Tiene 35 años, trabaja en una agencia de marketing en la que cobra más bien poco y comparte piso con otras dos personas a las que evita en el pasillo para no tener que dar explicaciones sobre por qué vuelve a cenar cereales.

La semana pasada recibió la invitación para la boda de una antigua compañera de instituto y, el mismo día, el aviso de que su propietario le subirá el alquiler al finalizar el contrato. En la comida familiar del domingo pasado, su padre le preguntó cómo iba con lo de encontrar pareja.

Es posible que unos cuantos lectores se sientan identificados con lo que acaban de leer. Los estándares que definían la entrada en la adultez a finales del siglo pasado hace tiempo que saltaron por los aires. En la actualidad, la edad media del primer comprador de vivienda supera los 40 años, las mujeres tienen en promedio su primer hijo entre los 32 y los 33 años y la precariedad laboral impide trazar planes a medio plazo que impliquen grandes inversiones económicas.

Las condiciones socioeconómicas de los jóvenes adultos les ponen muy difícil cumplir con los viejos ritos de paso. No obstante, la exigencia interna de alcanzarlos permanece intacta.

La trampa del ‘empresario de ti mismo’ y la culpa individual