Dijo Heinrich Heine en sus Cuadernos de viaje que el mundo era el sueño de un dios embriagado que se escapa silencioso del banquete divino y se va a dormir a una estrella solitaria. Consecuencia de una borrachera similar fue el proyecto del gobierno británico conservador de David Cameron, hace una veintena de años, de crear unas “nuevas Baleares” en sus remotos Territorios de Ultramar del Atlántico sur (Santa Helena, Ascensión y Tristan da Cunha), a dos mil kilómetros de la costa africana, tres mil de la sudamericana y separados entre sí por una inmensidad de agua.La comparación con las Baleares fue sin duda una exageración como gancho mediático para justificar la inversión de 350 millones de euros de los contribuyentes en un aeropuerto en Santa Helena. Porque si las islas mediterráneas se quejan del exceso de turismo, los territorios en cuestión eran (y son) unos de los lugares más aislados del planeta, en dura competencia con el archipiélago de Pitcairn en el Pacífico sur, el de la Desolación en el Índico y Nunavut en el Ártico canadiense.La vecina Ascensión es una base militar y los 800 habitantes sólo pueden residir si tienen un contrato de trabajoNi discotecas, ni festivales musicales, ni playas de aguas templadas, ni chiringuitos donde zamparse una paella... La máxima atracción de Santa Helena son los escenarios del exilio de seis años de Napoleón, la casa donde murió y su tumba antes de que sus restos fueran trasladados al Hotel des Invalides de París; la de Ascensión, una base militar conjunta de Gran Bretaña y Estados Unidos que fue decisiva en la guerra de las Malvinas; y la de Tristán de Acuña (222 habitantes), tener el equipo de fútbol más remoto del mundo, que no tiene contra quien jugar. La ausencia de un puerto natural y de un aeropuerto hace que nunca vaya nadie, excepto para descargar suministros.Santa Helena son 122 kilómetros cuadrados (la mitad con carreteras de tierra) en un terreno volcánico, mitad desértico mitad tropical, arrasados por el viento, del que los jóvenes huyen buscando diversión y trabajo, visitada sólo por cuatro mil curiosos al año atraídos por la historia de Napoleón, el espíritu de aventura, el deseo de hacer montañismo o de nadar en medio de los tiburones y las tortugas. La población es de raza mixta, descendientes de esclavos negros, trabajadores asiáticos y colonos blancos. ¿Unas Baleares del Atlántico sur? El gobierno Cameron se conformaba en realidad con adecuar el territorio y atraer turismo para que se autofinanciara, en vez de depender de los 75 millones de euros anuales que le suministra Londres. Porque sus únicos recursos son la pesca, un poco de café y la emisión de monedas y sellos conmemorativos.La gran idea para conseguirlo fue el establecimiento de un aeropuerto en Santa Helena, para lo cual cortó un trozo de acantilado y rellenó un abismo con toneladas de rocas a fin de crear una pista de aterrizaje que acaba bruscamente en un precipicio de 300 metros. Pero una vez construido, se pasó años inoperativo porque nadie había tenido en cuenta que los habituales vientos de hasta cien kilómetros por hora serían demasiado para los aviones de British Airways que debían traer cientos de turistas desde Londres y Manchester. La inauguración sólo se realizó en el 2017, y desde entonces hay un vuelo a la semana desde Johannesburgo y (en temporada) otro desde Ciudad del Cabo, con escala técnica en Windhoek (Namibia), que únicamente pueden transportar 76 pasajeros y con frecuencia dan varias vueltas a la isla antes de tomar tierra, descendiendo en picado como si fuera una montaña rusa. Hasta entonces, la única conexión con el continente era un buque correo cada tres semanas que tardaba seis días (y muchos mareos) en llegar.Jamestown, la capital de Santa Helena, con sus casas de color pastel y sus palmeras, está ubicada en un cañón rodeado por macizos de roca volcánica, con el océano al fondo. Camino de la plaza principal desde el puerto, los visitantes son recibidos por un arco de piedra con el escudo de armas de la Compañía de las Indias Orientales, a la que Oliver Cromwell regaló la isla. Allí llegó Napoleón en octubre del 1815 a bordo del Northumberland , con séquito de ayudas de cámara y su médico personal, después de haber sido derrotado en la batalla de Waterloo. Pensaba que sería encarcelado en América, pero se encontró en medio del Atlántico sur por si tenía acaso la idea de escapar.Podía moverse libremente por la isla siempre que fuera acompañado, pero apenas salía de su residencia de Longhouse (una casa de veinte habitaciones en forma de ele), infestada de ratas (nada que ver con el lujo del Elíseo o las Tullerías), donde se aburría soberanamente y pasaba el tiempo contando las hormigas, mirando los barcos con un telescopio a través de agujeros que había hecho en las paredes, jugando a las cartas y desplegando sobre la mesa de billar los planos de la batalla de Waterloo, para entender en qué se había equivocado. Su muerte a los seis años de llegar es un misterio. Las teorías de la conspiración dice que fue envenenado, pero lo más probable es que padeciera algún tipo de cáncer. Fue enterrado en un lugar llamado el Valle de los Geranios, con una lápida en la que el gobernador británico se negó a inscribir su nombre. En 1840, después de que su figura fuera reivindicada en Francia, el cadáver fue exhumado y trasladado a París.Si hacer de Santa Helena un destino turístico es difícil, no digamos de la isla de Ascensión, 1300 kilómetros al noroeste, esencialmente una base militar, con un transmisor de la BBC y más antenas que personas, sin población autóctona, de la que se dice que es el lugar donde el diablo se detuvo a hacer sus necesidades en su viaje de un infierno a otro. Sus ochocientos residentes (un 75% hombres) son contratados temporales que no tienen derecho a permanecer cuando se jubilan o cumplen los 18 años sin tener un trabajo (Londres evita así cualquier responsabilidad laboral o de pago de pensiones). Todos los servicios esenciales han sido privatizados, en la escuela sólo estudian cien niños, y las familias se quejan de una campaña para vaciar el territorio y que sólo queden los militares británicos y estadounidenses, lo mismo que en Diego García.El gobernador británico de Santa Helena le hizo la vida imposible a Napoleón y se negaba a llamarlo emperador. Su venganza última es hacer todo lo posible para que la isla no se convierta en la Eivissa del Atlántico sur.Abogado y periodista. Corresponsal de 'La Vanguardia' en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.
La venganza última de Napoleón
El gobierno británico ha construido un aeropuerto en la remota Santa Helena para convertirla en destino turístico









