En la mayoría de los viajes a Dinamarca, todo se limita a Copenhague… y poco más. Es comprensible: en la capital danesa están los grandes museos, los iconos de la arquitectura contemporánea, los restaurantes que han marcado el rumbo de la gastronomía local y una animada vida urbana. Pero merece la pena cruzar alguno de los grandes puentes que unen las diferentes islas danesas para descubrir otro país: uno mecido por los vientos del Báltico, donde los ferris forman parte de la vida cotidiana y el paisaje cambia de puerto en puerto, de playa en playa, y alterna iglesias románicas con castillos renacentistas.Es la Dinamarca menos conocida, que paradójicamente es la que permite comprender mejor el país. Aquí nacieron los reyes vikingos, florecieron algunas de las ciudades medievales mejor conservadas del norte de Europa y se desarrolló una cultura gastronómica que hoy encuentra en pequeños productores, cerveceros artesanos y cocineros locales a sus mejores embajadores. También es una Dinamarca fácil de recorrer, de distancias cortas, de trenes que funcionan con puntualidad casi obsesiva y con una red de ferris que convierte las islas en escalas naturales de un viaje tranquilo. Merece la pena hacer un viaje para descubrir regiones como Fionia, Ribe y el sur de Jutlandia, Aarhus y el norte de la península, Bornholm o Møn, demostrando que el país ofrece mucho más allá de su capital. La mejor manera de descubrir esa otra Dinamarca consiste en dejarse llevar por carreteras secundarias que atraviesan campos de cebada, detenerse en una panadería donde el olor a mantequilla recién horneada invade la calle o sentarse en un pequeño puerto para observar cómo regresan los barcos pesqueros al atardecer. Dinamarca se permite el lujo de invitarnos a bajar el ritmo. Es un país cómodo para conducir, excelente para recorrer en tren y extraordinario para descubrir en bicicleta. Ribe: donde empezó DinamarcaEl viaje puede comenzar en Ribe, considerada la ciudad más antigua de Dinamarca y de toda Escandinavia. Fundada a comienzos del siglo VIII, cuando los vikingos apenas empezaban a comerciar con el resto de Europa, conserva un centro histórico que parece inmune al paso del tiempo. Numerosas casas de entramado de madera, como de postal, se concentran en torno a la primera catedral del país, una magnífica mezcolanza de estilos románico y gótico con una torre de 52 metros de altura que domi­na los resplandecientes humedales del mar de Fri­sia. Todo el casco antiguo está protegido. Una zona en la que se puede disfrutar de una cerveza en una de las pensio­nes más antiguas del país, recorrer sus adoquines al anochecer con el sereno (hay circuito guiado gratis a diario) y descansar en alojamientos de suelos irregu­lares y techos bajos. El complemento es visitar una ga­lería de arte con cuadros de los maestros de la Edad de Oro danesa, o un museo sobre vikingos y brujas. A pocos kilómetros de Ribe comienza el parque nacional del Mar de Wadden, una inmensa zona intermareal declarada patrimonio mundial por la Unesco en 2009, donde las mareas transforman el paisaje dos veces al día. Aquí es posible caminar sobre el fondo marino cuando baja el agua, observar millones de aves migratorias y salir con un guía en busca de ostras salvajes durante el invierno. La cocina local refleja esa relación con el mar. En los restaurantes de la zona abundan las ostras del Wadden, los mejillones, el arenque y los pescados ahumados, acompañados por cervezas elaboradas en pequeñas fábricas artesanales que han recuperado recetas tradicionales adaptadas al gusto contemporáneo.La costa salvaje de JutlandiaSi la costa oriental de Dinamarca mira hacia un mar tranquilo, el litoral occidental lo hace hacia el mar del Norte. En la península de Jutlandia el viento sopla con más fuerza, las playas parecen interminables y las dunas cambian de forma después de cada temporal.Los ritmos estacionales del mar de Frisia marcan la vida de la re­gión. Los turistas (muchos de ellos alemanes) llenan las playas de arena dorada de Fanø y Rømø en verano. La pri­mavera y el otoño