decirlo– que en el resto de España, donde todavía hay muchas brasas vivas, sobre todo en Madrid. Queda gente que no perdona, o que no se perdona su reacción (a veces cuesta distinguir una cosa de la otra).Dos citas del calendario electoral internacional impactarán sobre nuestra escena política. En las elecciones de medio mandato de noviembre en Estados Unidos, si las maniobras de Trump con el voto por correo y con las listas electorales no lo impiden, parece cantado que el Partido Demócrata obtendrá la ­mayoría en la Cámara de Representantes. Quizás esto ­desinflará un poco las velas de los partidos ultras europeos, entre ellos Vox. En mayo, las presidenciales de Francia, con Marine Le Pen llamando a la puerta del Elíseo, pueden proyectar una sombra muy pesada sobre las generales de aquí, si se celebran después.En este mundo traidor las certezas no abundan, en particular en el terreno de la política, pero en este fin de agosto nosotros podemos tener dos: que será el último curso de la legislatura, porque por mucho que Pedro Sánchez muestre su capacidad de resistencia deberá convocar elecciones a lo ­sumo en julio, y que será un curso movido. Los medios informativos rebosarán de injurias y denuestos. Si no queremos taparnos los oídos, a los ciudadanos solo nos queda esperar que, al menos, los políticos intenten tirarse los trastos a la cabeza con educación y –si no es pedir demasiado– con un poco de gracia. Si nos van a ofrecer un espectáculo, que sea divertido. A la hora de atacar al adversario, la elegancia y el buen humor siempre suman puntos.