A finales de 1956, tras una accidentada travesía a bordo del yate Granma, Fidel Castro desembarcaba en Cuba al frente de un pequeño grupo de revolucionarios, dando así el pistoletazo de salida a tres años de lucha guerrillera contra la dictadura de Fulgencio Batista. Uno de los instructores militares de aquella heterogénea fuerza combatiente era un antiguo oficial del Ejército Popular de la República española, el aviador Alberto Bayo Giroud. No en vano, veinte años antes, el entonces capitán Bayo, jefe de la Aeronáutica Naval de Barcelona, había organizado y liderado otro desembarco en una isla, la Mallorca de 1936. Aquel verano, las Baleares se habían convertido en la perfecta representación a pequeña escala de una España partida en dos, puesto que mientras el golpe de Estado había fracasado en Menorca, los conspiradores se habían hecho con el dominio de Mallorca, Ibiza y Formentera. Desde Barcelona, sin embargo, tras derrotar a los golpistas y hacer prisionero al general Goded, no tardó en prepararse una expedición con el objetivo de reintegrar todo el archipiélago a la República, que se beneficiaba igualmente del concurso mayoritario de la Marina de Guerra. Sin embargo, en un reflejo esta vez de los problemas derivados del colapso de la administración republicana y las divisiones ideológicas, el desembarco de agosto de 1936 adoleció de falta de coordinación entre la Generalitat, el Gobierno de Madrid y el Comité de Milicias Antifascistas, cuyos integrantes eran capaces de combinar actos de un inaudito heroísmo con acciones descabelladas. Sin duda, los barbudos castristas tuvieron unos comienzos difíciles camino de Sierra Maestra, pero al menos no se detuvieron recién salidos de las barcazas K en Porto-Cristo y Cala Petita para saquear un horno, “en el que no dejaron una sola ensaimada”, “incendiar la iglesia” y hacer una paella que acabaría convertida en punto de referencia para la artillería sublevada y sus contraataques. Y es que, cuando finalmente se lanzaron a avanzar hacia Manacor, los milicianos se encontraron con una resistencia insospechada. Lejos de contar con la esperada simpatía entre la población de la isla, la represión preventiva efectuada por las nuevas autoridades había eliminado a muchos de sus partidarios, al tiempo que los bombardeos sobre Palma habían tenido como efecto un gran movilización de los sectores conservadores. Por añadidura, “los hombres fuertes de Falange Española en la isla, que eran también militares”, avalados por el dinero de expropiaciones y donaciones, algunas tan generosas como el millón de pesetas entregado por Joan March, enviaron emisarios a la Italia fascista, convertida en un actor clave al proporcionar aviones suficientes para garantizarles la supremacía aérea, además de algunos expertos perpetradores como el jerarca Arconovaldo Bonacorsi, que la propaganda popularizaría con el sobrenombre de Conde Rossi. De todos estos personajes de novela, de aquella rapiña de ensaimadas convertida en “anécdota legendaria” y de muchos más episodios de Una isla brutalizada durante los cinco primeros meses de la Guerra Civil da buena cuenta Joan Maria Thomàs, uno de los mejores historiadores del país, catedrático de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, gran especialista en Falange y la dictadura franquista, que dedica por primera vez una monografía a su Mallorca natal. Y lo hace además de una manera muy especial. Por supuesto, toda la literatura académica sobre el conflicto en las Islas y a nivel general se encuentra bien presente, pero el eje del relato y el análisis se articulan en torno a la amplia correspondencia mantenida durante todo este tiempo por sus padres, Àngela Andreu Alcover y Gerardo Maria Thomàs Sabater.El autor sigue así la línea del estudio de la historia a partir de la memoria familiar, emprendida por otros investigadores, desde el clásico de E.P. Thompson hasta Mark Mazower, pasando por Gutmaro Gómez Bravo en Los descendientes. Y lo cierto es que las vicisitudes de la saga cubren la práctica totalidad de situaciones posibles, puesto que la pareja se implicó activamente en el conflicto desde el primer momento, ambos como voluntarios de la causa golpista, en el caso de Gerardo como combatiente frente a los desembarcados. Una y otro sufrieron además la represión revolucionaria, “con un primo de la rama valenciana de los Andreu asesinado en la playa de El Saler” y dos miembros de la familia Thomás, militar y sacerdote, “asesinados en La Mola de Mahón y en el buque prisión Atlante”. Por si fuera poco, Gerardo conocería también las depuraciones franquistas, pues su hermano mayor, Joan María, sacerdote y músico, interlocutor habitual de Manuel de Falla, sería temporalmente desposeído de su puesto en el Conservatorio por sus “veleidades” catalanistas y cosmopolitas, que habrían de llevarle a ser un habitual del consulado británico, desde el que veían con inquietud las intenciones italianas de hacerse fuertes en las Baleares para desafiar su control sobre el Mediterráneo. Nada que ver, no obstante, con la salvaje represión, castrense e irregular de paseos y sacas, desatada contra cualquier sospechoso de militancia izquierdista, desaprobada siempre por Gerardo Thomás por su religiosidad y en su calidad profesional de juez municipal. Una represión acelerada por la llegada de los fascistas italianos y por el propio desembarco de Bayo, simbolizada a nivel internacional por la obra de George Bernanos Los grandes cementerios bajo la luna, pero sobre todo a nivel mallorquín por la dramática fotografía de cinco milicianas enfermeras —una de ellas anónima y objeto de un minucioso proceso de identificación a cargo de Julià Rodríguez y Jaume Miró—, capturadas durante la retirada republicana y vejadas en Manacor antes de ser fusiladas.Atento a la globalidad de la contienda, preciso en el detalle y siempre elegante en una escritura que integra con naturalidad el bilingüismo —todas las cartas están traducidas, pues Àngela señalaba a Gerardo que “m’agrada més escriure’t en mallorquí”—, Joan Maria Thomàs es capaz de transportarnos en el tiempo y hacernos sentir el miedo ante los bombardeos y la incertidumbre por la suerte corrida por los seres queridos. También se destaca la importancia atribuida a la experiencia de guerra como factor de politización y fascistización de las tradicionales “gentes de orden”, tanto en el frente de batalla como en una retaguardia saturada de desfiles, celebraciones y discursos en las ondas. Pero una politización cuyo análisis rechaza el trazo grueso y atiende la complejidad de cada una de las personas estudiadas, a las que se promete además seguir la pista, con lo que tan solo cabe felicitarse ante una próxima entrega de la saga.
Miedo, incertidumbre y represión: la Guerra Civil en Mallorca contada a través de la memoria familiar
El historiador Joan Maria Thomàs, en ‘Una isla brutalizada’, describe el arranque del conflicto en su Mallorca natal con las cartas de una pareja de novios, sus padres, como eje del relato






