El franquismo no se sostuvo únicamente mediante la represión o el miedo, sino que necesitó "colonizar" la alegría de la gente. Desde antes incluso de llegar al poder, Franco fue consciente de la importancia de ejercer el control en cada rito o tradición española. La fiesta era orden, estatus y valores, además de propaganda. Tras varios años de república laica, era la oportunidad de "purificar las calles" e impulsar una hegemonía cultural nacionalcatólica.PublicidadA principios de 1937, el Gobernador General Luis Valdés prohibió los carnavales, una noticia que dejó huérfanos de fiestas a gaditanos y canarios. Otras tantas tradiciones se reinventaron para encajarlas en la idea de España que quería transmitir el régimen: católica, castellanoparlante, uniforme y jerarquizada. Así, en las Fallas, se inventaron las ofrendas a la virgen. que cobraron protagonismo frente a unos ninots duramente censurados. Ni la ironía gaditana ni la denuncia social fallera tenían cabida en la nueva España. Días marcados en el calendario por el Gobierno republicano también sufrieron la evidente censura y restitución. Se dejó de rememorar el 14 de abril, día de la República; o el 1 de mayo, día del Trabajador —más adelante se sustituiría el significado sindicalista de esta jornada por San José Obrero—. Al contrario, se conmemoraron fechas como el 18 de julio, momento del alzamiento; o el 1 de abril, el de la victoria. El 12 de octubre, por entonces dedicado a "la raza", ya se celebraba, aunque de forma menos exaltada. También se incluyó en el calendario de festivos el 20 de noviembre, por la muerte de José Antonio Primo de Rivera.Más allá de los homenajes y los grandes actos postbélicos, una de las fiestas que el Régimen inventó "ex novo" fueron las de la vendimia. En plena posguerra, con la instauración de las cartillas de racionamiento, los Sindicatos Verticales impulsaron este tipo de eventos en lugares como Jerez de la Frontera o Valdepeñas. La bendición del mosto o la coronación de las reinas siguen muy presentes hoy día.El profesor de Historia Contemporánea César Rina Simón (UNED) ha dedicado gran parte de sus investigaciones a estas cuestiones. En su libro, escrito junto con Claudio Hernández Burgos, El franquismo se fue de fiesta: Ritos festivos y cultura popular durante la dictadura, recoge todas las fórmulas de la dictadura para apropiarse y moldear a su gusto los momentos de descanso, desconexión y comunidad de los pueblos españoles.PublicidadUna de las conclusiones más evidentes de su análisis, que recoge casos particulares de todo el país, es que, entre las estrategias del franquismo para moldear las fiestas a su imagen y semejanza, no solo estaba la censura directa. Además, se encargó de colocar a personas afines a sus políticas en todos los puestos de elección y organización de las fiestas populares. En 1939, en el País Valencià se creó la Junta Central Fallera para sustituir al antiguo comité. Para 1943 menos de un cuarto de los falleros registrados en 1937 seguían formando parte del censo. Lo mismo sucedió con las hermandades o cofradías. Las romerías del Rocío dejaron a un lado su carácter popular para convertirse en una fiesta de élite llena de honores militares, que además desde Madrid se intentó turistificar. Más curioso es el caso de los Sanfermines, donde, ya en pleno aperturismo, no molestó recuperar la figura de Hemingway a cambio de impulsar un turismo internacional que no ha desaparecido.PublicidadRina explica que el objetivo principal del Régimen era presentarse como el "restaurador" de la España "tradicional, imperial y católica", uniendo su legitimidad política a la recuperación de una identidad nacionalcatólica supuestamente corrompida por el liberalismo y la democracia. "La dictadura, al mismo tiempo que reprimía, intentaba convencer a la población de las bondades del régimen, y para ello recurrían a todo tipo de prácticas culturales y simbólicas, siendo las más destacadas la colonización simbólica y de significados de las fiestas populares", subraya. A través del folclore, los santos y la evasión de los festivos se conseguía proyectar la imagen de una España castiza y tradicional, frente a la modernidad o los nacionalismos. "Se acabará imponiendo una imagen de 'la cultura de la pandereta', que es la que se conocía en el exterior y refleja la película Bienvenido Mr. Marshall, sobre todo a partir de la creación del Ministerio de Información y turismo en 1951", añade.El peso de la Falange y la IglesiaAmbos "pilares" ideológicos de la dictadura tuvieron especial protagonismo en las fiestas estivales, e incluso llegaron a generar sinergias. Tras la Guerra Civil fueron recurrentes los