atraen hasta aquí a gran cantidad de aves y observadores de ellas, junto con grupos de focas co­munes. El invierno es la mejor época para caminar por las marismas en busca de ostras, mejillones y ámbar.Entre Hvide Sande y Klitmøller se suceden algunos de los mejores paisajes costeros del país. Los daneses llaman “Cold Hawaii” a este tramo del litoral por sus excelentes condiciones para practicar surf, windsurf y kitesurf. Resulta sorprendente encontrar una cultura tan ligada a las olas en un país que muchos imaginan completamente llano y apacible.No muy lejos aparece otro de los grandes espectáculos naturales daneses: el faro de Rubjerg Knude, rescatado hace pocos años de un destino inevitable. Durante décadas, las dunas avanzaron lentamente hacia el edificio hasta poner en peligro sus cimientos. En octubre de 2019 fue desplazado 70 metros tierra adentro mediante una compleja operación de ingeniería. Hoy continúa observando el mar desde una colina de arena que cambia continuamente de aspecto.La costa oeste también es el territorio ideal para comprender la afición nacional por las casas de verano. Miles de familias poseen o alquilan pequeñas viviendas de madera escondidas entre los pinos y las dunas. Allí el lujo consiste simplemente en encender la chimenea después de un paseo por la playa, preparar café mientras arrecia el viento y terminar el día en una sauna frente al mar.Aarhus: la ciudad que enseña a vivir despacioDurante mucho tiempo, Aarhus vivió a la sombra de Copenhague. Hoy ya nadie la presenta como la “segunda ciudad” del país, sino como una de las urbes más interesantes del norte de Europa. Más compacta, menos turística y con una población universitaria que mantiene las calles siempre animadas, Aarhus resume buena parte de las virtudes danesas: diseño, gastronomía, cultura y una extraordinaria relación con el agua.Todo parece estar a un paseo en bicicleta. Del puerto regenerado al barrio latino apenas se tarda unos minutos; del paseo marítimo al ARoS Aarhus Kunstmuseum, con su icónico anillo panorámico de colores diseñado por Olafur Eliasson, hay solo un par de calles. Ese equilibrio entre arquitectura contemporánea y escala humana explica por qué muchos daneses consideran Aarhus la ciudad con mejor calidad de vida del país.La transformación del antiguo puerto industrial resume también la evolución de la ciudad. Donde antes había almacenes y grúas ahora se levantan edificios residenciales, piscinas de agua marina, cafeterías donde desayunar pan de centeno recién horneado y restaurantes que reinterpretan la nueva cocina nórdica sin la solemnidad de los grandes templos gastronómicos de la capital.Nos queda por dar un paseo por la Aarhus bohemia: el Latinerkvarteret es un conjunto de calles empedradas con casas de color mostaza y tejados ocre. Este céntrico barrio es el más bonito de Aarhus, con tiendas independientes, cafés acogedores y bistrós originales que rivalizan por la atención del público. Ocupa parte del antiguo casco vikingo, extendién­dose al norte y el oeste desde la catedral. Perduran las bellas casas de mercaderes con entramado de madera, sobre todo la de la estrecha Mejlgade y, en el oeste, la idílica Mølles­tien, una calle adoquinada como de cuento, con casitas de color pastel y rosales trepadores.Pero el gran secreto está unos kilómetros al sur de la ciudad. El Moesgaard Museum, semienterrado bajo una cubierta vegetal que forma parte del paisaje, ofrece una de las mejores aproximaciones a la historia danesa. Allí espera el Hombre de Grauballe, el cuerpo perfectamente conservado de un individuo sacrificado hace más de dos mil años en una turbera, junto a espectaculares colecciones dedicadas al mundo vikingo y la prehistoria escandinava. Muy cerca, Den Gamle By reconstruye una ciudad danesa de distintas épocas con comercios, viviendas y personajes caracterizados que convierten la visita en un viaje en el tiempo. Estos dos museos figuran entre los imprescindibles del país. Skagen: donde chocan dos maresHay pocos lugares en Europa capaces de provocar una sensación tan extraña