"No hay wifi. Hablen entre ustedes". El chiste aparece de vez en cuando en bares, restaurantes y hoteles. En Cheers, nadie lo habría entendido: la gente entraba, se sentaba y empezaba a hablar. No porque el local ofreciera una experiencia diseñada para potenciar la interacción, ni porque alguien hubiera decidido que aquella noche tocaba socializar, sino por una razón mucho más sencilla: los demás estaban allí.PublicidadRegresar a la serie hoy resulta acogedor. No tanto por sus gags, algunos extraordinarios y otros carentes ya de gracia, como por la familiaridad. Sam conoce a sus clientes, Norm tiene su taburete de siempre, Cliff aparece con una teoría absurda y Carla atraviesa la barra lanzando comentarios que nadie ha pedido. El verdadero lujo de Cheers es saber quién estará allí, intuir qué va a decir y, sobre todo, notar cuándo falta.La construcción formal es decisiva. Casi toda la acción transcurre en el bar, diseñado en torno a una gran barra central que permite reunir a los personajes y mantenerlos dentro del mismo tejido de relaciones. Incluso cuando la escena pertenece a dos personajes, los demás están alrededor, escuchando, interviniendo o simplemente existiendo.Ayuda que el público termine conociendo el espacio casi tanto como a quienes lo pueblan. Sabemos dónde está la puerta, dónde se sienta cada cliente, dónde está la oficina de Sam, qué ocurre al fondo. En una televisión que hoy cambia de atmósfera, reparto y estética con enorme rapidez, Cheers permite que la rutina haga parte del trabajo narrativo.Y ahí empieza la paradoja de recuperar Cheers. Echamos de menos un lugar que nunca existió realmente y que, si lo hiciera hoy, tampoco querríamos habitar tal cual.PublicidadHemos ganado una capacidad extraordinaria para mantenernos en contacto y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar espacios de sociabilidad que no tengan una finalidad concreta. Muchas relaciones ocurren a través de pantallas; otras requieren organización previa. Cheers imaginaba una forma de comunidad mucho menos eficiente y, precisamente por eso, más espontánea.Lo curioso es que nadie necesita ser especialmente amigo de nadie para formar parte del grupo. Norm no le cuenta sus problemas a Sam, Cliff no tiene conversaciones profundas con Woody. Basta con coincidir, reconocer al otro, saber algo de su vida y compartir una cantidad suficiente de tiempo. Es una conexión más débil que la amistad, pero también más fácil de sostener: no exige intimidad, solo presencia.Solo que este "lugar feliz" tiene un precio. Ver Cheers con los ojos actuales supone toparse con comportamientos imposibles de defender. La serie resulta moderna en su interés por los personajes, sus relaciones prolongadas y su mezcla de clases sociales, pero algunas de sus ideas sobre hombres, mujeres, sexo y alcohol pertenecen claramente a otra época.PublicidadLa historia de Sam y Diane concentra buena parte de esa incomodidad. Él es un antiguo jugador de los Red Sox, seductor y mujeriego; ella, una estudiante de posgrado que acaba trabajando como camarera después de que su prometido la abandone en el episodio piloto. Desde el principio, Diane rechaza las insinuaciones de Sam y ambos quedan atrapados en un romance intermitente que será el motor de las primeras temporadas.Como mecanismo de comedia, funciona. Como modelo romántico, no tanto. Sam y Diane se provocan, se manipulan y se hieren, física y psicológicamente. La serie sabe que la tensión entre ellos es divertida y la explota hasta convertir la incompatibilidad en una especie de destino, presentando la inestabilidad como una señal de pasión excepcional. Pero un romance sano es otra cosa. Por no hablar de que Diane puede tener razón y, al mismo tiempo, ser el blanco del chiste.Carla añade otra capa a esa contradicción. Es una mujer de clase trabajadora, madre y divorciada, sin interés alguno en resultar sofisticada o agradable. Su relación con los hombres del bar está marcada por la burla, la confrontación y la libertad sexual, pero nadie la trata como una presencia excepcional. Para bien y para mal, es uno más.Entre Diane y Carla hay una diferencia reveladora. Diane reclama respeto desde fuera de las reglas; Carla ha aprendido a aceptarlas y, en ocasiones, domina la partida. La serie se ríe de las dos, sea por exigir demasiado, sea por reproducir códigos que tradicionalmente asociamos a los hombres. Ninguna encaja del todo en la idea convencional de feminidad.La llegada de Rebecca tras la marcha de Diane desplazó esas dinámicas sin resolverlas. Es muy ambiciosa y, justo por eso, ridiculizada una y otra vez. Aunque ocupa una posición de autoridad como gerente del bar, se la presenta como insegura, vanidosa y desesperada por encontrar pareja. Eso sí, jamás se la victimiza.Los hombres tampoco salen indemnes, si bien la empatía hacia ellos es mayor. Sam es el centro evidente, pero Norm y Cliff representan una forma de vínculo muy representativa: se conocen perfectamente y pueden pasar horas juntos sin hablar de lo que sienten. Woody introduce una faceta ingenua y vulnerable, mientras que Frasier permite explorar la inseguridad desde la educación, la vanidad intelectual y la necesidad de reconocimiento.En términos de masculinidad, Cheers es más aguda de lo que parece. Sus personajes no son precisamente modelos de comunicación emocional, pero tienen una red. Pase lo que pase, saben que al día siguiente volverán a encontrarse. Puede que no digan "te necesito", pero la estructura de sus vidas lo hace por ellos.PublicidadY luego está el alcoholCheers convierte la bebida en parte inseparable del ritual de pertenencia. El alcoholismo truncó la carrera de Sam y, años después, le sigue tentando. Pero esa subtrama convive con una representación cotidiana en la que la cerveza funciona como utilería, hasta el punto de que la identidad de ciertos personajes, con Norm a la cabeza, está asociada a ella.La serie ha envejecido, sí, pero sigue teniendo encanto. Fue concebida como un bar de barrio ideal, un sitio al que sus propios creadores habrían querido acudir a pasar el rato. El atractivo no residía realmente en beber, sino en la camaradería.Por eso Cheers produce una nostalgia extraña. No envidiamos su mundo. Muchas de sus costumbres y relaciones nos resultan, de hecho, difíciles de aceptar. Lo que añoramos es más sencillo: la posibilidad de pertenecer a un espacio sin haber tenido que planearlo.PublicidadLa frase que definía aquel bar, "el lugar donde todo el mundo conoce tu nombre", ya no suena solamente entrañable. Suena radical.En Cheers, pertenecer no requería internet, contraseña, ni algoritmo. Bastaba con abrir la puerta. Y que alguien, desde el otro lado de la barra, levantara la cabeza y supiera que habías llegado.
Cuando ir al bar significaba encontrarse con los de siempre: ¿sería hoy posible volver a 'Cheers'?
En el bar de Cheers todo el mundo conocía tu nombre. Cuatro décadas después, la idea resulta más tentadora que nunca, aunque el mundo que la hacía posible ya no nos convenza....






