En La isla del mediodía, uno de los cuentos más populares del escritor argentino Julio Cortázar, Marini, un asistente de cabina que cubre la ruta aérea Roma-Teherán, se emboba con una diminuta isla griega en forma de tortuga.La casualidad (o el bajío, la mala suerte), juegan con él hasta el punto que en cada vuelo ve el peñasco siempre a las doce en punto. El misterio se convierte en amor, en obsesión, en atracción fatal.Pavos reales, cabras y ciervosMoní no es una destino de ficción, pero sí de fantasía: a media tarde zarpa el último 'kaïki' con destino a Pérdika o a ÉginaA Marini le llega la oportunidad de cambiar de ruta con destino a Nueva York. Pero el magnetismo del Egeo, del reflejo de sus aguas y de los cantos de sirena de la espuma (metafóricos, pero reales) acaban por doblegarle de tal modo que abandona su trabajo y se traslada a la isla. El final no lo contamos.Cortázar eligió un nombre (Chiros, que no Chios, frente a la costa turca) que no sale en el mapa, previendo que, de lo contrario, las manadas de influencers la invadirían muchos años más tarde con sus fotos y su bótox.Barcas amarradas a los roquedales de Moní: el islote cuenta con un faro, un puesto de viogía y unchir5inguito durante el veranoFVMoní no es una destino de ficción, pero sí de fantasía. No es la isla de mediodía, pero sí la de las siete de la tarde. Esa es la hora de cierre, la hora límite para saltar a bordo del último kaïki con destino a Pérdika o a Égina. No está desierta, pero a los humanos no se les permite pernoctar en ella, si acaso fondear en sus aguas. Y no se preocupen, si fuera el caso de quedar atrapados, no se convertirían en cerdos de la mano de la bruja Circe. Ni tampoco en estatuas de piedra al ver la cabellera de serpientes de las górgonas, las primeras sirenas, que tenían alas. Luego llegaron sus primas de la cola de pez: tan bellas y melodiosas como voraces. Unas y otras están juntas en la lista de emoticonos de móvil. Compruébenlo, queridos lectores.Las criaturas que reinan en Moní no son mitológicas, pero hacen las delicias del visitante: pavos reales, cabras y ciervos jóvenes que se arriman por el interés te quiero Andrés. Comida.El islote es tan minúsculo, alrededor de 1,5 km2 que solo cuenta con un faro y un puesto de observación. Es cierto, y aquí viene el desencanto, el pequeño embarcadero desemboca en un club de playa (beach club, en moderno) que afea el resto del paraíso, virgen, árido pero con flores, con una montaña pelada pero orgullosa de ser parque natural protegido. Sólo falta un cartel que diga: no se admiten ni humanos, ni humanoides.Los pavos reales, las cabras y los ciervos son los únicos habitantes de MoníFVEl secreto y la majestuosidad de Moní está en ignorar el chiringuito y su música deleznable y caminar unos 300 metros entre pinos para llegar a una especie de playa de piedras planas y blancas (ideal para los que odian la arena), buscar una entrada limpia al agua y zambullirse en la paleta de colores que ven en las fotos, que no han sido tratadas con ningún filtro.Los verdes, aguamarinas, turquesas, los azules de Viena y los azules de Prusia son de verdad verdadera. Dependiendo de la época del año puede haber en todo ese recodo entre diez personas (temporada alta) y nadie en absoluto. Todo para uno mismo.La ruta de las aguas turquesas es muy corta: se desembarca, se obvia el 'beach bar, se caminan unos 3000 metros... et voilàFVEl lugar es tan perfecto que por eso no puede habitarse. Marte tiene más posibilidades de colonización. En la playa hay árboles frondosos y achatados por el viento bajo los que refugiarse en caso de sol asesino de verano. Es el lugar perfecto para disfrutar de un picnic entre chapuzón y chapuzón.Moní es una piedra preciosa, accesible, exclusiva, democrática (para todos, para nadie) y cercana a Atenas y al puerto del Pireo, en el golfo Sarónico. Se halla a diez minutos en barca de Égina, que es una de las islas más infravaloradas del país pese a que está muy cerca de la capital y tiene de todo. Y eso incluye cine de invierno y cine de verano, una institución sagrada en Grecia, y ambrosías como los pistachos (de los mejores del mundo), las plantas marinas comestibles…El triángulo que forman Égina, la pequeña Ángistri con sus playas salvajes y la diminuta Moní no tienen nada que envidiarle al de las Bermudas, porque uno desaparece, flota en el éter y regresa al mundo cuando le apetece, eso sí tiene que ser antes de las siete de la tarde.