como el cabo de Grenen, en Skagen, en el extremo septentrional de Dinamarca. Allí el mar del Norte y el Báltico se encuentran formando una línea visible de corrientes que se golpean continuamente. No es una metáfora turística: las aguas realmente colisionan ante los ojos del visitante. Ese fenómeno convirtió la zona en un lugar casi mítico para los pintores escandinavos de finales del siglo XIX. Fascinados por una luz que cambia constantemente, artistas como Peder Severin Krøyer y Anna Ancher establecieron aquí una colonia creativa cuyas obras pueden contemplarse en el Skagens Museum. Muchas de las escenas pintadas hace más de un siglo siguen existiendo: pescadores que arrastran sus embarcaciones sobre la arena, playas infinitas y atardeceres que parecen no terminar nunca.El pueblo mantiene un carácter marinero que se aprecia en sus casas encaladas con tejados rojizos y puertas pintadas de amarillo ocre. En los restaurantes del puerto, las cartas se escriben cada mañana en función de lo que han traído los barcos. Gambas del mar del Norte, lenguados, bacalao, cigalas o arenques ahumados llegan prácticamente sin intermediarios a la mesa.A los pescadores se añaden desde hace muchas décadas los veraneantes: la familia real popularizó el lugar, que en verano es una es­pecie de Mallorca a la danesa, sobre todo en su semana de fiestas, cuando se llena de yates, Lamborghinis y sibaritas en busca de vino rosado y marisco fresco.A Skagen no solo lo define la fuerza del mar: la arena a la de­riva lleva siglos amenazando con devorar sus pueblos. Una entretenida ruta en bicicleta de cinco kilómetros lleva hasta la iglesia engullida por la arena Den Tilsandede Kirke, víc­tima de las arenas errantes a finales del siglo XVIII. Solo su torre asoma entre el paisaje; el resto está sepultado. Fionia: jardines, castillos y el país de AndersenDespués de la inmensidad de Jutlandia, la isla de Fionia ofrece un paisaje más amable. Los propios daneses la conocen como el jardín del país por sus casas con entramado de madera, pequeños puertos, colinas suaves, huertos, setos perfectamente cuidados y carreteras secundarias bordeadas por hayas que dibujan una de las regiones más fértiles del reino. Los glaciares tallaron las colinas e islas del sur de Fionia en la última glaciación. Las socie­dades antiguas también dejaron su huella, salpicando el paisaje de dólmenes neolíti­cos y túmulos funerarios de la Edad del Bronce. Posteriormente, los vikingos fundaron asentamientos, como el de Odense, la tercera mayor ciudad de Dinamarca y el centro comercial y cultural de Fionia, con museos de todo tipo y muchas propuestas de ocio para las familias, aunque su mayor reclamo es el de ser la cuna de Hans Christian Andersen. Más allá de la inevitable visita al museo dedicado al escritor, la ciudad sorprende por cómo ha integrado arquitectura contemporánea y patrimonio histórico. El casco antiguo conserva pequeñas calles adoquinadas donde sobreviven casas de colores que parecen escapadas de uno de sus cuentos.En el sur, en los pueblos de arraigada tradición mari­nera, los viajeros navegan, practican kayak y hacen senderismo por el archi­piélago, repleto de yates. Gran parte del paisaje son campos ondula­dos de trigo, cebada y colza. Las frutas y flores son un gran negocio, y el cannabis medicinal, un cultivo incipiente. Junto a la carretera se ven puestos de agricultores locales, y se si­gue dejando el dinero en efectivo en cajas, sin nadie que cobre.Fionia se disfruta sobre todo alejándose de la ciudad. El castillo de Egeskov, rodeado por un foso y jardines impecables, representa como pocos la elegancia del Renacimiento danés. Muy cerca aparecen pequeñas granjas donde se producen quesos artesanos, sidras, mermeladas y verduras ecológicas que abastecen buena parte de los restaurantes de la isla.También merece la pena desviarse hasta Svendborg, una de las ciudades portuarias más agradables del país. Desde allí parten ferris hacia pequeñas islas como Ærø, donde el tráfico parece haberse detenido varias décadas atrás y las bicicletas siguen siendo