Se ha puesto de moda romantizar la pobreza en España. Se dice que ahora la gente prefiere quedarse en el pueblo a 40 grados antes que irse unos días a la playa; que lo último en vivienda es instalarse en una autocaravana en vez de tener un piso acomodado; o que ya no se estila ir de restaurantes, sino comer platos preparados de supermercado. Padecemos el síndrome de la rana hervida: quién va a saltar de la olla, o a indignarse, si cualquier estímulo a nuestro alrededor solo sirve para normalizar el drama ciudadano. No es difícil falsear esos relatos que —curiosamente— aparecen con demasiada frecuencia en el debate público y que soliviantan a muchos en las redes sociales. Un 32% de españoles lleva más de un lustro sin poder permitirse ni una semana de vacaciones al año; el barraquismo ha crecido en los últimos tiempos un 40% en la ciudad de Barcelona, con población que vive en asentamientos pese a tener trabajo; según la OCU, en tres años la cesta de la compra se ha encarecido en un 35%. Lo que habría que preguntarse es por qué en tiempos de la austeridad se realizaban reportajes constantes sobre la pobreza energética —que se ha triplicado respecto a 2008— o sobre los desahucios —que repuntaron ligeramente en 2024— y, esta vez, las consecuencias del bache económico pasan por costumbrismo o por un elemento más del paisaje. Las lenguas más afiladas creen que habrá que esperar a que gobierne la derecha para que en España haya una huelga general, que lleva 14 años sin organizarse. Otros piensan que, de no estar la izquierda en el poder, lo que hoy se romantiza simplemente se reflejaría de forma descarnada.Sin embargo, no todo responde a los intereses del actual Gobierno: también existe un cambio de concepción política y de comprensión ciudadana. La naturaleza de la austeridad no es la de la inflación, toda vez que los despidos fulminantes de antaño nunca causan el mismo sentimiento de quiebra personal que poder echar cada vez menos productos en el carro. A saber, que lo que solivianta a las sociedades no es la merma diaria, la rana hervida, casi imperceptible hasta cocerse, sino la sensación de colapso instantáneo.El caso es que Pedro Sánchez lo ha entendido al asumir que gobierna sobre un país donde el salario mínimo es cada vez más parecido al salario más frecuente, con gente que no llega a final de mes o con muchas dificultades, pero que, pese a ello, aún tiene un trabajo, con la sensación de certeza que ello implica, y la paz social que genera políticamente. Bruselas también ha cambiado respecto a 2010, tras darse cuenta de que cerrar el grifo llevó a la quiebra a las clases medias y trabajadoras de Europa, propulsando el populismo de izquierdas antitroika. No es verdad que este Gobierno haya podido ser, simplemente y por mera voluntad, más social que el del Partido Popular de 2012; también porque la UE le ha permitido flexibilizar las reglas del gasto y el déficit, e inyectar dinero público. Y, aun así, el sentimiento de falta de horizonte o de progreso sacude al continente entero. Algunos dicen no entender por qué crece la ultraderecha, si aparentemente esta vez la UE se ha portado bien. Tal vez sea la impresión de que algo ha dejado de funcionar en la democracia y sus resultados, o que las instituciones siguen siendo incapaces de solucionar grandes problemas de fondo como la precariedad estructural.El problema es que en España no sabemos hasta cuándo podremos parchear nuestro empobrecimiento, frente a una UE que también da signos de agotamiento —varios países están recortando su Estado del bienestar, o acusando pérdida de competitividad—. Dicho de otro modo: si en 2010 las consecuencias de la austeridad fueron terribles, y eso que la deuda en nuestro país rondaba el 36% del PIB, qué ocurriría hoy en un país donde 2,7 millones de personas reciben el ingreso mínimo vital para paliar su pobreza, por ejemplo, mientras la deuda pública supera el 100% del PIB, según el Banco de España. El Gobierno actual saca pecho por cómo ha llegado el IMV a más prestatarios —un 17% en el último año—, o de que haya dos millones de personas que no son pobres gracias a estar en el entorno de un pensionista. Ahora bien, cabría preocuparse por la magnitud del colapso, en caso de que fuéramos a una crisis.En definitiva, uno de los motivos por los que muchos temen hoy a un Gobierno de PP y Vox es la posibilidad de que limiten algunas ayudas sociales. Lo idóneo sería que la gente no fuera dependiente —hoy se dice que el escudo social es necesario por las guerras recientes, pero pronto la gente verá que se ha vuelto estructural—. Y aún así, el miedo es legítimo: una parte de la derecha aprecia que la situación es insostenible, pero aún no ha explicado qué haría con todas esas bolsas de pobreza que se crearían a resultas de pasar la supuesta motosierra, o limitar algunas ayudas a la población migrante, ni cómo sacar a la gente de su situación precaria. La realidad del “elogio de la tiesura”, de estar tieso o ser pobre, es que no es ningún nuevo estilo de vida, sino la metáfora folclórica de una tragedia humana. La diferencia es que unos han decidido parchearla, y otros, impugnarla. Solucionarla, quién.