Hay decisiones que pueden ser técnicamente defendibles y, sin embargo, resultar políticamente difíciles de defender. Y la decisión del Gobierno de España y del ministro Óscar Puente de enviar a València 41 trenes Civia que llevan años circulando por Madrid es una de ellas. No porque un tren usado sea necesariamente un mal tren, ni porque haya que despreciar unas unidades que pueden estar perfectamente mantenidas y ofrecer mejores prestaciones que las que sustituyen. El problema es otro, y es mucho más profundo: ¿de verdad debemos aceptar que el traslado a València de trenes que llevan hasta 23 años en servicio en Madrid se presente como la gran modernización de las Cercanías valencianas? ¿De verdad esa es la respuesta que merece una red ferroviaria que lleva años reclamando inversiones, fiabilidad, frecuencias y un servicio digno? El problema no es que lleguen trenes usados. El problema es que se pretenda que los valencianos celebremos como una renovación anunciada con bombo y platillo lo que, en el mejor de los casos, es una solución provisional para una red que necesita mucho más.El ministro Óscar Puente en una de las unidades trasladadas de Madrid a ValenciaLVEEn mi libro “Las periferias mudas” (Barlin) explico cómo determinados territorios terminan ocupando un lugar secundario en las prioridades de los grandes centros de decisión. No necesariamente porque se les abandone por completo, sino porque se acaba instalando una lógica perversa: para la periferia siempre hay alguna solución, alguna compensación, alguna promesa. Y, demasiadas veces, lo que llega es aquello que ya no resulta prioritario en el centro. Hay ocasiones en que las periferias no tienen voz para condicionar lo que les afecta. O sirven para recibir lo que deja de necesitar Madrid.La polémica de los Civia contiene precisamente ese simbolismo. El Ministerio anuncia que las 41 unidades de la Serie 465 sustituirán progresivamente a los 34 trenes de la Serie 447 y a los siete de la Serie 464 que circulan actualmente en las líneas C-1, C-2 y C-6. La razón es que en Madrid van a estrenar unidades “nuevas” y estas usadas ya no son necesarias. La operación permitirá, según Transportes, aumentar un 30% la capacidad de las líneas electrificadas del núcleo valenciano. Es una mejora importante y sería absurdo negarla. Pero esos Civia no son nuevos. Fueron fabricados entre 2003 y 2012 y algunas de las unidades que llegarán a València acumulan entre 14 y 23 años de servicio. Han circulado principalmente por Madrid. Pueden estar en perfecto estado, como sostiene el Gobierno, y pueden ser mejores que los trenes que sustituyen. Pero llamar a esto “modernización” resulta, como mínimo, discutible. Porque modernizar no consiste únicamente en cambiar unos trenes por otros. Modernizar consiste en transformar un servicio.Y las Cercanías valencianas siguen estando muy lejos de la normalidad. Sí, se invierte. Sí, se han anunciado actuaciones y sí, la llegada de estos trenes permitirá transportar a más pasajeros. Pero los ciudadanos siguen sufriendo retrasos, cancelaciones, averías y alteraciones que convierten el viaje cotidiano en una experiencia imprevisible, como bien describe casi cada día mi compañera Violeta Tena en sus viajes de Castellón a València. Una red ferroviaria no puede considerarse plenamente moderna mientras sus usuarios no tengan la certeza básica de que el tren llegará cuando está previsto. Ese debería ser el principal objetivo del Gobierno de España: recuperar la confianza de los valencianos en sus Cercanías.No hace falta afirmar que hoy viaja menos gente que hace diez años. Las cifras recientes muestran una recuperación de la demanda y el núcleo de València alcanzó en 2024 alrededor de 21 millones de viajeros. Pero precisamente por eso el desafío es todavía mayor. Hay una demanda que existe y que podría ser mucho más elevada si el servicio fuese fiable: la Comunidad Valenciana ha aumentado en 500.000 personas su población en menos de 10 años. El objetivo no debería ser únicamente conseguir más plazas, sino conseguir que más ciudadanos consideren el tren una alternativa real al coche.Porque cuando un viajero sabe que puede llegar tarde al trabajo, perder una conexión, esperar un tren cancelado o sufrir una avería, empieza a buscar alternativas. Y el coche termina ganando. No porque sea necesariamente mejor, sino porque ofrece algo que el transporte público debería garantizar: previsibilidad.Por eso la discusión sobre los 41 Civia se queda pequeña si no se aborda el problema de fondo. Hacen falta trenes, naturalmente. Pero también vías, electrificación, señalización, frecuencias, mantenimiento, personal y, sobre todo, capacidad para ejecutar las inversiones previstas. El Observatorio de la Movilidad Metropolitana ha advertido, además, de una reducción del 7,3% entre 2013 y 2024 en los kilómetros de servicio de Cercanías Renfe de ancho ibérico.El debate político tampoco debería convertirse en una competición de reproches. El PP y Vox hablan de trenes de segunda mano. Compromís sostiene que una solución transitoria no puede confundirse con la modernización que necesita la red. El PSPV recuerda que durante los años de Mariano Rajoy no se compró ningún tren para la Comunitat Valenciana y defiende que las unidades están en perfecto estado de uso. Puede haber una parte de verdad en cada argumento. Pero recordar lo que hizo Rajoy no responde a la pregunta de lo que debe hacer Puente. Y decir que los trenes están en buen estado tampoco responde a lo que necesita València. Necesitamos que funcionen las Cercanías.Ese debería ser el criterio. No cuántos trenes se trasladan, ni de dónde vienen, ni cómo se presentan políticamente. Si los Civia mejoran el servicio, bienvenidos sean. Pero que nadie pretenda cerrar con ellos una cuestión que lleva demasiados años abierta. Porque las Cercanías valencianas no necesitan una operación de maquillaje. Necesitan una transformación.Y aquí vuelve “Las periferias mudas”. Una periferia no debería tener que agradecer que le lleguen los trenes que el centro ya no quiere. No debería tener que celebrar como una conquista lo que en Madrid sería probablemente considerado una simple redistribución de material. València no necesita trenes de segunda mano como símbolo de nada. Necesita un sistema ferroviario que funcione.Y si el Gobierno quiere hablar de verdadera modernización, que empiece por ahí: por conseguir que un valenciano pueda subir a un tren de Cercanías sin preguntarse si llegará a su destino a la hora prevista. Eso no sería propaganda. Eso sería la normalidad que aún está lejos de conseguirse. Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991
Los trenes de Madrid, por Salvador Enguix
Hay decisiones que pueden ser técnicamente defendibles y, sin embargo, resultar políticamente difíciles de defender. Y la decisión del Gobierno de España y del ministro Óscar Puente de enviar a València 41 trenes Civia que llevan años circulando por Madrid es una de ellas. No...







