Cuestionar el avance de los derechos de las mujeres ya no es una actitud marginal entre los jóvenes. Lo explican la manosfera y los mensajes en las redes sociales que desvirtúan las ideas feministas, la incertidumbre ante la crisis económica que resucita los roles de género patriarcales o la ola reaccionaria promovida por la ultraderecha. Es un diagnóstico que se repite y que se ve reflejado en el último Barómetro de Juventud y Género, elaborado por la Fundación FAD, que destaca que el porcentaje de jóvenes que se declara feminista ha caído del 49,9% en 2021 al 38,4% en 2025. Para el 51,5% de la juventud masculina, el feminismo es un "instrumento político de manipulación y adoctrinamiento".PublicidadDe ahí que nombrar el problema ya no baste y el reto sea, ahora, otro: crear espacios para entender la raíz del discurso antifeminista, ir más allá del "feminismo no tiene la culpa". Una de las herramientas que desempeñan este papel son los talleres feministas en las aulas, espacios de debate abierto sobre la igualdad y la violencia de género.Alicia Valdés, politóloga y doctora en Humanidades, ha traducido ese reto organizando una serie de cursos que buscan responder una pregunta muy concreta: cómo acercarse a los jóvenes que caen en los marcos de la extrema derecha y hacer frente a su discurso sin generarles rechazo. A sus talleres han acudido docentes y profesionales del tercer sector que trabajan con gente joven.“Hablamos de dinámicas que se pueden realizar en el aula o en espacios de trabajo, cómo trabajar individualmente para poder ofrecer un buen acompañamiento, referentes con discursos que puedan resultar atractivos a chicas y a chicos”, explica la politóloga.Para Valdés, sostener una retórica defensiva frente al marco instalado por la extrema derecha supone, en cierto modo, aceptar sus términos en el debate. Actuar frente a la ola antifeminista implica "poner énfasis en los malestares de los chavales que genera el capitalismo" que son canalizados por fuerzas políticas de ultraderecha. De acuerdo con la autora, la percepción de la pérdida de derechos ante las conquistas feministas no explica, por sí sola, el sentimiento antifeminista si no se pone el foco en la precariedad material. PublicidadLa escucha es el método principal que revindica la politóloga para acompañar a los jóvenes. “Lo importante es poder dilucidar si aquello a lo que nos enfrentamos es la repetición de eslóganes antifeministas, si es más bien la construcción de las feministas como el chivo expiatorio de una crisis económica que nos afecta a todos, o si ya están en procesos de radicalización donde el trabajo va más allá de escuchar”, aclara. Una forma de acompañamiento para la que, advierte, no todo el mundo se encuentra preparado.El acompañamiento y la escucha, lejos de la culpabilización, es también la herramienta con la que Carmen Ruiz Repullo, socióloga especializada en violencia de género en adolescentes y jóvenes, vertebra sus talleres y charlas feministas en institutos. Desde su experiencia formando a profesionales y docentes, defiende que hay que abandonar el modelo adultocéntrico, en el que el adulto enseña y el adolescente solo escucha, si de verdad se quiere entender los malestares de la adolescencia.“Hay que mostrar casos concretos que les ayuden a identificar las violencias machistas, a unas y a otros. También que sepan cómo actuar en caso de que un amigo suyo ejerza esa violencia y una amiga suya la sufra. Es complicado hacerles ver la conceptualización de las violencias, pero sí podemos compartirles ejemplos concretos para que sepan identificarlas. Es la mejor pedagogía”, detalla Ruiz Repullo.PublicidadEspacios de 'refle-acción'Las aulas y los talleres son los primeros pasos para crear espacios de “refle-acción que permiten involucrar a todas las instituciones”, reflexiona Ruiz Repullo. Espacios donde hay una cultura del miedo instalada entre el profesorado que, en ocasiones, se muestra reticente a involucrarse en este acompañamiento. “En algunos casos, son los propios equipos directivos los que se niegan o evaden tratar estos temas, bien por ese miedo o bien por un posicionamiento antifeminista, que no debemos olvidar que se da en todas las edades y profesiones”, matiza la socióloga.Con todo, las expertas consultadas por Público coinciden en alejarse de aquellas posturas que se limitan a culpabilizar a la adolescencia del giro conservador. La responsabilidad recaería, en cualquier caso, en toda la sociedad. Lo contrario, implicaría caer en una profecía autocumplida, señalan.