Nos dicen que las redes sociales, ahora potenciadas por la inteligencia artificial, están destruyendo nuestra capacidad de concentración y nivel intelectual. La atención se reduce a los microsegundos necesarios para pasar al siguiente video. Cómo explicar entonces la atención mundial y audiencias masivas de una película de casi tres horas, basada en una historia de hace 3.000 años y con unos efectos especiales que hacen envidiar a los de la versión de Kirk Douglas en 1954. Qué tiene este cuento de aventuras fantásticas, de retornos imposibles y de un héroe tan astuto que se engaña hasta a sí mismo, para seguir enganchando los rincones profundos de nuestra imaginación. Cántame, musa, sobre el hombre de muchas vueltas. Con esas líneas, tan simples y sin embargo traducidas de cien maneras diferentes, como si fuéramos nosotros los que desde el principio nos perdemos en su laberinto, comienza la Odisea. Ulises es polítropos, el de muchos senderos, o muchos recursos, el contendiente, el truquista. Pero sobre todo es un hombre, andra, la palabra con la que empieza el poema. El primer hombre de la literatura. La Iliada comienza con la palabra “furia”, menin. Sus héroes son presa de emociones primarias que inflaman sus pulmones, estómagos o hígados, no sus cabezas, que están reservadas a las voces de los dioses. Jaynes dice que tienen mentes bilaterales, con los dos hemisferios cerebrales aún no integrados. El derecho sirve de caja de resonancia a la divinidad, desde donde ésta seduce, amedrenta o inflama al izquierdo, a un personaje que aún no se conoce a sí mismo como protagonista de su propia historia. Ulises fue uno de esos héroes, el preferido de Atena. Ya debajo de las murallas de Troya mostraba maneras. Aquiles, incapaz de control y disimulo, lo intuye y grita “prefiero las puertas de Hades a un hombre que piensa una cosa y dice otra”. Pero ya no es su historia ni su tiempo. La furia de los héroes va a sutilizarse en la astucia de los hombres, con el mar de alambique. La historia de nuestra civilización es la de esa forja de un individuo libre, abandonado por los dioses, desnudo sobre una playa, como vemos por primera vez a Ulises en la Odisea. Ha sufrido, ha dudado, se ha sentido responsable y culpable, tanto de la violación de la sagrada Troya como de la muerte de sus hombres. Solo ahora que está solo, que lo ha perdido todo, compañeros, barcos e incluso la memoria, puede recuperar lo que siente suyo, lo que busca por un mar sin rumbos desde hace diez años, desde que nació. Quiere saber quién es ese Nadie contra quien clama Polifemo, conocerse y que le reconozcan. De niños tenemos para sentirnos reales los ojos de nuestros padres, sin los que no concebimos vivir. Por eso es “Feliz quien como Ulises vuelve de un bello viaje … para vivir con sus parientes el resto de su edad”, como miente el poema de Du Bellay. Pero de adultos todos somos exiliados y nuestra vida es lucha para encontrar el lugar donde obtengamos reconocimiento. De Ulises en Ítaca sólo se acuerda su perro y a duras penas la nodriza que ejerció de madre. Es un pretendiente más, del que hasta Penélope duda y al que pone a prueba con el recuerdo de la cama nupcial. Nosotros también pretendemos ser algo, padres o madres, amigos o amantes, ser reconocidos por nuestro trabajo o nuestro carácter. Ser oídos y respetados como ciudadanos, zoon politikon, protagonistas en la vida de nuestra polis. No somos esclavos, no somos números, rehusamos la condición anónima de la “gente con cabezas negras” como llamaban a sus súbditos los emperadores chinos. Nosotros somos herederos de Grecia y Roma, del Renacimiento y de la lucha contra las tiranías de masas en el siglo XX. Por eso hay que aplaudir esta Odisea de Nolan que rescata por enésima vez el cuento fundacional de la imaginación moderna, cuyos ecos reverberan en todas nuestras historias. Cuando nuestros hijos salen de la infancia, cada vez más pronto, son escasas las películas que podemos compartir con ellos. Ésta es una de ellas, porque al fin y al cabo cuenta a los jóvenes cómo hacerse adultos y a sus padres cómo hacerse viejos, que también tiene su arte. La Odisea nos enseña a sentirnos responsables de nuestro destino y obligados a esculpirlo, a rescatar esa cara que teníamos antes de nacer. Culpa y libertad, sufrimiento y aprendizaje son inseparables compañeros para poder al final decir, como Ulises o Alonso Quijano, “yo sé quién soy”.
‘La Odisea’ es nuestra historia
La historia de nuestra civilización es la de esa forja de un individuo libre, abandonado por los dioses, desnudo sobre una playa








