Alfonso Galindo y Enrique Ujald�nActualizado Jueves,
agosto
00:09Como ya defendimos en el ensayo Sexo, cuerpo, boxeo. Un alegato contra la izquierda reaccionaria, una parte creciente de la izquierda contempor�nea ha abandonado la tradicional vocaci�n transformadora que la caracteriz� durante d�cadas para asumir una sensibilidad profundamente reaccionaria; la que convierte el miedo al cambio en principio de acci�n pol�tica. Lo sorprendente no es s�lo que ello ocurra en cuestiones relativas al cuerpo y al sexo; lo verdaderamente llamativo es que esa pulsi�n conservadora se extiende hoy a �mbitos tan distintos como la inteligencia artificial o, de forma a�n m�s extravagante, el papado.Tomemos primero el caso de la inteligencia artificial. Frente a la confianza hist�rica de la izquierda en el progreso t�cnico como instrumento de emancipaci�n, la izquierda contempor�nea sospecha de forma sistem�tica de la innovaci�n t�cnica y cient�fica. Sobran los ejemplos: la producci�n en cadena, la edici�n gen�tica, el despliegue de la energ�a nuclear, la digitalizaci�n y, ahora, la inteligencia artificial.Diversos fil�sofos, soci�logos y ensayistas han expresado, con distintos matices, una profunda desconfianza hacia estas tecnolog�as con diferentes argumentos. En el caso de la IA, los m�s moderados nos dicen que la inteligencia artificial empobrece el pensamiento, uniformiza el conocimiento, destruye la creatividad, fomenta la dependencia intelectual y nos encamina hacia una sociedad de individuos incapaces de pensar por s� mismos. Los apocal�pticos vaticinan que nos esclavizar�: la inteligencia artificial constituye una nueva herramienta del capitalismo para intensificar la productividad, aumentar la competitividad y colonizar cada vez m�s dimensiones de nuestra existencia. Defienden que quiz�s nos libere del trabajo, pero para convertirnos en est�pidas m�quinas de consumo.Detr�s de estas cr�ticas se esconde una nostalgia profundamente reaccionaria; la misma que suscit� los recelos sobre la imprenta, la comida enlatada o la televisi�n. El problema no est� en c�mo funciona la IA ni en los debates t�cnicos, conceptuales y morales que pueda suscitar; como cualquier avance realmente transformador, tendr� consecuencias de todo tipo y es leg�timo reflexionar sobre ellas.Lo verdaderamente revelador es que muchos de los mismos intelectuales que durante d�cadas denunciaron los grandes relatos, cuestionaron las esencias y celebraron la contingencia hist�rica, descubran ahora, ante la inteligencia artificial, el valor sagrado de la creatividad humana, la autenticidad irreductible del sujeto y la singularidad incomparable de la experiencia personal. Todo ello revela un miedo al progreso y un rechazo al cambio caracter�sticos de una sociedad envejecida que ha dejado de mirar el futuro con confianza. No es extra�o que buena parte de la juventud busque referencias ideol�gicas en otros lugares.Aqu� aparece el verdadero n�cleo ideol�gico de la cuesti�n. Todo lo que aumente las capacidades humanas y fomente su diversidad es objeto de sospecha. Es dif�cil imaginar una posici�n m�s reaccionaria. Hist�ricamente, todas las mejoras materiales de las sociedades modernas han dependido tanto de los incrementos de productividad como de la ampliaci�n de los espacios de libertad; la cuesti�n pol�tica nunca ha sido c�mo impedirlos, sino c�mo distribuir sus beneficios. Convertir la innovaci�n en una amenaza equivale a reeditar, para la era digital, el viejo ludismo de quienes destru�an m�quinas porque tem�an sus consecuencias.Esta moralizaci�n reaccionaria de la pol�tica alcanza niveles a�n m�s sorprendentes cuando aparece en escena el Papa. Ocurri� con Francisco; est� ocurriendo de nuevo con Le�n XIV.Resulta dif�cil no percibir cierta comicidad en el espect�culo. Intelectuales que pasan buena parte de su tiempo denunciando jerarqu�as, privilegios, autoridades, instituciones tradicionales y estructuras de dominaci�n descubren s�bitamente una profunda admiraci�n por el jefe de una monarqu�a electiva masculina fundada hace casi dos mil a�os. La misma izquierda que considera sospechosa cualquier apelaci�n a la tradici�n, la autoridad o la familia celebra emocionada los mensajes pontificios sobre pobreza, inmigraci�n, ecolog�a o fraternidad universal. Es cierto que se seleccionan aquellas declaraciones que coinciden con determinadas preferencias ideol�gicas y se ignora todo lo dem�s: la doctrina sexual, la concepci�n de la familia, la estructura jer�rquica de la Iglesia o su antropolog�a profundamente tradicional. Pero es un error pensar que se trata solamente de una instrumentalizaci�n del papado. Tambi�n aqu� se revela un anhelo de doctrina indiscutible y la nostalgia de la figura del intelectual como sacerdocio, que el vulgo debe escuchar y respetar.Conforme pierde capacidad de persuasi�n. intelectual, una parte de la izquierda busca nuevas fuentes de legitimidad moral. Y las encuentra en una de las instituciones m�s antiguas y conservadoras del planeta.Quiz� �sta sea una paradoja de nuestro tiempo. Mientras una parte importante de la derecha se ha reconciliado con la innovaci�n tecnol�gica y no le asusta el cambio social, la izquierda cultural parece hablar cada vez m�s el lenguaje de la p�rdida, el l�mite, la amenaza y la nostalgia. Desconf�a de las transformaciones t�cnicas, idealiza formas heredadas de autoridad y reacciona con inquietud ante cualquier cambio profundo del paisaje social.La vieja izquierda quer�a transformar el mundo; la nueva s�lo quiere protegernos de �l. Sigue llam�ndose progresista, pero cada vez piensa m�s como una fuerza de conservaci�n. Y eso tiene un nombre bastante preciso: reacci�n.Alfonso Galindo y Enrique Ujald�n son fil�sofos