homenajes a los "mártires de la patria" en iglesias bombardeadas o que habían sufrido supuestos expolios. Un buen ejemplo es el de los "héroes del Simancas", en Gijón, un suceso que forma parte de los mitos de "la Cruzada", promovidos tras el fin de la Guerra Civil. Además, en todas las celebraciones oficiales debían estar presentes alcaldes, delegados de Falange y sacerdotes.La presencia de la Falange fue más notable durante la posguerra y luego fue perdiendo fuerza. La militarización de las romerías, procesiones y demás eventos era generalizada en todo el país. El historiador Enrique A. Antuna Gancedo, que analizó el caso de Asturias entre 1937 y 1945, describió así el impacto en la comunidad autónoma: "Santos patrones franqueados por yugos y flechas, tricornios, galones, fusiles y sables aparecieron por primera vez en una región de fuerte tradición obrera donde las procesiones no generaban especial interés."El historiador de la Universidad de Oviedo también destaca una estrategia de "folclorización", consistente en promocionar ciertos elementos tradicionales locales (ya fuera música folclórica, trajes regionales o comidas) pero vaciándolos de cualquier contenido autonómico o mínimamente disidente, una norma extensible a todo el país. De hecho, las espichas —tradicionales reuniones vecinales en torno a la sidra— también fueron vigiladas de cerca para evitar que fueran lugares de resistencia. Algo similiar sucedió con otras festividades locales, incluso marcadas por un evidente nacionalismo catalán, como la sardana o los castellers. "No importaba que hubieran sido marcas del nacionalismo catalán, el franquismo las integró como formas de españolidad, una españolidad que aceptaba la diversidad como marca de su vocación imperial y siempre y cuando esa diversidad fuera centrípeta", afirma César Rina. También se registró alguna excepción. Aunque los carnavales fueron una de las fiestas más odiadas por los franquistas, 1947, tras un trágico suceso que dejó 150 muertos en la ciudad de Cádiz, al alcalde se le ocurrió recuperarlos bajo el nombre de "Fiestas Típicas Gaditanas". En cuanto a la religión, el régimen hizo del calendario católico el calendario oficial del Estado en 1937, e incluso recuperó algunos ritos y procesiones que habían perdido importancia años atrás. Es el caso del Corpus Christi, que en algunos puntos del país llevaba años sin celebrarse. De hecho, según recuerda en sus estudios Antuna, las procesiones no eran típicas en Asturias y el franquismo las instrumentalizó para darles un protagonismo inusual en una región de fuerte tradición obrera.PublicidadAdemás de aplicar sus rituales, había un control moral férreo por parte de las autoridades eclesiásticas. Son especialmente recordadas algunas de las prohibiciones de la época, relacionadas con algunas actividades o con la propia vestimenta. En Sevilla, el cardenal Segura prohibió "bailar agarrado" en todos los pueblos adscritos a su archidiócesis por ser un acto "impúdico y deshonesto". En definitiva, había un "tutelaje" absoluto, que se fue flexibilizando con el paso de los años. A partir de 1960 cobró relevancia de la campaña desarrollista del turismo y, en los años 70, la conflictividad social también se traspasó a estas fechas. A esa flexibilidad también ayudó una resistencia vecinal que estuvo presente desde el primer momento y que aprovechó estas fechas para sortear la censura. "Las fiestas tienen su propia idea de "tradición", en ocasiones inventada pero que funciona en los participantes como verdades absolutas, y esa idea de tradición puede ser más fuerte que la propia dictadura", señala Rina. Aquello obligó a las autoridades a moldearse y adaptarse al propio pueblo. Un buen ejemplo fue la Sevilla de 1939. Millán Astray puso una banda de música detrás del Cristo de la Buena Muerte, a pesar de que la tradición manda que debe ir en silencio. Esa tradición consiguió algo impiensable: que media Sevilla silvara públicamente al militar. Casi medio siglo después de la muerte del dictador, parte de esta transformación simbólica sigue presente en cientos de pueblos y ciudades españolas. Según explica el experto, el período democrático y el autonomismo han creado una nueva capa de significados, pero en algunos casos asumiendo como inmemoriales o necesarias prácticas que integró el franquismo. Este es el caso de muchas de las tradiciones que diferencias entre mujeres y hombres, o de la omnipresencia de banderas de España en las plazas, una normativa de origen puramente franquista. "Lo que sucede con muchos rituales construídos por el franquismo es que se han olvidado sus orígenes o han sido resignificados en democracia", concluye.