Un d�a, hace cuatro a�os, algunas personas empezaron a pararme por la calle. Absolutos desconocidos de pronto me dirig�an la palabra, me dedicaban una sonrisa c�mplice, compart�an fragmentos de su vida o me ofrec�an peque�os objetos que llevaban consigo —un pa�uelo, un dulce, un juguete olvidado en el fondo del bolso—. Tambi�n, de repente, cambiaron las relaciones con personas cotidianas con quienes hasta entonces el trato hab�a sido simplemente correcto, amable o funcional. La portera, la frutera, la cajera del supermercado, los vecinos con los que hab�a intercambiado poco m�s que un saludo en el portal, de pronto me sorprend�an con una pregunta, un chiste, un regalito. No me hab�a vuelto famosa de la noche a la ma�ana, sino que se trataba, simplemente, de una consecuencia (para m�) inesperada de la maternidad. Algo as� como si ir acompa�ada de una criatura peque�a, torpe y mocosa generara alg�n tipo de campo electromagn�tico alrededor que perturbara el comportamiento de todo lo que se cruzaba en mi camino.Lo inesperado de la experiencia revela, en realidad, un peque�o descuido sociol�gico por mi parte. Sabemos que la paternidad, m�s all� de la experiencia individual, es tambi�n un catalizador de la conexi�n social. De hecho, tener hijos conecta a las personas con su entorno inmediato de una forma muy efectiva y casi innegociable. Es as� porque la crianza genera redes de apoyo mutuo en forma de intercambio de cuidados, favores e informaci�n entre padres que pocas veces surgen con tanta intensidad en otros contextos vitales. Especialmente en la primera infancia, la paternidad ampl�a, densifica y diversifica las redes sociales al impulsar las interacciones en espacios cotidianos como el parque, la puerta del colegio o los centros de salud, estableciendo v�nculos entre adultos que, de otro modo, probablemente, no se relacionar�an. En el caso de los inmigrantes, por ejemplo, se sabe que tener hijos escolarizados constituye uno de los principales canales de acceso a redes, informaci�n y apoyo. No menos importante, la paternidad tambi�n es puerta de entrada a formas de participaci�n comunitaria, como las asociaciones de familias, las actividades deportivas o las fiestas de barrio. Es decir, construye tejido social, que no es poco.Eclipsada por las sombr�as perspectivas de colapso demogr�fico, la progresiva desaparici�n de los ni�os como grupo social apenas encuentra espacio en la conversaci�n p�blica. Y eso que las cifras son apabullantes. Solo entre 2010 y 2025, el n�mero de menores de 10 a�os residentes en Espa�a se redujo en un mill�n de personas (de 4,8 a 3,8 millones), una ca�da del 20%. Todo indica, adem�s, que el ritmo se acelera, puesto que entre los menores de 5 a�os la disminuci�n alcanza ya el 31%, lo que equivale a 800.000 ni�os menos en apenas tres lustros. Si bien la reducci�n de la poblaci�n infantil es una tendencia compartida por todos los pa�ses europeos, en Espa�a ha sucedido con mayor intensidad que en ninguno. Solo Grecia e Italia se aproximan a ese 31%, que duplica la media europea del 15%. A la luz de estos datos, la tendencia no es ni suave, ni gradual, ni manejable, y est� transformando ya la fisonom�a de barrios y escuelas. Espa�a tiene hoy muchos menos ni�os que hace 15 a�os y todo indica que el n�mero ser� a�n m�s peque�o, o incluso insignificante, en otros 15.Ante la contundencia de estas cifras, es descorazonador ver que los proyectos familiares encuentran escaso respaldo p�blico. Escaso, por no decir ninguno. Nadie discute que el Estado deba facilitar que las personas puedan formarse o desarrollarse profesionalmente; se entiende que son inversiones que generan bienestar individual y un evidente retorno social. Pero rara vez se aplica el mismo razonamiento a la formaci�n de familias, cuyos beneficios, privados y colectivos, quedan sistem�ticamente fuera del debate m�s all� de la prospectiva demogr�fica y econ�mica. La cuesti�n familiar no figura entre las prioridades de ning�n gobierno con la urgencia y centralidad que merecer�a, ni ocupa en los presupuestos el lugar que su importancia estructural exigir�a. Como si criar hijos fuera una opci�n estrictamente privada, sin consecuencias para el conjunto de la sociedad, como si no nos sacara una sonrisa cruzarnos con un ni�o haciendo una trastada por la calle.Al contrario, hoy en d�a los discursos pronatalistas se perciben con recelo, asociados a menudo a agendas pol�ticas conservadoras o a preocupaciones estrictamente econ�micas, como la sostenibilidad del sistema de pensiones. Esa desconfianza es comprensible y, en muchos casos, justificada si se atiende a su dimensi�n de intromisi�n en las leg�timas decisiones vitales individuales. Pero la reducci�n de la presencia infantil no se puede atribuir, al menos no totalmente, a la falta de deseo de formar una familia por parte de las personas que est�n en edad de hacerlo. Buena parte de la infecundidad es involuntaria, y no es menor la proporci�n de fecundidad insatisfecha, la de quienes, aun teniendo hijos, querr�an haber tenido m�s. Hay, por tanto, no solo razones para que haya m�s ni�os, tambi�n margen.En privado, los hijos ocupan un lugar central en la vida de quienes los tienen y se presentan muy habitualmente como la principal fuente de sentido y satisfacci�n vital (as� como de insatisfacci�n para los que manifiestan una fecundidad frustrada), y tambi�n como la mayor fuente de desasosiego cuando atraviesan dificultades. Esa valoraci�n tan intensa de la experiencia individual no se traduce, parad�jicamente, en una presencia equivalente en el debate colectivo ni en las prioridades presupuestarias. Los ni�os son a la vez lo m�s querido en lo privado y lo m�s ignorado en lo p�blico.Convendr�a separar el an�lisis demogr�fico de la reflexi�n sociol�gica sobre el papel de la infancia en la vida colectiva y reconocer que los ni�os cumplen funciones sociales. No hace falta idealizar la maternidad o la paternidad, ni sugerir que la cohesi�n social deba descansar sobre decisiones privadas para se�alar sin tapujos que all� donde hay ni�os, tienden a emerger formas de relaci�n que fortalecen el tejido y el bienestar social.Desde esta perspectiva, apoyar la crianza es, adem�s de una cuesti�n de pol�tica familiar, una pol�tica social en sentido amplio. Imponer menos cargas a las familias, facilitando su bienestar econ�mico y reconociendo la gran herida que ha causado la inflaci�n en sus presupuestos, ser�a un buen primer paso. Invertir en educaci�n infantil, en espacios p�blicos amables, en conciliaci�n y en servicios de cuidado ayudar�a tambi�n a su bienestar, a la vez que contribuir�a a generar contextos m�s propicios para la interacci�n, la confianza y la cooperaci�n. Es decir, a fortalecer las condiciones de posibilidad de una sociedad m�s cohesionada.Los ni�os no importan solo en la medida en que se conviertan en los trabajadores y cuidadores que nos mantendr�n cuando seamos viejos, sino que son un actor social cuya presencia contribuye activamente a la vida colectiva en el tiempo presente. A pesar de eso, se les da la espalda a ellos y a sus familias en la esfera p�blica mientras, eso s�, se les abraza en la privada. Quiz�s baste con recordar que sin ese campo electromagn�tico que los ni�os generan a su alrededor, la sociedad est� condenada a apagarse. Qu� narices, ya se est� apagando.Mar�a Miyar Busto es profesora Titular de Sociolog�a de la UNED y Directora de Estudios Sociales de Funcas