El principio ético de la seguridad vial sostiene que ninguna muerte o lesión grave en el tránsito es aceptable; por lo tanto, el único número admisible es cero. Lograrlo es un desafío que requiere compromiso, conocimiento, planificación, creatividad y, sobre todo, mucho trabajo. Hace falta cambiar las normas, mejorar la infraestructura vial, contar con vehículos más seguros, desarrollar sistemas de emergencia ágiles y eficaces, y lograr que las personas cuiden de sí mismas y de los demás.

Una herramienta útil para promover el cambio de comportamiento es la comunicación. Sin embargo, enfrenta un desafío importante: ¿cómo hacer atractiva una campaña de prevención de riesgos viales cuando sus premisas casi siempre parecen órdenes dadas por una figura de autoridad: un padre, una madre, una maestra, un profesor o un policía? Ponete el casco, usá el cinturón de seguridad, respetá las velocidades máximas, no uses el celular, no tomes alcohol antes de conducir.

Por el contrario, como en un ring de boxeo simbólico, el contrincante es un monstruo de múltiples cabezas. Una de ellas, la publicidad, asocia emociones placenteras, momentos divertidos y personas atractivas con fiestas, la excitación del riesgo y vehículos capaces de desplazarse sin obstáculos. Las redes sociales funcionan de manera similar, pero están potenciadas por algoritmos que detectan, predicen y direccionan los intereses personales. La machósfera y su exaltación de la masculinidad se destacan entre los contenidos más dañinos. Otra es la biología.