0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialCuando Napoleón Bonaparte se entregó a sus enemigos, tras la derrota en Waterloo, imaginó que iban a confinarlo en una casa señorial en la campiña inglesa. Juicio erróneo. Con el fin de evitar otro desliz como el de Elba, lo desterraron esta vez a un enclave casi inaccesible: la isla de Santa Elena, una salpicadura de roca volcánica en mitad del océano Atlántico, a unos 1.900 kilómetros de la costa africana (Angola) y a 3.300 de Brasil. Una avispa en la piscina. Un dedal de 122 kilómetros cuadrados. Fue el mariscal de campo Wellington quien escogió el emplazamiento, un peñasco a merced de los vientos; al parecer, había recalado en aquel territorio británico de ultramar en 1805, en un viaje de regreso desde la India. Imposible organizar una fuga desde sus acantilados rocosos.La travesía desde el puerto de Plymouth hasta que el Northumberland fondeó frente a Jamestown, principal asentamiento de la isla, el 16 de octubre de 1815, duró dos meses y una semana. El león tenía 46 años cuando arribó. Acompañaba al emperador depuesto un nutrido séquito de apóstoles, entre ellos Las Cases (autor del célebre Memorial ), el ayuda de cámara Marchand, el médico irlandés O’Meara y los generales Gourgaud y Bertrand, a cuya esposa se atribuye la siguiente exclamación en cuanto vislumbró el panorama: “¡Fue el diablo quien se cagó en esta isla mientras volaba de un mundo a otro!”.Pues bien, casi dos siglos después, el periodista francés Jean–Paul Kauffmann quiso investigar cómo habían transcurrido los últimos seis años de vida del general Bonaparte en la isla, y hacia esa lejanía zarpó desde el puerto de Cardiff, en el sur de Gales; en su caso, la singladura duró solo 15 días. Escribió luego un libro interesante, La chambre noire de Longwood: le voyage à Saint–Helene (1997), un relato de viajes que es a la vez una meditación sobre la historia y el cautiverio. De hecho, una circunstancia biográfica del autor impregna las páginas de una pátina sobrecogedora: Kauffmann permaneció tres años secuestrado por el grupo chií Movimiento Amal, amarrado con cadenas en un sótano de Beirut. El reportero fue liberado el 4 de mayo de 1988 junto con otros rehenes franceses.Kauffmann se adentra en Santa Elena con cautela respetuosa. Salvo en una ocasión –y de manera oblicua– evita referirse a su propia vivencia de reclusión asfixiante, aunque se percibe sutilmente; el poso de esa terrible experiencia se palpa sin explicitarlo. El autor francés desarrolla, además, una peculiar pesquisa detectivesca: aquel corso que quiso emular las gestas de Alejandro Magno y Julio César no falleció por una intoxicación de arsénico, como alguna teoría periclitada había pretendido demostrar, sino envenenado de nostalgia amarga.La isla engaña. No es acogedora. Los árboles de mango del litoral ralean en la meseta de Longwood, a unos 500 metros de altitud, en cuya mansión-cárcel homónima se encerró al reo ilustre. La cizalla del viento del sureste imprime en los pinos torsiones grotescas. Niebla. El cielo encapotado de nubes. Una llovizna terca. Humedad constante; los trópicos todo lo pudren. Vigilado por una guarnición de un millar de soldados británicos, Napoleón puede moverse con libertad en un radio de siete kilómetros a la redonda. Frente a sí, la inmensidad metálica del océano y un aburrimiento mortal. Pronto bautiza la prisión a cielo abierto como “isola maladetta”.“El cautiverio es, ante todo, un olor”, escribe Kauffmann, dotado de un finísimo sentido del olfato, al igual que el emperador. El reportero se apresta a definir el perfume del caserón de Longwood, una isla dentro de la isla: detecta los efluvios de un sótano húmedo mezclados con una extraña fragancia tropical, densa y algo picante, como una caja de puros, además de un tufillo a moho y hollín de las chimeneas apagadas. El encierro también tiene un murmullo sordo característico, que bien podría confundirse con el rumor del oleaje, pero “esa presencia vaga y amenazadora no es más que el zumbido del tiempo, la fermentación de la memoria”. Un sonido a serrucho que perturba la mente.En esa remota soledad expiró Napoleón el 15 de mayo de 1821. Hoy, sin embargo, Santa Elena ya no es sinónimo de aislamiento extremo: tiene aeropuerto, bautizado como “el más inútil del mundo”, desde mayo de 2016. Un vuelo semanal, los sábados, desde Johannesburgo, busca abrir al turismo una isla de unos 4.000 habitantes. Tiempos voraces.