“Todo fluye, nada permanece”, afirmaba el filósofo griego Heráclito. Y, desde luego, algo tan sensible y cambiante como las relaciones afectivas no iba a ser una excepción. Durante años, la fórmula de la casa nido se presentó como la más amable para separarse sin romper la vida de los hijos: el sistema por el que son los progenitores, y no los menores, quienes rotan de vivienda. Pero el verano, ese paréntesis que debería servir de tregua, empieza a convertirse en la prueba que desmonta sus promesas. El reparto de estancias más largas, la duplicidad de gastos y los roces en la relación entre los progenitores llevan a los tribunales a revisar con cautela un modelo que, según coinciden abogados y magistrados, nació como excepción y amenaza con convertirse en fuente de litigios. Y el verano, como es sabido, es la época en la que los conflictos familiares se multiplican. Natalia Velilla, magistrada de la sección de Familia, Infancia y Capacidad de Madrid, matiza el diagnóstico: “No creo que el mayor de los problemas de la casa nido sea el periodo vacacional, sino el periodo ordinario. En vacaciones los progenitores no custodios suelen irse con la familia o con amigos. Hay muchos más conflictos estivales por desacuerdos en la expedición de pasaportes o por problemas con los cambios de colegio. Esa es mi experiencia”. Para Velilla, el modelo es más habitual en parejas separadas que “no dejan la convivencia y se dividen la casa o desaparecen de ella durante el día para llegar solo a pernoctar, lo que genera conflictos constantes”. El modelo se repite en “familias que se han endeudado para la adquisición de la vivienda”. Óscar Martínez Miguel, tesorero de la Asociación Española de Abogados de Familia (AEAFA), explica por qué los periodos largos multiplican la fricción: “Se pasa de compartir la vivienda durante estancias cortas, como máximo de una semana, a periodos más largos, y se adquieren hábitos que pueden no ser compatibles entre los progenitores”. Y es que “durante el verano las rutinas de los niños cambian, e invitan a relajar los horarios y a descuidar tareas como la colada, el cambio de sábanas o los alimentos del frigorífico”. La solución, sostiene, no está en los tribunales, pues “difícilmente un juzgado va a resolver de manera eficiente estas cuestiones domésticas”. Su conclusión es tajante: “Este modelo debe ser muy excepcional y solo cuando no exista otra posibilidad habitacional. Si una pareja ha decidido poner fin a la convivencia porque precisamente no hay buenas relaciones, estar abocados a compartir la vivienda por tiempo indefinido no es la mejor idea”. La sentencia del Tribunal Supremo 427/2026, de 17 de marzo, ha vuelto a poner el foco sobre esta fórmula, en su día innovadora. Delia Rodríguez, socia directora de Vestalia Abogados, resume la contradicción de fondo: “La casa nido nació como una solución amable al divorcio, pero muchas veces acaba convirtiéndose en una convivencia imposible”. En este caso, resuelto en casación por el Alto Tribunal, las instancias anteriores habían mantenido la casa nido con custodia compartida por un máximo de tres años. El Supremo lo corrigió al considerar que las resoluciones judiciales —aquí está la clave de la nueva doctrina— estaban desconectadas de “la realidad emocional, relacional y económica de las familias”. El argumento que más peso aporta en estas situaciones es el financiero. Como recuerda Rodríguez, conservar la casa nido “implica, en la práctica, sostener tres viviendas: la familiar y las residencias individuales que cada progenitor necesita”. La abogada apunta que “las circunstancias económicas y laborales de los padres son cambiantes y quien disponía de recursos suficientes para acceder a otra vivienda y sostener simultáneamente ese modelo de custodia puede ya no tenerlos”. De ahí que la sentencia advierta que “la estabilidad emocional de un hijo no puede construirse sobre la precariedad económica y el conflicto permanente de sus padres”. Ya en octubre de 2024, el Supremo había confirmado la improcedencia de la casa nido sin acuerdo entre los excónyuges. La Sala de lo Civil sostuvo que es “imprescindible constatar que concurre un alto nivel de entendimiento para planificar la organización, no debiendo organizarse, salvo circunstancias excepcionales, si alguno de los progenitores se opone, pues, si no media tal entendimiento, el sistema es una potencial fuente de conflictos con alta probabilidad de repercusión negativa en los hijos menores”. Cambio de piso Para sustituir el modelo ya acordado se exige una prueba mínima en los tribunales. “La casa nido es una solución muy poco satisfactoria para los conflictos parentales, por lo cual, el Tribunal Supremo ya ha dicho que debe ser temporal y no debe adoptarse si no hay acuerdo de ambos progenitores”, indica Velilla. La estabilidad de un menor no depende de mantener intacta una vivienda, sino de la calidad del entorno que le rodea. Como resume Rodríguez, “el interés superior del menor no puede confundirse con la preservación de la apariencia de normalidad a cualquier precio”. Los hijos, insiste, “no necesitan necesariamente que sus padres sigan orbitando alrededor de la misma vivienda; más bien necesitan estabilidad emocional, ausencia de conflicto, seguridad afectiva y adultos capaces de construir nuevos espacios familiares sanos, aunque ya no convivan entre sí”. La casa nido, tras años de popularizarse en los despachos de familia, empieza a verse en los tribunales no como una solución, sino como un problema para el que existen soluciones mejores. Modelos de custodiaLa custodia en España ha experimentado un vuelco estadístico en dos décadas. En 2007, año en que el INE empezó a medirla, la custodia compartida apenas se otorgaba en el 9,7% de los divorcios con hijos, frente al 85,5% que recaía en la madre. La Ley 15/2005 la había habilitado, pero exigiendo acuerdo entre progenitores. En 2015 ya alcanzaba el 24,6%, impulsada por el Supremo, que la fijó como "el sistema normal y deseable". Y en 2025, según el INE, se concedió en el 50,8% de los casos, superando por primera vez a la custodia exclusiva materna (45,3%). La casa nido, nacida en ese impulso hacia fórmulas flexibles, marca ahora el límite: los tribunales empiezan a descartarla por su insostenibilidad económica y emocional.
La fórmula de la ‘casa nido’ para los divorcios se resquebraja
Lo que fue una alternativa innovadora puede convertirse en fuente de problemas económicos y emocionales








