Un estudio de la Universidad de Tilburg en Países Bajos en 2009 mostró como el 75% de los encuestados respondió que cree que las demás personas son envidiosas y cuando les preguntaron por ellos mismos, el 80% dijo que no había sentido envidia en su vida. ¿No dan las cuentas, no? Yo mismo hice una encuesta por Instagram sobre el tema de la envidia antes de ponerme a escribir y la posición mayoritaria sobre la pregunta “¿Sos envidioso/a?” fue: “No, a mí me tienen envidia”. Evidentemente, estamos frente a una emoción tabú. En mi caso, me declaro culpable: soy un gran envidioso, y eso me llevó a rastrear los orígenes de un mal con el que convivo desde que tengo uso de razón. El éxito de la serie Envidiosa de Netflix, creada por Carolina Aguirre e interpretada por Griselda Siciliani, llama la atención sobre una emoción tan extendida como negada. Actualmente, el término es parte del debate político porque el presidente Javier Milei explicó que la justicia social le otorga una justificación moral a la envidia: transforma el dolor por el éxito ajeno en un supuesto derecho a exigir la redistribución. Más abajo, veremos por qué el Presidente se equivoca en la utilización del término. Ahora, lo que en general no se reconoce es que la envidia es parte constitutiva de nuestra subjetividad y, en ciertos momentos de la historia de la humanidad, nos salvó la vida.