Clop, cotoclop, cotoclop, cotoclop, retumba la playa del Camello de Santander cuando el forastero la encara esperando toparse con una guarnición de caballería… y no con un ejército de jugadores de palas de madera. La vista desengaña al oído y revela una bóveda dinámica de pelotas amarillas sobrevolando la arena, golpeadas hipnóticamente de un lado para otro por un popurrí de personajes y atuendos: hay una mezcla abigarrada de jubilados, tipos fibrosos, barrigones, cuarentones, abdominales masculinos y femeninos, biquinis, arrugas, tatuajes, chavalucos, gafas de sol, gorros, guantes, tobilleras, vendajes, pieles tostadas y epidermis cangrejeras. Entre el tropel destaca el carisma y el ritmo de bola de Javier Ceballos, Cali, de 68 años, media vida y entera jubilación dándole a las palas. “¡Sigue!”, “¡toma!”, “¡buena!”, exclama Cali, el señor de las palas, símbolo de esa generación criada en el peloteo playero y cuyo legado pretende extenderse a sus sucesores.
“Empecé con 18 años cuando vine de Molledo a Santander, no había visto una pala ni un autobús en mi vida, un día paseando por la playa me encontré a un chico con palas y empezamos a jugar”, resume este médico de profesión —apodado Cali por aquel protestón pollito Calimero de la televisión— que durante muchos años cuidó a los jugadores del Racing de Santander de fútbol y del Teka Cantabria de balonmano.






