Clop, cataclop, cataclop, ¡Pi! Cataclop, clop, cataclop, ¡Boom! Clop, clop, cataclop, ¡Fium! Clop, cataclop, clop, ¡Meeec! El acostumbrado rebotar de pelotas a modo de un galope impulsado por palas de madera que resuena en las playas de Santander ha incorporado unos nuevos sonidos tecnológicos. Los históricos castañazos, décadas tronando en esos arenales del Sardinero o del Camello, han evolucionado y ahora hay un radar analizando el nivel del bombardeo. Un grupo de aficionados pretende que el juego de las palas se convierta en un deporte oficial y han incorporado a este territorio un sistema inventado en Grecia, que mide la velocidad, el total de golpes y las veces que la bola besa la arena, para ponderar el grado de esfuerzo y aptitud. Su impulsor, Ángel Ortiz, es el nieto del primer santanderino que creó esas raquetas de madera que hoy son tan populares. “Estoy llevando a cabo su sueño”, explica, aunque a los puristas no les convenza esta innovación en un juego que consiste en que la pelota no se caiga, pese a zurrarla a ritmos extremos, y que los revolucionarios buscan hacer más competitivo aplicando datos objetivos.La mecánica no cambia. Dos golpean. Todo sobre la arena movediza y bajo el sol picante, dos elementos que se notan en la piel de los practicantes: rebozados, sudados, tostados. “¡Qué bien ese revés!”, “la bola va como un tiro”, “¿y esa?”, “¿y esa?”, “este calor es insoportable”, se animan y azuzan en la playa del Sardinero, en la zona del Piquío, en un espacio habilitado para esta práctica. El estilo habitual solo requiere personas, palas y pelotas; esta cancha va un poco más allá. Hay una mesa cubierta con una sombrilla a cuyos pies descansa una batería portátil y sobre la que hay un ordenador, una libreta, un altavoz, y de la que cuelga una pantalla led que refleja el contenido del software que permite registrar los guarismos: el tiempo que queda de partido, los impactos realizados y sus velocidades. También hay unas cintas delimitando el espacio y detrás, colgando de un muro, el radar protegido por otra sombrilla. Las normas, claras: el partido acaba después de 20 minutos o de que la bola caiga 60 veces; se suman puntos con los golpes y estos no cuentan si no rebasan los 55 kilómetros por hora. Y, a más ritmo, más tantos, con propinas si se salvan bolas de forma acrobática o milagrosa. Pi, silba el altavoz si la bola vuela entre 55 y 70 kilómetros por hora; de 70 a 80 es un pi más agudo; de 80 a 90 el fium de una flecha y de 90 en adelante el boom de la explosión. El temido meeec llega cuando la pelota cae al suelo. Los sonidos ubican a los contendientes sobre el nivel y ritmo de sus palazos. El récord en 20 minutos, los 400.000 de los campeones griegos. Los españoles se quedan en 253.000… y subiendo.Parece un remix playero entre carcajadas y resoplidos de los participantes, ataviados para la ocasión: bañador, muñequera, gafas de sol, gorras y hasta pequeñas toallas para las manos. Ángel Ortiz, empleado en el puerto de Santander, roba horas al reloj para darle y darle y darle junto al mar. Así lo revelan su moreno y la alegría de sus ojos claros, con unas gafas de sol polarizadas en azul brillante, bañador celeste y manos curtidas, pues también fabrica palas caseras: él tiene unas 50 con un distintivo propio. En todas, en todas, pone MP por Mariano Pérez, su abuelo, el hombre que decidió que más allá del elitista tenis del litoral cántabro también se podía jugar a algo parecido, no con las caras raquetas sino con otras de madera. Su nieto muestra, orgulloso, lo que se considera la primera evidencia gráfica del mundo del juego de las palas: Mariano Pérez porta una de ellas en 1930 ataviado con un bañador de la época. Quizá alguien jugó antes en otro lado del mundo, pero no le consta. “Nací con una pala debajo del brazo y ahora trabajamos para que sean deporte”, explica en los descansos de una mañana dominical de raqueteo. Pi, pi, pi, boom, pi, boom, pi, fium, fium, pi, meeec. El santanderino jugaba como se hizo toda la vida, con palas de unos 700 gramos, hasta que en 2016 y 2017 la ciudad albergó dos campeonatos del mundo de Beach ­Racket, lo que los griegos, iconos de esta disciplina, llaman Valetudo Racket. Estos helenos aportaron armas más ligeras, de unos 450 gramos y, más tarde, el famoso radar inventado por Lakis Zois, ahora aliado de los cántabros: ya van varios viajes de grupos de jugadores entre España y Grecia para conocerse y seguir luchando.En los primeros tiempos, los locales alucinaron, pero Ángel vio la luz. ¡Por fin podrían medir realmente el ritmo de un partido mediante un sistema de puntaje, de intensidad, de velocidad, de resistencia! A otros no les convence tanto. Por ejemplo, a los puristas, como un señor que refunfuña cuando pasa por este lado de la playa: “Me voy, que aquí no se juega a las palas”. Begoña Iglesias cree que sí se juega: ella baja en verano y en invierno, en la pausa para comer del trabajo, con una máxima: “Partiduco, desconexión y baño”. Esta exjugadora de vóley playa se presenta como “competitiva” y agradece saber los registros del juego para mejorar. Ángel Ortiz evita los recelos y respeta los gustos tradicionales, aunque anima a probar esta versión antes de opinar.Él va a lo suyo: que este juego sea deporte. La burocracia y los papeleos con las federaciones e instituciones superiores lastran el ritmo para competir en condiciones. Los clásicos sostienen que esto no es un deporte de ganar o perder, sino de aguantar; cierto, pero con la tecnología se puede puntuar ese aguante. El abuelo Mariano, asegura, reconocía esa filosofía, pero se abría a hacerlo competición creando unas reglas. En ello están, sonríe. El grupito de jugadores, en las pausas en las que comenta lo inusual de las temperaturas y que “el agua parece del Mediterráneo, hay hasta medusas”, desliza que a alguno de los críticos quizá le fastidie ver que en realidad no es tan bueno ni potente jugando como creía. El objetivo, llegar a un público renovado. “¡Hay que darles a los jóvenes la dopamina que les proporcionan los móviles!”, resume Ángel, cariñoso con Adrián Carnero, de 22 años, buen receptor y juez para asegurar las puntuaciones, toda una vida con las palas. Este, estudiante de Medicina, admite que sus colegas le dan más al pádel pero que a veces se los trae. Pi, fium, pi, pi, boom, pi, pi, pi, boom, meeec. La playa ha forjado amistades entre el juego, destaca Loreto Huelga, de 46 años, de esas que necesitan acción: “Algo había que hacer, los conocí aquí en 2019”. Ahora son íntimos y viajan a la Hélade a jugar o reciben a los amiguetes griegos.Todo va encajando a medida que las palas modernizadas ganan adeptos. Ángel Ortiz cita a la cuadrilla clave: Loreto, Rubén Moreno, Julián Gutiérrez y Andrés Pérez, cinco con él…, como cuando el instigador, su abuelo, conformaba un quinteto de amigos con los que hacía deporte en las playas santanderinas, apodados Los cinco de Ribalaygua, por el centro comercial donde trabajaban. Ahora su heredero aspira a darle futuro a ese pasado. Pi.