0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialCierra agosto. “Chao, chao, pescao”, que diría Isabel Díaz Ayuso. Adiós a los textos ligeros sin más objetivo que el ir y venir de los días. Bye-bye a las columnas que versan sobre los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa. De lo que pasa en la calle, en el lenguaje nada afectado que prescribía Antonio Machado a quienes escriben. Regresa septiembre y con él, la droga del fin del mundo en cada punto y seguido. Àlex GarciaApuremos, pues, el último chupito de frivolidad. Y hagámoslo a la salud de quienes los sirven: los camareros. He anotado en una libretita a todas las personas que me han atendido este verano en barra o mesa ajena. A veces listo cosas. Un año me empeñé en saber cuántos pollos habían muerto en doce meses para alimentarme. En junio empecé a sentirme culpable y en diciembre pensé que si hacía pública la cifra, sería considerado un genocida. En otra ocasión hice lo propio con los calvos con los que me crucé durante un mes. No se preocupen. Nada de esto está catalogado todavía como enfermedad mental.Hay que mantener en pie el sueño de que es posible prestigiar la profesión de camareroLa cifra de camareros de verano es proporcionalmente menor. Pero juntos suman lo que una concentración mediana en la plaza Sant Jaume. No crean que amanezco y duermo en el suelo de los locales de restauración y ocio. Si prueban con ustedes mismos, también quedarán de pasta de boniato. Hombres, mujeres, aseados y desaliñados. Los ha habido excelentes, buenos, regulares y malos. Pero hoy, día de agradecimiento, no hacemos distingos: ¡A su salud!Cumplimentado el gremio, añadamos que en el terreno patrio ha de mejorar. Hay que mantener en pie el sueño de que es posible prestigiar la profesión de camarero, como sucede en otros lugares nada lejanos. Que deje de ser un mero ejercicio de subsistencia que puede realizar el último de la fila con pocas ganas y menos preparación.Hay camareros de verdad, claro que sí. Pero si acudo a mi lista de verano, el resultado es, en general, descorazonador. La excusa nos la conocemos: ¡falta mano de obra! ¡La gente no quiere trabajar! Algo habrá de eso si tantos pequeños empresarios insisten en ello. Pero para que nazcan vocaciones habrá que mejorar las condiciones de trabajo. Porque sabido es que sin vocación no hay excelencia posible. Aunque a veces ni con eso sea suficiente. Fíjense si no en el periodismo. En esta misma columna, sin ir más lejos.
Camareros y periodistas, por Josep Martí Blanch
Cierra agosto. “Chao, chao, pescao”, que diría Isabel Díaz Ayuso. Adiós a los textos ligeros sin más objetivo que el ir y venir de los días. Bye-bye a las columnas que versan sobre los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa. De lo que pasa en la calle, en el lenguaje...







