OpiniónHay que tener cuidado para no dejarse llevar por los cantos de sirena que conducen a la trampa de creer que se puede todo gracias al mandato popular.PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL05.08.2026 22:01 Actualizado: 05.08.2026 22:01 En unas horas, Abelardo De La Espriella asume la presidencia de la república. Una institución que comenzó a degradarse hace 25 años, cuando el ejercicio de gobierno empezó a estar cada vez más determinado por el estilo, el temperamento y las prioridades personales del mandatario, y cada vez menos por las reglas institucionales. Y cuando las decisiones estratégicas y el manejo de los asuntos relevantes quedan en manos del círculo íntimo del presidente, reduciendo el papel de los ministerios y demás organismos gubernamentales e instancias de coordinación política.Condenados a que la persona del presidente defina el poder presidencial, los cuatro años de Petro dinamitan la Presidencia como centro de mando en la estructuración de políticas públicas y la producción del orden social. La convierte en un lugar atravesado por los escándalos, la corrupción y los enfrentamientos personales. Es la imagen viva de Petro. La fuerza de los egos y las pasiones terminó cegando las razones y los controles institucionales. Por todas partes Petro reclamó que los 11 millones que lo eligieron expresaban “una voluntad popular única, permanente e ilimitada”. Y que esa victoria electoral lo autorizaba para transformar todo lo que el pueblo le pidiera. No se gobernó conforme a la Constitución y las leyes, sino por encima de ellas.Todavía no se ve que el gobierno entrante tenga clara la prioridad de reinstitucionalizar el poder presidencial. Por el contrario, la insistencia del electo por tomar posesión del cargo en una guarnición militar fuera de Bogotá o la sucesión de medidas implícitas en sus anuncios de cambios de dependencias y ajustes organizacionales parecen reafirmar la vieja doctrina de la presidencia personal que nos gobernó por años: creer que un triunfo electoral facultaba al elegido para cambiar las reglas del juego y las tradiciones con las que iba a asumir el poder como primer mandatario y luego, a ejercerlo. Se olvida que esas reglas y tradiciones existen para asegurar que el ejercicio de poder sea previsible, legítimo y limitado. El poder es un depósito temporal, no una propiedad definitiva. Es el “espejismo del mandato popular” que le hace creer al electo que la elección tiene como compensación recibir las instituciones para que las maneje como le parezca.Cicerón fue el primero en advertir que las instituciones no son patrimonio de quien accede a gobernarlas, sino un encargo que se ejerce en nombre y en beneficio de todos.Petro entrega un gobierno desmantelado y con la olla raspada. La que había comenzado por una degradación que sustituyó a los tecnócratas por los amigos (como sucedió en Ecopetrol con el aval de los cazatalentos) terminó en una explosión que cambió a los tecnócratas que quedaban por los activistas. El daño llegó hasta las universidades públicas. En especial la Nacional. Ahí están los resultados: desde la presidencia para abajo no hay información ni capacidad técnica, los centros de planeación, decisión y control vacíos y las finanzas asaltadas.Cicerón fue el primero en advertir que las instituciones no son patrimonio de quien accede a gobernarlas, sino un encargo que se ejerce en nombre y en beneficio de todos. El magistrado recibe el imperium, pero no lo posee: lo administra bajo la vigilancia de la ley y con la obligación de rendir cuentas al cuerpo político que se lo confió. Para Cicerón, la corrupción de las formas de gobierno no se detendrá si quien gobierna deja de sentirse depositario, para sentirse propietario. La distinción parece elemental, pero es la línea que separa un mandato de una usurpación de poder.Maquiavelo dijo que los Estados para ser duraderos deben conservar instituciones y prácticas que sobrevivan a los gobernantes. Cinco siglos después, Hermet dice que la democracia no está para garantizar las libertades, sino para contener los apetitos antidemocráticos de gobernantes y gobernados.ADLE convirtió los empalmes regionales en espacios para pactar compromisos, como si el poder presidencial funcionara normalmente. Va a tener que comenzar por ahí. Y tendrá que atarse bien al mástil y llenar de cera los oídos de los suyos para que no se dejen llevar por los cantos de sirena que solo los conducen a la trampa de creer que lo pueden todo, porque tienen “un mandato popular”.* Profesor titular, Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. 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El espejismo del ‘mandato popular’
Hay que tener cuidado para no dejarse llevar por los cantos de sirena que conducen a la trampa de creer que se puede todo gracias al mandato popular.








