A un presentador de informativos de televisión que está pasando un mal momento por sus bajos datos le dan la oportunidad de despedirse de su audiencia. Y decide pronunciarse con claridad sobre la situación que atraviesa el mundo e invita a cada espectador a abrir una ventana o salir al balcón y chillar que está enfadado. La fórmula que les propone tiene los elementos necesarios para servir como una válvula de escape ideal: “Estoy furioso y no quiero aguantarlo más” (en la traducción ahora disponible en una plataforma). Lo sorprendente es que la invitación se la toman en serio los televidentes y, efectivamente, gritan a todo pulmón para mostrar con la contundencia de un chillido su furibundo malestar. Los índices de audiencia suben en un santiamén. El tipo se ha salvado. De todo hace ya 50 años. Esta secuencia forma parte de Network. Un mundo implacable, la película que Sidney Lumet estrenó en 1976 y por la que obtuvo numerosos premios, incluidos cuatro Oscar. La película no ha envejecido mal; sobre todo aguanta bien la historia, que parece propia de estos días siempre que se cambie el registro y se piense en las redes sociales e internet cuando ahí se trata de la televisión. Sirve como diagnóstico, ya entonces, de una realidad fracturada entre lo que ocurre en la vida real y lo que se sirve en las pantallas. Network se inicia cuando un prestigioso presentador del telediario de una cadena va a ser despedido por su caída de audiencia. Le dan todavía unas semanas y, en una de sus apariciones, anuncia que en la próxima va a suicidarse en directo. El escándalo es mayúsculo, y los directivos lo hacen picadillo en un instante. Pero un viejo colega interviene para que lo dejen despedirse con un poco de dignidad. Y es entonces cuando se pronuncia desde las entrañas: “Estoy furioso y no quiero aguantarlo más”.El imponente éxito que provoca la fórmula impide, lógicamente, que lo dejen en la calle. Y, a partir de ahí y con Faye Dunaway como una rabiosa ejecutiva que va a batallar por alcanzar las mayores audiencias, la película explora ese universo roto en el que cualquier persona que anda media perdida encuentra su tabla de salvación pegando berridos junto al televisor. Exactamente como hoy ocurre con el móvil: vomitar la furia que se lleva dentro en las redes sociales y cargarse de razón. Aunque en la vida real nada de esto tenga nunca ningún efecto.Uno de los momentos más inquietantes de la película llega cuando Faye Dunaway descubre un imponente filón: le han pasado las imágenes de unos militantes de extrema izquierda que se han filmado mientras atracaban un banco, y se da cuenta de que aquello es infinitamente más entretenido que los noticiarios. Así que decide producirles a aquellos guerrilleros cada una de las iniciativas que los grupos radicales de aquellos años setenta ensayaban para hacer la revolución, y emitirlas luego en horarios de máxima audiencia: robos, voladuras de puentes y aviones, secuestros, atentados. La izquierda más institucional, el partido comunista, que tiene que mediar para que salga adelante el proyecto, se hace de rogar. Pero Faye Dunaway resulta convincente: tendrán la televisión para difundir sus ideas y más dinero para financiarse. Viendo las cosas ahora, ¿no será que la izquierda, al fin, ha llevado encantada su revolución a las tertulias y a las redes y se ha desentendido del mundo de verdad? Esperemos que no, al fin y al cabo Network es solo una película de ficción.
La revolución como espectáculo
Sidney Lumet retrató hace ya 50 años en ‘Network’ la fractura entre lo que ocurre en el mundo real y lo que sirven las pantallas