el principal medio de transporte.Bornholm: la isla donde siempre parece veranoA más de 150 kilómetros de Copenhague, perdida en el mar Báltico y mucho más cerca de Suecia que del resto de Dinamarca, Bornholm constituye un pequeño universo propio. Los daneses la llaman “la isla del sol” por el elevado número de horas de luz que recibe durante el verano, una circunstancia que favorece un microclima especialmente agradable. Es un paraíso en el Báltico para el senderismo y el ciclismo, con una artesanía y gastronomía interesantes, y se ha convertido en un refugio artístico y un destino vacacional de moda.El paisaje cambia continuamente. En el norte aparecen acantilados de granito y bosques de coníferas; hacia el sur predominan largas playas de arena blanca y dunas que recuerdan más al litoral báltico alemán que al resto de Dinamarca. Entre ambos extremos se suceden pequeños pueblos pesqueros como Gudhjem, Svaneke o Hasle, donde el olor a arenque ahumado forma parte del paisaje cotidiano.Bornholm vive un momento especialmente interesante desde el punto de vista gastronómico. Ahumaderos centenarios conviven con destilerías de whisky, productores de mostaza o de chocolate, heladeros artesanos y pequeñas cervecerías que han convertido la isla en uno de los grandes destinos culinarios daneses.Quien disponga de un día extra puede embarcar rumbo a Christiansø, un diminuto archipiélago fortificado donde apenas viven unas decenas de personas y el silencio solo se rompe con el sonido de las gaviotas. Møn: los acantilados blancos del BálticoPocas imágenes rompen tanto con la idea preconcebida de Dinamarca como la que espera en Møn. Durante siete kilómetros, enormes acantilados de cresta blanca se elevan hasta 128 metros sobre las aguas azul intenso del Báltico. El contraste resulta casi mediterráneo cuando el sol ilumina la roca.El bosque que corona los acantilados forma parte de una reserva protegida atravesada por senderos y miradores desde los que se observa una de las mejores panorámicas del país. En la playa, tras descender centenares de escalones, muchos visitantes buscan fósiles de erizos de mar y otros organismos atrapados en la roca hace millones de años.Cuando cae la noche, Møn revela otra de sus virtudes. La isla forma parte de la red internacional Dark Sky y ofrece algunos de los cielos estrellados más limpios de Europa septentrional. En verano, contemplar la Vía Láctea desde los acantilados es una experiencia única.Comer en Dinamarca, kilómetro a kilómetroDurante décadas, la cocina danesa fue una gran desconocida fuera de Escandinavia. Hoy sucede justo lo contrario. El fenómeno de la nueva cocina nórdica ha colocado al país en el mapa gastronómico mundial, pero la revolución culinaria danesa comenzó mucho antes de que llegaran las estrellas Michelin, y sigue alimentándose de una red de agricultores, pescadores, panaderos, cerveceros y pequeños productores que han recuperado variedades locales y una forma de cocinar estrechamente vinculada al paisaje. La mejor estrategia consiste en dejarse sorprender. Un pequeño café junto a un puerto puede servir uno de los mejores smørrebrød del viaje: una rebanada de pan negro de centeno cubierta con arenque marinado, huevo, cebolla roja, eneldo y una salsa ligeramente ácida. En otra ciudad aparecerá una versión con gambas del mar del Norte y mayonesa casera; más adelante, otra con rosbif, pepinillos y cebolla frita. Los daneses han convertido este aparentemente sencillo bocadillo abierto en una pequeña obra de artesanía culinaria.En Bornholm el aroma del pescado ahumado sale de chimeneas blancas que llevan más de un siglo funcionando. En Fionia proliferan las granjas que venden quesos, miel, verduras ecológicas y sidras al viajero. Incluso el humilde perrito caliente danés sigue siendo una de las mejores maneras de hacer una pausa durante un recorrido por carretera. También merece la pena detenerse en las panaderías. El pan de centeno continúa siendo el alimento cotidiano, pero las vitrinas se llenan desde primera hora con bollería de una calidad extraordinaria.