0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialAnita LeBrun es una abuela de 82 años que vive en una residencia asistida de Minnesota. Nunca hubiéramos sabido de ella si no hubiera encabezado una iniciativa legal para revertir la norma que prohibía beber alcohol a los inquilinos de dicho centro. Pero la encabezó y, mediado julio, tras obtener en el correspondiente juicio un fallo favorable, pudo brindar en público junto al gobernador Tim Walz para celebrar el éxito de su campaña.Si hoy le preguntamos a un adolescente español qué es un juicio, quizás nos dirá que es eso que les ocurre a políticos que han metido la mano en la caja o a parientes de otros políticos por el mero hecho de serlo. Punto final. Los jóvenes que abren los ojos a la vida acaso no hayan oído hablar de otros juicios. Pero los ha habido, y algunos fueron célebres. Empezando por el de Sócrates. Siguiendo por los de Giordano Bruno, Galileo Galilei u Oscar Wilde. Y acabando, pongamos por caso, en los de Nuremberg. Matthew Lloyd / BloombergTodos estos juicios se han hecho un merecido hueco en la memoria colectiva. El de Sócrates nos enseñó que la libertad de pensamiento es un bien supremo. El de Giordano Bruno y el de Galileo, Santo Oficio mediante, que la ciencia no siempre fue una actividad apreciada y prestigiosa. El de Wilde, que la diversidad sexual estuvo muy perseguida. Y los de Nuremberg, que un régimen tan siniestro como el nazi podía ser derrotado en el campo de batalla y condenado en los tribunales. Aunque los juicios a menudo formen parte hoy de una lamentable estrategia político-mediática, su papel en la evolución colectiva es significativo.Al lado de las enseñanzas citadas en el párrafo anterior, las del caso LeBrun pueden parecer menores. Pero no son irrelevantes. Nos dicen que las personas no deben ser privadas de sus costumbres y libertades solo porque ya son viejas. Si LeBrun tenía el hábito de participar en la happy hour con los suyos, ¿por qué iba a dejar de hacerlo cuando se trasladó a una residencia?El estado de ánimo y la vida social de quienes tienen más pasado que futuro deben considerarseSí, ya sabemos que la happy hour –servir dos copas por el precio de una, antes de cenar, por ejemplo– es una primaria estrategia de marketing de no pocos bares, que atenta contra el hígado de la clientela y a veces contra el orden público. Quienes hayan paseado en agosto por ciertas zonas de bares de Benidorm, o de otras localidades bendecidas con el turismo, ya saben de qué hablo. Pero de ahí a suponer que una residencia asistida pueda convertirse en Nínive porque unas abuelas se tomen un par de vinos…Los argumentos que en su día dio la dirección de la residencia de LeBrun eran de diverso orden. Desde que para permitir el alcohol entre sus muros se precisaba una licencia onerosa hasta que los abuelos, tras beberse un vaso o dos, pueden descalabrarse con mayor facilidad que si están sobrios (y antes no han tropezado con el taca-taca ni sufrido los efectos de la osteoporosis o de un ictus…). Quienes se oponían a estas restricciones decían que limitaban una sociabilidad ya difícil de por sí, y que debido a la apatía, las mermas cognitivas, la sordera y otras patologías inhabilitantes tienden a convertir estos centros en celdas de aislamiento. Añadían además que la libertad personal no debería ser conculcada nunca, y menos aduciendo razones de edad. Much drinking, little thinking, dice un viejo refrán anglosajón. Es verdad. Pero la palabra-problema en dicho refrán no es drinking sino much : no es beber, sino mucho. Así pues, los hipotéticos beneficios de que algunos no beban mucho difícilmente justifican las privaciones aplicables al resto de los humanos, incluidos los responsables y sensatos. Es verdad que los excesos matan más pronto que tarde, según dicen estadísticas alarmantes, pero también lo es que el consumo moderado de alcohol reduce el riesgo de infarto, de ictus y de otros fracasos cardiovasculares. También el de cálculos biliares o diabetes.Y, sobre todo, es un hecho que los beneficios de una ingesta moderada sobre el ánimo y la vida social de quienes ya tienen más pasado que futuro son dignos de consideración, aunque no sean mesurables de modo preciso ni haya muchas estadísticas al respecto.