24 de agosto, 2026 - 07h30Cuenta Naim Moisés Naim en El fin del poder (2014) que F. H. Cardoso, expresidente de Brasil, le comentó una vez que se sorprendía del poder que le atribuía la gente: “La brecha entre nuestro verdadero poder y lo que la gente espera de nosotros genera las presiones más difíciles que debe soportar cualquier jefe de Estado”.Para Naim, el poder –capacidad de lograr que otros hagan o dejen de hacer algo– sufre un cambio eminente. Efímero y disperso, “el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder”. Los poderosos de antes (gobiernos, ejércitos, empresas, sindicatos) enfrentan nuevos rivales y canales para ejercerlo. Existen tres revoluciones tras los cambios, señala Naim: 1) del más: aumento y abundancia; 2) de la movilidad: más personas, productos, tecnología y dinero circulan a menor costo y en sinfín de lugares; y 3) de la mentalidad: nuevas formas de pensar y expectativas.Según Naim, los flujos del poder operan en iglesias, sindicatos, organizaciones benéficas, universidades, museos, galerías, discográficas, orquestas, editoriales, estudios de cine y medios de comunicación (yo añadiría clubes deportivos y franquicias de concursos de belleza). La rivalidad mina la entrada de competidores, sea con reglas electorales, arsenales militares y policiales, capital, acceso a recursos naturales; o con publicidad, tecnología, marcas, fórmulas secretas, autoridad religiosa, carisma político. El lema es “conquistar almas, trabajadores y mentes”.Peter Turchin sostiene en Final de partida (2023) que el ascenso de las contraélites, o sus aspirantes, acelera la desintegración política. “El vértice de la pirámide está sobrecargado”: demasiadas élites compiten por pocos cargos en la política y los negocios. Tal sobreproducción sumada a la pauperización, los factores geopolíticos, el deterioro fiscal y la pérdida de legitimidad del Estado son motores de inestabilidad que debilitan la cohesión cívica, la cooperación y confianza, las normas del discurso público y la democracia.Si bien la forma más cruda de poder es la coerción por la fuerza, importan también el poder económico (riqueza, bienes), el burocrático o administrativo (jefes, órdenes), y el ideológico o persuasivo (columnistas, influencers, presentadores TV, podcasters): “No existe una frontera rígida entre las élites y los que no forman parte de ella”.Turchin ilustra los riesgos de las contraélites con el juego de las sillas. En lugar de reducir el número de sillas aumenta en cada ronda el número de jugadores que compiten por ganar. Algunos ignoran o quebrantan las reglas del juego, se apropian de una silla y empujan al resto. Otros los siguen y el conflicto escala a puñetazos o peor. La sobreproducción de élites unida al descontento popular crea una combinación muy explosiva. No parece posible el desplome de las contraélites; bastante visibles en Ecuador, por cierto. Pero sí podemos exigir a las élites, y a quienes anhelen serlo, el obligado apego a las normas de la ley y a los principios de convivencia democrática. Humanos, demasiado humanos, prevemos que la batalla será perpetua. (O)
Gilda Macías Carmigniani: Poder y contraélites | Columnistas | Opinión
Podemos exigir a las élites, y a quienes anhelen serlo, el obligado apego a las normas de la ley y a los principios de convivencia...







