Inmigración masiva”, “avalancha”, “ola”, “invasión” o “colapso” son mensajes que conviven en la actualidad sociopolítica. Sin embargo, las proyecciones mundiales advierten una caída universal de la fecundidad que reduciría, no solo el crecimiento de la población, sino el número de jóvenes que podrían incorporarse al mercado laboral y, eventualmente, optar por emigrar. “Aunque ahora parezca impensable, la inmigración no es infinita”, advierte el geógrafo Joaquín Recaño, para quien el presentismo, la idea de que el presente será para siempre, impide anticipar las previsiones de una España que tendrá escasez de mano de obra en una sociedad cada vez más envejecida.Mientras la oposición califica la reciente regularización extraordinaria de inmigrantes —a la que aspiran a acogerse más de 1,1 millones de personas— de medida “insostenible” e “irresponsable”, el Gobierno la defiende como una decisión “inteligente”. Más allá de su dimensión humanitaria, el presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, sustenta la resolución con un argumento económico: atribuye la mitad del crecimiento del PIB a la llegada de inmigración. Sin embargo, al margen del torbellino político actual, el horizonte demográfico apunta a otra dirección: la inmigración disminuirá.Según Recaño, profesor en el Departamento de Geografía de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y investigador del Centre d’Estudis Demogràfics (CED), sin inmigración el país tendría, en los próximos años, “una sociedad envejecida, sin mano de obra y con una población en decrecimiento”. Esta afirmación se justifica a través de las últimas proyecciones del INE (Instituto Nacional de Estadística), en las que, de aquí a cincuenta años, por cada cien personas en edad de trabajar habrá 73 dependientes —menores de 16 o mayores de 64—, un 35% más que en la actualidad. Este crecimiento de la dependencia se debe, sobre todo, a un aumento de la población de la tercera edad que se explica por tres razones básicas. La primera, es la bomba demográfica que vivió el país entre los años sesenta y setenta. La segunda, la mejora de la calidad de vida y de los avances en salud que prevé que en el 2076 la esperanza de vida sea de 87 años para los hombres y de 90 para las mujeres —actualmente se sitúa en 81 y 86 años, respectivamente. Y la tercera, una tasa de fecundidad que “ni está ni se la espera”.En el 2076 se prevé que por cada cien personas en edad de trabajar habrá 73 dependientesDesde los años noventa, el número de hijos por mujer se sitúa por debajo del 2,1, una cifra que el investigador describe como “totémica” para garantizar el crecimiento de la población. El 1,1 de hijos nacidos por mujer en el territorio español es la fotografía actual y no se prevé, “de ninguna manera,” recuperarla en los próximos años. Para entenderla, Recaño acude a la teoría del demógrafo e historiador Massimo Livi Bacci, quien explica la caída mundial de la fecundidad por un “espíritu de la época”: un cambio cultural sujeto a una idea compartida sobre qué entendemos como familia y qué prioridad le damos.La tasa de fertilidad en América Latina y el Caribe, por ejemplo, ha caído drásticamente hasta situarse, según los últimos estudios de ECLAC (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) en 1,8 nacimientos por mujer. Hasta ahora, el descenso de la natalidad se asociaba a la incorporación de la mujer al mundo laboral, pero ese patrón ha cambiado. Las mujeres con menos recursos y estudios también deciden tener menos hijos. Este cambió demográfico tendría como consecuencia la reducción del 53% del saldo migratorio anual de aquí al 2076, según las proyecciones del INE.El geógrafo cree que el descenso de la inmigración no vendrá dado únicamente por la caída de la natalidad, sino también por los avances económicos en algunos países de origen. Pone como ejemplo a Rumanía, país en el que la emigración se ha reducido en los últimos años, en parte, por una mejora económica del propio territorio.El saldo migratorio se reduciría un 53% a causa de la caída mundial de la fecundidadPara aterrizar el flujo migratorio a la realidad, Recaño lo aborda en términos mercantiles de oferta y demanda. “Aunque muchos piensan que la oferta de inmigración es infinita, en el futuro cercano se reducirá y será mucho más cara”, afirma. Esta proyección se asimila a la revalorización que vivió la mano de obra agrícola en las zonas rurales españolas, cuando el campo se quedó desprovisto de una fuerza de trabajo que emigró a la ciudad a partir de mediados del siglo pasado. En ese momento, también se pensó que la migración en masa a la urbe sería infinita, pero el proceso se acabó desacelerando y diversificando territorialmente. Los fenómenos que parecen permanentes también evolucionan.En un contexto de políticas antimigratorias, como es la “prioridad nacional”, el geógrafo se pregunta de qué manera, sin inmigración, se harían los trabajos en agricultura, hostelería o cuidados.Ya hace más de veinte años que la demógrafa Anna Cabré i Pla diseccionó el sistema de reproducción de Catalunya, similar al del resto del país: la fecundidad de la comunidad autónoma, históricamente baja, se compensa mediante la llegada de población inmigrante. Sin embargo, este es un modelo destinado al colapso teniendo en cuenta las proyecciones futuras.Con una alta demanda, y una oferta reducida, la inmigración será objeto de competencia, no de repulsaSi la demografía española tiene mecanismos endógenos que no garantizan el crecimiento, el resumen del escenario futuro es claro: faltarán trabajadores. Además, el geógrafo cree que, aunque España consiga nuevos cotizantes, no será suficiente para sustentar el estado de bienestar: “Necesitamos que los trabajadores reciban salarios dignos, lo bastante altos como para pagar las jubilaciones”, asegura. Ahí se sitúa, de acuerdo con Recaño, el reto de la promoción social, en un país en que incluso los descendientes de migrantes siguen anclados en los sectores de empleo más precarios. Este salto de una clase a otra se vuelve cada vez más difícil en un contexto de fuerte aumento del coste de la vida, que reduce la capacidad de los hogares para mejorar su posición económica.Si no basta con reconocer y regularizar para hacer frente al ocaso demográfico, la reflexión se centra en la siguiente pregunta: ¿cómo tratar a las cuatro de cada diez personas que habrán nacido fuera de España en el 2076? Y ahí se plantean otras cuestiones que requieren una mirada histórica de la sociedad española. Para Recaño, España mantiene una asignatura pendiente: cambiar la percepción sobre una población que será decisiva en un país que dependerá de la pluralidad para sostener su futuro.
La inmigración no es infinita
Un escenario real a medio plazo: la caída mundial de la fecundidad hará que los países compitan por la mano de obra