“La mayoría de las personas que entra en el relato terrorífico de qué malos son los jóvenes son personas cuya relación con jóvenes es escasa, mínima o inexistente”, zanja Valdés, que señala directamente a las “estadísticas sesgadas o titulares amarillistas que buscan generar una retórica antagonista que ponga el conflicto generacional, y no el de clase, en el centro de la cuestión”.Cuando se desglosan las estadísticas del último Barómetro de Juventud y Género, existe una frontera que divide a chicos y chicas: el 61,4% de las mujeres percibe que existen grandes desigualdades de género frente al 36,7% de los hombres. Unos datos que matiza Lorea Romero Gutiérrez, socióloga y autora del reciente estudio ¿Se enseña feminismo en la universidad?: “Lo que nos muestran los estudios es una brecha de género en la juventud, en la que las chicas mantienen posiciones progresistas y en las que los chicos tampoco se han vuelto todos de derecha radical”, explica.Según la experiencia de Ruiz Repullo, entre el alumnado no existe un patrón único, sino al menos dos posiciones contrapuestas que cohabitan en un mismo grupo. Conviven una postura negacionista, que rechaza abordar la violencia machista y la desigualdad -con presencia creciente también entre mujeres- con otra, liderada mayoritariamente por chicas, que reivindica el feminismo y visibiliza las violencias que sufre cotidianamente. Este segundo grupo, señala la socióloga, está cada vez más silenciado, lo que refuerza la impresión de que el discurso negacionista es predominante entre la juventud. “Los silencios no salen en las estadísticas, pero están ahí y hay que saber identificarlos”, subraya.Ellos se suelen sentir interpelados durante los talleres. Sin embargo, "cuidado con poner a la masculinidad al mismo nivel de victimización, ahí borraríamos el sistema patriarcal que es quien sostiene la desigualdad, la discriminación y las violencias hacia las mujeres”, advierte Ruiz Repullo.Esos posicionamientos suelen describirse en términos de "polarización", idea descartada por Romero Gutiérrez porque "contribuye a la idea de extremos". "La defensa de los derechos humanos, los derechos de las mujeres y de las disidencias de género no son extremos", defiende. Hablar de polarización, sostiene, equipara posturas que no son equivalentes.Publicidad'Actividades guirnalda'Más allá de la inercia del auge de la retórica de la extrema derecha, Romero Gutiérrez explica que existen otros obstáculos que dificultan abordar el antifeminismo en las aulas y que persisten incluso “en tiempos favorables del auge del feminismo”. La falta de voluntad, el plan de estudios tradicional que desplaza la perspectiva feminista o la escasa formación específica del profesorado acentúa la necesidad de estos debates en los centros educativos.Según concluye el estudio de la también investigadora postdoctoral, el modelo de gestión neoliberal de la universidad implica la discriminación de estudios críticos y una sobrecarga laboral que no facilita redes docentes estables que permitan compartir las innovaciones feministas.España está entre los países de la OCDE donde más se trabaja la igualdad entre mujeres y hombres en los institutos, según el Informe Pisa. Con todo, Romero Gutiérrez subraya que el “carácter cosmético de la aplicación de las políticas de igualdad en docencia” junto con “las actividades guirnalda” en la mayoría de centros de educación primaria y secundaria dificultan la materialización de una educación con perspectiva feminista. De acuerdo con la socióloga, las iniciativas puntuales en fechas señaladas como el 8 de marzo no terminan de evidenciar el poder del profesorado en la transformación social, que exige más recursos y continuidad.Publicidad“A pesar de las primeras resistencias, si se trabajan estos contenidos adecuadamente se puede llegar a producir cambios en la subjetividad del alumnado, incluso en términos de crisis”, subraya Romero. Así, con la ayuda de lecturas o vídeos, se pueden superar las ideas iniciales del “eso a mí no me pasa” o “eso yo no lo he visto en mi entorno”.Tampoco su impacto se puede medir de forma inmediata. Según la doctora Ruiz Repullo, estos espacios exigen un proceso gradual trabajado en grupos reducidos que den protagonismo al propio alumnado. La misma lógica, sostiene, debería aplicarse a la formación del profesorado, pues "debería ser transversal y por claustros enteros, ahí es donde veríamos el cambio social en menos años de lo que pensamos".Frente a la charla puntual entre alumnos y docentes de la que reniegan las expertas, lo que permanece es una misma exigencia repetida desde ángulos distintos: sostener en el tiempo una reivindicación que exige mayores recursos.