El panorama internacional atraviesa un momento desgarradoramente estrafalario. En las últimas horas, una filtración del Pentágono replicada por el diario The Telegraph encendió las alarmas en Londres: Estados Unidos volvió a advertirle al Reino Unido que podría retirarle el histórico apoyo diplomático en la disputa por la soberanía de las Islas Malvinas. Conviene no llamarse a engaño. Esta postura no responde a una súbita toma de conciencia de Washington respecto a que el archipiélago representa un enclave colonial inaceptable para los tiempos que corren, ni mucho menos a un gesto de benevolencia hacia la Argentina. Es, en rigor, el síntoma de la abierta pelea personal y política que Donald Trump mantiene con el gobierno británico y con el bloque europeo. Para profundizar esa brecha, la Casa Blanca aprieta donde más le duele a Londres. Esta forma de conducir la diplomacia se enmarca en una "guerra comercial" con Canadá que linda con lo absurdo. Frente a decisiones unilaterales de mercado y provocaciones cotidianas, como rebautizar arbitrariamente el Lago Ontario como "Lago América" en los mapas, hasta figuras históricamente estridenciales del populismo local parecen estadistas rigurosos al lado de esta dinámica. La respuesta canadiense no desentona en el grotesco: la ciudadanía en Ottawa discute rebautizar la Trump Avenue como TACO Avenue, acrónimo de "Trump Always Chickens Out" (Trump siempre arruga). Dos potencias globales, pilares de la democracia occidental, enredadas en un debate de nombres de calles y lagos.
El desvarío del escenario global bajo Donald Trump
Desde la amenaza implícita a Gran Bretaña por las islas del Atlántico Sur hasta insólitas disputas toponímicas con Canadá, la geopolítica atraviesa un período de arbitrariedad inédita. Un análisis sobre el síndrome de Hubris y el despliegue del poder en la escena contemporánea.













