Mal que les pese a algunos comentaristas de esta columna, forma parte del trabajo de uno curiosear por las redes y escribir sobre ellas porque, nos gusten más o menos, cumplen su papel. Y ese es el propósito, y no otro, de este patio. Así es como, una semana cualquiera de agosto, te pones a buscar y a rebuscar, y te encuentras con el “chao, pescao” de Ayuso, con los choques entre Marlaska y Robles en torno al CNI, la injustificada tunda policial a un menor por el pecado de llevar una estelada –y la posterior reacción del Barça– y el sorprendente seguimiento que tiene la Vuelta en X. El ambiente, por supuesto, está tirando a cargado y se nota que muchos están volviendo con ganas de juerga y que se acabó la marejada calma estival.
Y de repente, claro, llega la trágica muerte de Dolly Parton a los 80 años. Y te das de bruces también con las mil y una reacciones de pésame, los mil y un homenajes y esa competición que siempre se adivina en estos casos para ver quién sabía más de su vida, su legado y quién la llora más. Incluso participas, porque a ti también te gustaba; reconoces un valor musical y cultural fuera de toda duda y compartes el aprecio por las cualidades que todos mencionan.








