0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialAfirma José María Ordovás, a propósito de la entrega de la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes al chef vasco Andoni Luis Aduriz, que es un gesto de enorme significado cultural: “La admisión plena de la cocina en el territorio de las artes mayores y de la creación intelectual”.Pero no hace tanto, en el 2007, la invitación de Roger M. Buergel a Ferran Adrià para participar en la Documenta 12, probablemente junto a Venecia la gran institución legitimadora del arte contemporáneo, desató la reacción airada de buena parte del mundo artístico, que entendió el gesto como una provocación o una boutade : “¿Qué hace un cocinero en Documenta?”. Getty ImagesEn Ennio, el maestro, de Giuseppe Tornatore, asistimos conmovidos y asombrados a la vergüenza y la culpa que torturó a un genio extraordinario como Ennio Morricone por haber dedicado su vida a un tipo de música que no era considerada por la academia, y por sus colegas de estudios, música seria o culta. En el documental, cuenta incluso que le avergonzaba explicarle a Goffredo Petrassi, su maestro y figura central de la música italiana del XX, que componía bandas sonoras.George Steiner, en una conversación con Nuccio Ordine al final de su vida, se enfrentó a una pregunta fundamental: “¿Se reprocha algo en particular?”. Con una honestidad desarmante Steiner respondió: “No he conseguido captar algunos fenómenos esenciales de la modernidad. Mi educación clásica, mi temperamento y mi carrera académica no me permitieron comprender completamente la importancia de ciertos grandes movimientos modernos. No entendía, por ejemplo, que el cine, como nueva forma de expresión, pudiera revelar talentos creativos y nuevas visiones mejor que otras formas más antiguas, como la literatura o el teatro”.La confesión es terrible porque Steiner reconoce que aquello que le proporcionaba autoridad para juzgar era precisamente lo que le impedía reconocer una forma nueva. Uno de los hombres más cultos de su época descubre que su propia idea de cultura le había impedido ver una parte esencial de la cultura de su tiempo. Es inquietante pensar que el conocimiento pueda provocar ceguera.El arte ha tenido siempre la obligación de plantear las preguntas incómodasYo mismo he sido consciente demasiado tarde de la decisiva influencia del cómic en mi formación como publicista, un género que no supe apreciar debidamente por una errónea percepción de disciplina menor –cosas de niños, historietas, tebeos–, víctima yo mismo de la autoridad moral de la alta cultura que probablemente adquirí mientras estudiaba Filología Hispánica.El arte contemporáneo lleva más de un siglo proclamando que cualquier material puede ser artístico. Duchamp consiguió que un urinario pudiera entrar en la historia. Sin embargo, la cultura canónica tiene al mismo tiempo una extraordinaria capacidad para construir jerarquías de legitimidad. Alta y baja cultura. Artes mayores y menores. Bellas artes y artes aplicadas. Arte y artesanía. Y una voluntad indesmayable de preservar esas fronteras, de construir muros que impidan el acceso a la inmortalidad. Y a la comprensión.¿Por qué al arte le importa tanto conservar la potestad de decidir qué lo es y qué no? ¿Quién decide qué merece ser tomado en serio mientras las cosas suceden y nos interrogan? ¿Qué consecuencias tiene para el mundo, para nosotros?El arte ha tenido siempre la virtud y la obligación de explicar el mundo, de esclarecer la época, y de plantear las preguntas incómodas, que son las necesarias. ¿Qué comprensión de lo que sucede perdemos al ignorar la importancia de determinadas disciplinas y seguir contemplando nuestra existencia filtrada por expresiones de otros tiempos? ¿Qué parte del mundo moderno no entendemos porque lo juzgamos desde prejuicios y categorías que no nos permiten explicarlo? Quizá lo nuevo esté naciendo en territorios que seguimos considerando menores, vulgares, o incluso amenazantes.En una era aterrorizada por el algorit-mo, la ceguera de Steiner y la culpa de Morricone nos recuerdan la fragilidad de lo indudable.