Hay que imaginar a ese anciano en plena noche: tiene 82 años, una esposa que ya no soporta, mil contradicciones que lo atormentan y una necesidad imperiosa: huir. Da igual que viva en la finca de Yásnaia Poliana bucólicamente rodeado de fresnos, jardines, un lago y muchos sirvientes. Da igual que haya escrito Anna Karénina o Guerra y paz. Da igual que toda Rusia sepa quién es León Tolstói. Él ya no aguanta más. Se ahoga. Tiene que escapar.El hombre se toma el pulso: 97 pulsaciones. Escribe una carta a Sofía, su mujer. Mi partida te disgustará. Lo siento, pero intenta comprender y créeme que no podía actuar de otra manera. Se me ha hecho insoportable mi situación, la de un hombre que tiene consciencia de lo que le pesa la vida y sin embargo sigue viviendo en estas criminales condiciones de lujo insensato en medio de la miseria de todos los que le rodean. Entonces coge 39 rublos, se lleva a su médico y a su hija, toma el gabán, el sombrero y el equipaje, y se marcha al trote de los caballos en mitad de una negra madrugada de 1910. Es impresionante el relato que arma Alberto Cavallari en La fuga de Tolstói (Editorial Rosita y Amparo), uno de los mejores libros que este año he leído. Una historia dramática y tremendamente literaria sobre la necesidad de huir hacia ese lugar que ningún mapa recoge y que solemos llamar libertad. Una historia de viento, nieve, bosques y horizontes con cuervos, de estaciones de trenes perdidas y vagones de tercera donde suena alegre el acordeón. Una peripecia de cocheros nocturnos, hospederías, té con miel y una manzana madurada con el último sol otoñal. A veces eso es huir.Flota en esta crónica una reflexión sobre la huida como concepto. Dice Cavallari que huir siempre implica querer huir de uno mismo, sabiendo al mismo tiempo que eso es imposible; que en toda fuga uno va consigo mismo. Dice que Tolstói dejaba atrás pasado y presente imaginando que solo tenía un futuro. Lo importante era huir, en nombre de la desesperada esperanza que nos hace vivir.Me he acordado de ese pasaje en estos días ya desgastados del verano. Uno te cuenta que vuelve de Japón. A otro le oyes decir que viene de Nueva York. Otro te dice que se marcha a Cantabria, que falta poco para septiembre y hay que aprovechar. Irse. Marcharse. Desconectar. Intuyo que hay mucha voluntad de huida en los viajes en troquel de hoy en día. Sin embargo, la guadaña de todos los septiembres que esperan tras la esquina –volver a la rutina, a uno mismo, a la vida real– exige más rebeldías de verdad que sucedáneos de fuga.Camus decía que a un viaje solo le da sentido el miedo. Sentirte vulnerable lejos de casa y querer volver a su abrigo: es en ese momento cuando somos más porosos y todo nos conmueve de verdad. Yo un día me puse a caminar a las cuatro de la mañana y no paré de andar hasta las nueve de la noche. Iba con un amigo. A medianoche volvimos a casa. Fue mi viaje más extraordinario. A veces el miedo no está tan mal.
Al querer huir lo llaman viajar
Intuyo que hay mucha voluntad de huida en los viajes en troquel de hoy en día. Sin embargo, la guadaña de todos los septiembres que esperan tras la esquina








