Días antes de partir de Madrid, con el vértigo de la mudanza al acecho y la nevera tiritando, cada despedida era un pretexto para comer o cenar fuera. Casi todos los días, sin ningún tipo de planificación ni reserva y con la percepción de que había muchísimos sitios compatibles con las necesidades y la cartera de la mayoría. Una de esas, en un lugar elegido al azar en la calle del Barquillo, al lado del piso donde vivía, en un bar recién abierto tenían un plato del que nunca había oído hablar. Pregunté qué eran los “tequeños”. Me contestaron que unos palitos de queso. Los pedí. Me gustaron.Meses después volví a comer esa especie de tapa infantil en Caracas; ahora han pasado casi diez años, el bar de aquella noche madrileña ya no existe y, a cambio, ese plato campa por cientos de cartas en Milán, Londres, São Paulo o Miami. La migración venezolana y un marketing atinado sin duda tuvieron algo que ver, aunque el origen probablemente es lo que menos importa: lo interesante es que puede entenderse como un pequeño indicador de algo que sucede en ciudades a las dos orillas del Atlántico. Los tequeños son hoy globales, como las cafeterías de especialidad, las tiendas de complementos nutricionales y las colas casi por doquier.Ni es nuevo ni una tendencia de los últimos meses. Sin embargo, irse de un sitio con una foto fija en la retina, volviendo apenas para alguna visita puntual a lo largo de una década, hace del regreso a Madrid una experiencia de mayor impacto, aunque quizá con menos matices. Viví en Madrid entre 2004 y 2016. Era la ciudad en la que había elegido quedarme, y de la que me fui por trabajo. He vuelto tras residir, esencialmente, en Bogotá y en Ciudad de México, donde me instalé al empezar la pandemia de coronavirus en 2020 y pude observar cómo algunas de esas señales se multiplicaban poco a poco. Los estadounidenses que pasaban largas temporadas allí atraídos por la flexibilidad de las restricciones sanitarias, la comida, el estilo de vida más relajado y el clima llenaron colonias como la Roma, la Condesa y la Juárez de speakeasy, bagels de salmón y queso crema, bares efímeros. Un día te levantas y has de convivir con escenas de vecinos descalzos paseando al perro a primera hora de la mañana y los precios por las nubes. Y encima, sintiéndote parte del problema, claro. O no. Cuando vi por primera vez un cajero para cambiar bitcoins en un mercado de artesanía supuestamente tradicional pensé que me había perdido algo por el camino o que tal vez me había metido en el lugar equivocado. Al igual que aquella vez que en Zihuatanejo —la playa que evoca Stephen King en Rita Hayworth y la redención de Shawshank y con la que sueña Tim Robbins en Cadena Perpetua— me invitaron a una cena y resultó que todos querían ver el Mundial de hockey sobre hielo y animar a la selección de Canadá. De todas formas, estas líneas no pretenden abordar un análisis exhaustivo de las dinámicas de la gentrificación, sino comparar dos fotografías separadas por diez años, un ejercicio que cada cual haría de forma diferente.Para empezar, un cliché: los acentos de Madrid han cambiado. Todo lugar común lo es por algo y está claro que el de la diversidad se sostiene en una realidad: la ciudad es una gran capital latina y acoge —al menos en parte— a una migración de México, Colombia, Argentina y Venezuela sociológicamente muy distinta a la que era mayoritaria hace tan solo unos años. Escogen Madrid para estudiar, trabajar, hacer negocios, invertir, los hay que viven con un pie aquí y otro en Monterrey o en Barranquilla. Y se suman a los europeos, estadounidenses y canadienses, que a lo mejor no tienen intención de instalarse a largo plazo, pero pasan temporadas en Malasaña, La Latina, Chueca, el Barrio de Las Letras o Chamberí. Los guiris de paso y los extranjeros que se sienten en casa, entre los que me encuentro.Cuando me fui vivía en Chueca, en la calle de San Gregorio, de la que con el paso de los años han sido expulsados todos los vecinos que conocía por el precio del alquiler. Al regresar tuve suerte y encontré piso con relativa rapidez en el barrio de Vallehermoso, con unos caseros ajenos a los estereotipos y un agente inmobiliario honesto, pero la búsqueda estuvo marcada por una doble tendencia: la proliferación de los alquileres temporales, con la consiguiente difusión de viviendas diminutas similares a suites de hotel boutique, y el intento de colar unas condiciones abusivas. En una corrala de la calle de Ponzano visité un apartamento de dos habitaciones sin ventanas ni radiadores que dudo tenga una cédula de habitabilidad al día.Las esperas son otro reflejo de este Madrid que uno sigue sintiendo como propio después de volver. Las colas para salir a cenar, no solo dentro del perímetro de la M-30, para ir a un museo, también para desayunar un fin de semana. La gran mayoría de las actividades requiere una planificación previa y eso no guarda solo relación con el hecho de que también el que escribe ha cambiado y es diez años más viejo. Con todo, la restauración aún no ha perdido por completo, a pesar de los hypes estacionales, cierta vocación de clase media que ofrece variedad y calidad a precios asumibles, en definitiva, para las mayorías. Dicho de otra manera, probablemente sea más fácil comer mejor por 15 euros, en términos absolutos y al margen de los gustos, en Madrid que en Ciudad de México, en la que cada vez más la comida o es sorprendentemente barata o delirantemente cara. Es decir, apenas queda una clase media gastronómica. Un viernes por la noche salí de la redacción del periódico, ubicada en el Paseo de la Reforma, di un paseo con un amigo y entramos en un omakase, una barra japonesa recién abierta que nos había llamado la atención. No tardamos en enfilar la puerta de nuevo tras escuchar que solo se podía pedir un menú degustación por un precio inverosímil, mientras en una esquina a menos de 50 metros un señor vendía en un puesto callejero unos tacos de lengua por menos de tres euros. Una opción que puede ser deliciosa a la par que intrépida, si no se conoce el lugar al que se acude. Tuve esta conversación con Víctor, un barbero chilango enamorado de su trabajo y visiblemente enganchado a Instagram, días antes de subirme al avión de vuelta. Hablamos de comida, de las disfunciones de un sector extremadamente cruel para sus trabajadores, y preguntó si conocía los minutejos, los emparedados de oreja a la plancha nacidos en un bar de Carabanchel. Repitió el nombre del barrio varias veces, había leído un reportaje sobre su nueva vida en una revista y tenía clara su meta: “Estoy ahorrando para vivir allí”.
Más acentos, más colas, más restaurantes y apartamentos sin ventanas: el Madrid que me encontré tras 10 años fuera
El periodista Francesco Manetto dejó en 2016 la capital para trabajar en Venezuela. A su vuelta, le preguntamos si la ve cambiada. Esta es su respuesta






