“…y después, bueno, después ya se moriría, ¿no, niño?”. Mario Vargas Llosa, Conversación en la Catedral.1. El tiempo, lo sabemos, es una muy caprichosa dimensión de la realidad. Para los físicos es el instrumento que mide el cambio y duración de los fenómenos y los procesos, y nos permite ubicarlos en un antes o un después. Para ello, siguiendo los ciclos cósmicos, se han establecido acuerdos universales para medir su transcurso. Pero incluso algunos físicos han relativizado su transcurrir y estimado que, en la relación que establezca con la velocidad y la gravedad, el tiempo puede tener diferentes comportamientos y, según ellos, hacerse relativo.Para los historiadores, mientras tanto, el tiempo es un plano que discurre cronológicamente y les permite organizar los sucesos ocurridos, con causas previas y consecuencias posteriores, en un transcurrir preciso. Su relatividad, si acaso, depende de percepciones como la conexión entre los desarrollos sociales en los diversos momentos históricos. Es un instrumento comparativo, aunque siempre con un tránsito progresivo.Para los escritores, por su lado, el tiempo es un desafío y se le puede emplear como un recurso estético. Los novelistas sabemos que hay pocas cuestiones más difíciles en el desarrollo dramático de un argumento que hacer pasar el tiempo sin que se vean las costuras con que lo hemos hilvanado. Sin embargo, nos resulta indispensable contar con el tiempo (el pasado, donde ocurrieron los hechos) y, si nos parece necesario, jugar con sus dimensiones. Tiempos que se convierten en un tempo narrativo más acelerado o más lento, incluso tiempos alterados en su decursar cronológico para buscar con ello una percepción más acabada de la realidad plasmada.El tiempo de la vida, por su parte, aunque también es cronológico, puede tener comportamientos mucho más veleidosos. El tiempo vuela o no pasa, solemos decir, y lo hacemos a partir de una relación personal, existencial, de carácter subjetivo, con los acontecimientos o procesos que nos están ocurriendo o nos ha sucedido. De esa percepción, por supuesto, también se alimentan los escritores pues trae consigo un valioso componente dramático.Y si algo de lo hasta ahora anotado puede ser rebatido o considerado un disparate conceptual por físicos, filósofos o historiadores, pues me someto a su juicio, alegando como única defensa a mi favor la certeza de que lo dicho sobre el tiempo y la literatura es una experiencia personal que he vivido y practicado. Durante mucho tiempo, por cierto.2. El tiempo, sin tener culpas o conciencia de ello, puede ser también una dimensión enemiga. Lo estoy viendo día a día a mi alrededor. Incluso lo estoy viviendo personal y cotidianamente.Cualquier compatriota mío de hoy puede hacerse cada día la pregunta de “¿hasta cuándo?”, y con esa interrogación estar cuestionando al tiempo. “¿Hasta cuándo va a durar esto?” puede ser incluso la formulación más precisa y, ahora mismo, recurrida.Para un habitante de este siglo que ha vencido su primer cuarto puede parecer una distopía el hecho de que por días, semanas, ya meses, ese compatriota mío tenga servicio de electricidad un par de horas al día o incluso, ninguno en varias jornadas y, por supuesto, su refrigerador altere sus funciones y se convierta en algo así como una despensa. Que apenas logre dormir en las noches tórridas de este verano porque es casi imposible hacerlo sin un ventilador. Que el suministro de agua corriente, más o menos potable, le llegue de vez en cuando, con semanas y hasta meses de sequía y entonces espere a que los dioses le envíen la lluvia y puedan limpiarse con ella, descargar sus fétidos inodoros cuando no se ha practicado el recurso de orinar en un caño o defecar en una bolsa que luego es lanzada al basurero desbordado que, para más ardor, no es recolectado en varios, a veces muchos días. Que, ante la carencia de combustibles y de la falta de electricidad pues preparen los alimentos conseguidos —también con dificultad física y económica— y los cocinen con carbón. Que les resulte muy complicado desplazarse, incluso para una cuestión médica. Que casi nunca tengan conexión a algo llamado internet… Todo eso, y más, al mismo tiempo, y sin bombardeos ni invasiones, como las de Gaza o Ucrania.Y se podrá entender que esas personas con dolorosa frecuencia se pregunten “¿Hasta cuándo?”. Porque viven en una guerra de supervivencia en un tiempo que a la vez se ha detenido, se dilata, que se percibe como enemigo. Y la reacción de muchas personas ante lo que no pueden cambiar (pues no existen mecanismos para hacerlo) es algo así como somatizar el agobio: con rabia pero con resignación, con ron y reguetón si es posible, sin contar las horas porque la noción del tiempo se ha convertido en otro refrigerador que ha perdido su sentido.¿Se puede imaginar un ciudadano de alguna de las partes favorecidas del mundo cómo es pasar así el tiempo vital de cada día durante muchos días y sin saber “hasta cuándo”?3. Los cubanos de este tiempo miran con nostalgia un pasado raquítico en el cual ya acumulaban carencias y decepciones que incluso pudieron llegar a parecerles la normalidad nacional. Una crisis económica que hunde sus raíces en la década de 1990 cuando el país dejó de ser virtual, sostenido por las dispendiosas e interesadas arcas soviéticas, para convertirse en el país más real en el cual viven desde entonces: un país con una economía devastada que, por incapacidades políticas sostenidas en el tiempo, no ha logrado levantar boga.El descenso a los infiernos del presente que se ha acelerado en los primeros años de esta década ha tenido además otro componente catalizador: la política de hostilidad del Gobierno de Estados Unidos, empeñado en un cambio de sistema político en la vecina isla comunista. Una política que de los diversos embargos ha pasado a un bloqueo puro y duro que impide la llegada de combustible y de otros muchos recursos a Cuba… con la excepción de los que provengan de territorio estadounidense. Ellos sí, otros no.Buscando alivio el Gobierno cubano ha implementado medidas que, para muchos, llegan tarde en… el tiempo. Una lista de 176 ordenanzas de apertura económica —para dinamizar y actualizar la economía doméstica, dicen— ha sido aprobada en lo que, de concretarse, será un giro de 180 grados de la estructura socioeconómica del país que abriría de par en par las puertas al mercado y sus leyes más capitalistas. Porque ahora se puede fundar una banca privada en la isla o montar una farmacia privada que venda los medicamentos que no consigue garantizar el Estado.Y todo cae en el recipiente de un tiempo que parece detenido, incluso en retroceso histórico, aunque esa es solo una percepción ilusoria. Porque en verdad se trata de un tiempo que transcurre no solo en la historia, sino y sobre todo en la vida de varios millones de personas atrapadas en esa realidad agobiante. Es el tiempo de la existencia humana, el único valor vital que es irrecuperable, pues se puede enriquecer desde la pobreza (casi nunca, la verdad) o restablecer la salud deteriorada, pero nunca volver a tener el tiempo perdido.Y con la certeza, más que la sensación de pérdida, a mi alrededor transcurren tantas vidas. Víctimas de diversas decisiones políticas llegadas desde distintos frentes. Sin capacidad social para cambiar las coordenadas de su contexto. Con la opción, si acaso, de intentar largarse a donde sea que puedan lograrlo, los que consigan lograrlo. Sumidos en un foso del tiempo desde el cual se preguntan “¿hasta cuándo?”, y nadie, nadie les responde. Ni siquiera el futuro.