A lo largo de los siglos, muchas metrópolis han alardeado de poder y gloria con grandes avenidas, arcos de triunfo o monumentos prodigiosos. Otras, en cambio, destacaron por un saber invisible, un atractivo sin estridencia y unas gestas que no deslumbran en los libros de historia. Son las capitales perfumeras, los lugares que descubrieron la alquimia de los olores y se convirtieron en centros económicos y logísticos, adquiriendo los mejores aromas del mundo y transformándolos en objetos deseados en todos los confines.Pero antes de repasar las capitales, asistiremos al alumbramiento del arte de oler bien.La evolución del perfumeCorre el Paleolítico superior en las cuevas de Raqefet, en el monte Carmelo (Israel), y toca despedirse de los que han pasado a mejor vida. En esa ceremonia mortuoria hallamos el primer ancestro del perfume. “Los estudios arqueobotánicos indican que los individuos fueron enterrados sobre una alfombra vegetal de plantas aromáticas, de la familia de las mentas. Esto nos demuestra que ya había un uso intencionado de plantas aromáticas en bruto –el primer estadio de los aromas– asociado a un contexto ritual y funerario”, revela María Luisa Vázquez de Agredos, doctora en Geografía e Historia, en Historia del Arte e impulsora de la Ruta Europea de las Farmacias Históricas y los Jardines Medicinales.Ese primer estadio consiste en emplear el aroma que desprenden las plantas al natural con intencionalidad. Con el descubrimiento del fuego, aparecerá el segundo estadio: el incienso. “En la antigüedad se consideraba que había cinco partes de las plantas que proporcionaban aroma: flores (lirio, rosa), hojas (menta, laurel…), cortezas (como la canela), semillas (cardamomo, pimienta…) y raíces (como el jengibre). Cuando se les aplica calor, intensifican su aroma. Ese es el origen del incienso, que supuso un salto cualitativo y tecnológico y que se empleaba en rituales religiosos”, puntualiza Vázquez de Agredos.A él le debemos el término perfume, que etimológicamente deriva del latín per fumum (a través del humo). Las primeras capitales del perfume estarán, por lo tanto, ligadas a enclaves religiosos. Según Vázquez de Agredos, “los himnos homéricos revelan que cada divinidad estaba ligada a una planta y, por tanto, tenía su propio perfume. El perfume que se preparaba para el dios Apolo no era el mismo que servía para ungir las estatuas de la diosa Atenea. Existía una asociación muy profunda entre la planta, sus propiedades y su simbolismo”.Pintura de Hector Leroux (1682-1740), que retrata a Pericles y Aspasia admirando la gigantesca estatua de Atenea en el estudio de FidiasTercerosLa tecnología del perfume fue avanzando hasta alcanzar el tercer estadio. “Es propio ya de las grandes civilizaciones de la antigüedad, empezamos a ver la preparación de los primeros ungüentos perfumados, a menudo con propiedades cosméticas”.El cuarto llegó mucho después, de la mano del alcohol, que permitió que las fragancias se pegaran a la piel y que los famosos acabaran siglos después embolsándose cantidades astronómicas por protagonizar anuncios de perfumes.Esta evolución tuvo diferentes paradas, las capitales perfumeras que encarnaron el olor de la historia.Babilonia. La primera perfumistaTal vez hubo otras antes de Tapputi, pero ella fue la primera que dejó su nombre inscrito en escritura cuneiforme en unas tablillas en la antigua Mesopotamia, halladas en Irak. “Al parecer, esta mujer dirigió el laboratorio de cosméticos en palacio al servicio del rey Tukulti-Ninurta I y elaboraba pomadas y ungüentos, de ahí el título que aparece junto a su nombre, belatekallim, que podría traducirse como consejera o supervisora de palacio. Tapputi es considerada hoy en día por muchos la primera química y perfumista de la historia”, desvela Begoña Imaz Fernández de Trocóniz, farmacéutica y autora de Historia y Ciencia del perfume (Guadalmazán, 2026).