El sábado 7 de agosto, Javier Milei ingresó en la residencia presidencial luego de un viaje por Colombia. Mejor dicho, se encerró ahí. Es que recién diez días después volvió a encontrarse con el país que maneja. Entre un momento y otro no se supo prácticamente nada del mandatario: sus cuentas mostraban que estuvo activo al menos una hora cada día en sus redes y que el jueves 13 recibió a un economista para cenar. Pero nada más, mientras que las dudas sobre el estado del mandatario crecían a cada hora.

Su reaparición pública fue en un acto por el aniversario de San Martín, y estuvo lejos de despejar las dudas. Ahí se lo vio visiblemente hinchado, a la vez que mostraba algunas dificultades para caminar, como si sus dolores de espalda se hubieran agravado. Tan preocupante fue toda la secuencia que las preguntas recorrieron todo el círculo rojo, y el Gobierno tuvo que salir a instalar una versión llamativa: que se había recluido del resto de la humanidad para terminar un estrambótico libro, su primer trabajo teológico donde asegura que Dios inventó al capitalismo, algo de lo que se enteró casi por inspiración directa del Creador. Claro está que esa hipótesis estuvo lejos de calmar las aguas, y hoy todos se preguntan qué le está pasando a Milei. Es que, como en Hamlet, algo huele a podrido en la Quinta de Olivos.