-Tú, concéntrate en la luz, ya sabes, el aura, como aprendimos el otro día. Estás en el primer círculo, luego pasarás al siguiente, no pierdas de vista los círculos…-¡Oiga, ¿se quiere callar ya? Que son las tres de la madrugada!El tipejo se desconcierta y corta la llamada, se levanta del banco público donde lleva media hora dándole al esoterismo para sordos y se pira. En un rato llegarán otros muchachos que acaban la fiesta, es verano, vacaciones para todos, menos para los que tratan de dormir porque mañana hay curro. Hartos cada noche de recibir vocingleros en el mismo banco, los vecinos cierran sus ventanas y se asan de calor. Mejor eso que el insomnio. El maravilloso agosto madrileño, si alguna vez lo fue, es hoy en día un infierno con balcones a la calle. Los sufridos residentes del centro de Madrid, en plena y ahora muy turística plaza de España, pensaban que con la llegada del estío se acabarían las hordas de compradores del Primark al Zara y del Zara al Primark, los eventos cada domingo con sus altavoces al lado del Quijote y el Sancho Panza, las manifestaciones que concluyen en el mismo sitio y el Orgullo que impide meter el coche en el garaje, el tráfico y los pitidos. Muy feliz se las prometían. Donde antes había atascos, ahora hay asfaltados en la Gran Vía y el bullicio de los bares ha cambiado por la radial que hace las reformas del garito. Quien diga que Madrid es un bálsamo en verano, no vive en el centro. Madrid no es un bálsamo en ninguna estación y quienes aguantan en la muy privilegiada almendrita central se desesperan cada noche. Pronto el Airbnb lo habrá devorado todo. Vivan los turistas, fuera los madrileños. -Oiga, ¿pero cómo me va a poner una multa por dejar el coche abajo cinco minutos para bajar la maleta? ¡Que yo vivo aquí, agente! ¿Dónde quiere que aparque un momento para descargar?-¿Pero usted ha visto lo que ha tenido que hacer el ciclista?-¡Pero si tiene todo el carril de los coches para pasar!Que si quieres arroz. 200 euracos de multa. El señor de la movilidad no da su brazo a torcer. Propone que se deje el coche tres calles más allá y se traiga la caja de tomates del pueblo en el hombro, la maleta bajo el brazo y la bolsa colgada de la nariz. Y si no, pues hay que echar tres viajes de ida y vuelta a casa. ¿Que le duelen a usted los brazos? A mí qué. ¿Que hay que parar un momento para bajar a tu padre en silla de ruedas? A mí qué. Que no se detiene el coche en el carril de las bicis ni dos minutos. Y punto. Qué envidia los que viven en Carabanchel. Lo curioso es que debajo de la casa, cada tarde se juntan los borrachos de Velázquez en el banco, y venga a abrir cervezas. La voz se va elevando, y cuando la espuma llega a la garganta, el móvil truena sus mejores cumbias. ¡Mambo! En esos momentos no hay agente que valga para decirles que está prohibido beber en la calle. Por la mañana, cuando llegan los jubiletas al fresquito, el banco tendrá un aspecto deplorable, lleno de latas, y la calle, unos oscuros arroyos de agüita amarilla. Tampoco hay agentes, válgame, cuando la tienda de abajo vende alcohol pasada la hora permitida. Tampoco. Pero la multa por detener el coche unos segundos, cuando menos tráfico hay en Madrid, después de un fin de semana bien dormido en el pueblo, te la comes como está mandado. Los vecinos han tratado de que se quiten esos bancos bienintencionados que puso un día una alcaldesa bajo los árboles y que se han convertido en bares a cielo abierto. Pero no lo consiguen. En las noches más desveladas, cuando una se arrepiente cien veces de no haber tomado vacaciones en agosto, la mente maquina las peores venganzas contra el banco. Esparcir aceite para que no puedan sentarse es una de ellas, pero pobres chicos, igual estos solo vinieron una vez y se llevan el pantalón hecho un cristo. ¿Llamar a la policía? Pobres cumbieros, lo mismo les buscamos un problema gordo en manos de los uniformados. Mejor cerrar los balcones y escuchar el dichoso ventilador toda la noche en este estupendo Madrid estival. No todo son noches, sin embargo. También está el teletrabajo a pleno día. La radial de los obreros y sus voces sobreponiéndose por encima de ella amenizan estas líneas ahora mismo y no hay onomatopeya que lo describa. Están las discusiones sobre si el poliespán es mejor que no sé qué otra cosa y el drama de los que maldicen a la ingrata que se fue. Mejor darse una vuelta para restaurar la inspiración. Qué va. Por la acera te amenazan mil alientos de sauna que escupen los aires acondicionados de las tiendas, coches aparcados soltando sus gases mientras el señor está dentro, bien fresquito. Y cientos de turistas indolentes haciendo cola en el puesto de helados de moda. Madrid no solo no descansa en verano, es que se vuelve loco. Las calles que circundan la Gran Vía rebosan porquería. Qué pensarán los turistas. Todavía se escucha la cantinela de que pasar el verano en las ciudades es un remanso de paz, con sus verbenas y sus paseos de madrugada. Madrugadas las del teatro Coliseum, con sus cambios de obra y de escenarios y esos camiones aparcados bajo las ventanas y las cajas metálicas y los gritos de los operarios. Eso sí que son madrugadas, todo el año, pero, con los balcones abiertos, más. Todavía hay quien sostiene que en agosto es una felicidad agarrar el coche y aparcar en cualquier parte. Ja. En cualquier parte. Ya. O que no hay que reservar en los restaurantes: desde luego, en muchos no hay que reservar, porque están cerrados. Y hale, a dar vueltas a ver si el siguiente… nada, cerrado también. Next? Cerrado también. Con las birras para casa. Los aguerridos residentes del centro de Madrid, quienes compraron sus casas con esfuerzo cuando el mercado inmobiliario no era un delirio como ahora, cuando la tasadora ponía en aquel papel que el barrio avanzaba hacia lo residencial, soportan hoy una prueba de fuego. Son los resistentes. No están catalogados como especie protegida, porque no van en bici, ni ladran, ni son de París ni de Qatar, solo son madrileños, una especie en extinción en el centro. Ay, los ladridos, que no se olviden. A eso de las siete u ocho de la tarde, las ventanas dan otra vez al infierno y el que quiera leer en paz o escuchar la televisión que se aguante, que empieza la orquesta perruna. Los alaridos tienen una hora fija, la que destinan al paseo los dueños de los peluditos, que son saludados con profusión por sus amiguitos desde los balcones. Menuda sinfonía. Quien tenga pueblo, que huya. También está la opción del Ático, tan de moda. Desde ahí arriba se debe ver un Madrid jibarizado y sin ruidos, no como el que soportan los pobres del bajodé.
Un agosto madrileño entre la radial y los borrachos
La capital no da tregua a quienes trabajan en verano y pretenden refrescar el sueño con las ventanas abiertas