¿A qué olían las creaciones de Tapputi? Por lo que se desprende de las tablillas, los olores de moda entre los asirios eran las resinas de maderas aromáticas de árboles como el cedro, el ciprés, el mirto o el enebro.Pygros. El nodo mediterráneoEn Chipre funcionó una próspera industria perfumera, ubicada en el complejo Pyrgos–Mavroraki, al sur de la isla, capaz de elaborar catorce fragancias de forma simultánea. Todo un logro en tiempos en los que no se había ni oído hablar de la producción en cadena. ¿Cómo se sabe? Porque se encontraron: un terremoto sepultó el enclave en 1850 a. C. y, tal y como sucedió en Pompeya, pero a pequeña escala, la muerte inmortalizó la vida.“Fue uno de los primeros centros perfumísticos del Mediterráneo. Su clima mediterráneo era perfecto para el cultivo de hierbas aromáticas. Chipre, además, era un cruce de culturas: minoicos, micénicos, fenicios y egipcios. Cada uno aportó técnicas y materias primas. Los textos micénicos y luego los griegos mencionan ungüentos chipriotas. Chipre era un nodo aromático del Mediterráneo oriental”, relata Imaz.Mendes. El aroma de CleopatraLos perfumes más célebres de la antigüedad llevaban el nombre de la población que los producía y uno de los más apreciados, que, según cuentan, empleaba la seductora Cleopatra VII, es el mendesio o mendesiano, que se elaboraba en la ciudad egipcia de Mendes (la moderna Tell el-Ruba).Cleopatra, reina de Egipto, con Marco Antonio. Grabado de 1881Terceros“Mendes se convirtió en un núcleo privilegiado para la elaboración de perfumes por tres razones: su ubicación en la desembocadura del lago Tanis permitía trasiego de materias primas de regiones orientales desde donde importaban preciadas resinas y especias y, al mismo tiempo, desde aquí se exportaban los perfumes. Por otra parte, la ciudad era un potente epicentro religioso, lo que demandaba cantidades de sustancias aromáticas para realizar ofrendas, unciones y purificaciones. Por último, las fuentes clásicas hablan de que en esta ciudad existía una industria local consolidada, con artesanos especializados capaces de producir fragancias complejas y reconocibles”, revela Imaz.Damasco, Bagdad y Córdoba. Cuando el perfume se hizo lujo“No se puede hablar del perfume en el Islam sin mencionar estos enclaves. Su aporte esencial fue concebir el perfume como un producto de lujo, un símbolo de estatus y riqueza debido a su alto coste, muy alejado del cariz terapéutico y religioso que hasta el momento había tenido”, aclara Clara Buedo, autora de Historia del perfume (Catarata, 2024).El mundo islámico estableció rutas comerciales que permitieron acceder a las esencias más codiciadas y creó una industria de productos que no todos podían costearse. El califato andalusí heredó la sabiduría perfumista de Damasco y Bagdad. “En Córdoba confluyen los nuevos avances en destilación y la tradición árabe, persa e india en la elaboración de perfume que se desarrolló en los tratados, que derivaron en los primeros manuales europeos de perfumería. Los italianos no inventaron nada, fue una evolución cuyo comienzo tuvo origen en tierras ibéricas”, ilustra Buedo.Uno de los productos estrella era al-galiya, también conocido como el perfume del sultán, un denso y codiciado ungüento cuyo nombre revelaba su estatus: “la valiosa” o “la costosa”. Como todavía no se empleaba el alcohol, se adhería a la piel mediante el aceite de moringa. Las favoritas del harén medían su popularidad por la cantidad de perfume que les regalaban y los mejores acuerdos diplomáticos se sellaban con este presente.Su composición no era ligera: almizcle, ámbar gris y aceite de madera de agar y despedía un olor contundente animal, cálido y místico, cuyo efecto se prolongaba hasta dos días en la piel y semanas en la vestimenta.Venecia y Florencia. El aroma del renacimiento“El comercio de productos de lujo que viajaba desde Oriente hasta Occidente tenía que cruzar por dos grandes puertas: Venecia y Génova. Estas dos ciudades fueron los umbrales entre ambos mundos hasta la época contemporánea y amasaron fortunas colosales gracias a este monopolio comercial. En Occidente, importar y utilizar estos perfumes no era solo una cuestión de glamur: era un símbolo de prestigio, de enorme riqueza económica y, sobre todo, de un inmenso poder”, ilustra Vázquez de Agredos.Con recetas