Hace tiempo que hablar de un Estados Unidos polarizado se convirtió en una tautología. A dos meses de las elecciones legislativas (conocidas como midterms), el país llega dividido en casi todo: inmigración, política exterior, clima, universidades, vacunas, armas de fuego, aborto… Elija usted cualquier asunto de la vida pública y encontrará a demócratas y republicanos repartidos en dos bloques casi irreconciliables. Con una notable excepción.
Los centros de datos que alimentan el boom de la inteligencia artificial se han convertido, casi de la noche a la mañana, en el consenso más transversal del momento en Estados Unidos. Demócratas, republicanos e independientes pueden discrepar sobre el poder de las tecnológicas, el riesgo que suponen las imágenes generadas por IA o la carrera tecnológica con China, pero coinciden en lo más básico: todos quieren mantener esos gigantescos armatostes lo más lejos posible de sus casas.
Estos centros son grandes complejos llenos de servidores, sistemas de refrigeración, generadores y conexiones eléctricas de alta capacidad. Allí se entrenan los modelos de IA y se procesan las consultas. Cuanto más se usan estas herramientas —y cuanto más exigentes se vuelven los modelos—, más capacidad de cálculo necesitan las tecnológicas. En Estados Unidos, la expansión ha sido vertiginosa: el país cuenta ya con más de 3.000 centros de datos operativos y otros 1.500 en distintas fases de desarrollo, según un análisis del Pew Research Center con datos de Data Center Map.