inspiradas en las creaciones del ámbito musulmán y la colaboración de maestros perfumistas extranjeros que se refugiaron en las ciudades italianas tras el declive del Imperio bizantino, las dos urbes italianas florecieron aromáticamente a rebufo del Renacimiento y de sus nuevas costumbres. “En esta época se perfumaba todo, no solo la ropa, sino también las máscaras, los animales, las monedas, los abanicos, las joyas, los guantes…”, comenta Imaz. Incluso se perfumaban las fuentes de las ciudades para las grandes celebraciones.Grasse. De los guantes a ChanelDeclarada en 2018 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, Grasse es el pedigrí de las fragancias exclusivas. Incluir un made in Grasse aumenta el valor del efluvio entre un 25 y un 30%. Y todo por unos guantes.Grasse, Costa AzulSvetlana Day“Antes que Grasse estuvo Montpellier (que perteneció, durante un tiempo, a España), donde se desarrolló la industria de los guantes perfumados, un producto español que causaba furor en las cortes europeas. Pero había un problema, los aclamados guantes de ámbar españoles, tenían un olor demasiado fuerte para las delicadas narices galas. Por lo que se desarrolló una industria paralela centrada en el arte de la aromatización del cordobán, la exquisita piel española”, aclara Buedo.Grasse posee un microclima que favorece el cultivo de las flores más aromáticas por lo que sus fragancias pronto adquirieron renombre. El aumento de los impuestos sobre el cuero fue paralelo al de la demanda de las perfumerías. “Todo ello impulsó a la ciudad a especializarse en la destilación, maceración y enfleurage, aprovechando un clima excepcional para el cultivo de flores de altísima calidad. Con el tiempo, se consolidó una industria exportadora de materias primas aromáticas y un linaje de maestros perfumistas cuyo conocimiento se transmitió durante generaciones, transformando este pequeño enclave provenzal en la capital mundial del perfume”, añade Imaz.Colonia. La nostalgia refrescanteSi contamos en la actualidad con el agua de colonia es gracias al poder evocador de la nostalgia, en concreto la que padeció un italiano, Giovanni Maria Farina, afincado en Colonia (Alemania). Tenía morriña de los olores de su tierra, así que en 1709 los recreó con gran habilidad. “He descubierto un perfume que me recuerda a un amanecer italiano, a narcisos de montaña y a azahar poco después de la lluvia. Me refresca, fortalece mis sentidos y mi imaginación”, le comentó, satisfecho, a su hermano por carta, antes de bautizar su creación como “Eau de Cologne”.El producto supuso un auténtico seísmo por su frescura, que contrastaba con los pesados perfumes de origen animal, que ya daban signos de agotamiento en las narices de los nobles europeos. Farina empleó cítricos y lavanda, romero y tomillo, y, además, utilizó alcohol de uva, lo que logró una fragancia volátil y refrescante.Con el paso de los siglos y la expansión de la industria perfumera, el término “agua de Colonia” dejó de ser exclusivamente el nombre de un producto fabricado en la ciudad alemana para convertirse en un estándar de la industria, que define una concentración entre el 2% y el 4% de las esencias una fragancia y una duración de una a dos horas.El poder del perfumeTodas estas capitales perfumeras marcaron en Occidente siglos de olores, de costumbres y, sobre todo, de comercio. Ahora podemos visitarlas con el acicate turístico de las esencias que produjeron, pero no debemos obviar que esta industria no era superficial y que influyó en el devenir de la historia.“El perfume era un motor económico de primer orden. Tanto las fragancias como sus materias primas fueron bienes extremadamente codiciados. Muchas de las sustancias necesarias para elaborar los perfumes más exclusivos venían de Oriente a través de la ruta de la seda y la ruta de las especias”, asegura Vázquez de Agredos.
Capitales del perfume, el poder de lo invisible
La belleza no solo entra por los ojos. La seducción empieza por el olfato: lo sabía Cleopatra y lo siguen pregonando los publicistas. Repasemos la historia de las mecas del perfume






