Actualizado S�bado,

agosto

00:12Con Ulises de plena actualidad gracias a la pel�cula de Christopher Nolan, asistimos a un reverdecer del h�roe hom�rico, y su significado hoy. Ese enfrentar el horizonte como invitaci�n a ultrapasarlo -que constituye el hilo conductor de La Odisea- me ha acompa�ado en la lectura de The Infinity Machine: Demis Hassabis, DeepMind, and the Quest for Superintelligence, la espl�ndida biograf�a escrita por Sebastian Mallaby sobre el cofundador de DeepMind, figura se�era de la inteligencia artificial. El libro cuenta su extraordinaria historia; pero, adem�s, retrata una forma de mirar el mundo. Hassabis pasa del ajedrez a los videojuegos, de �stos a la neurociencia y de all� a la inteligencia artificial con una naturalidad desconcertante. No porque vaya cambiando de intereses, sino porque persigue siempre las mismas preguntas. �C�mo funciona la mente? �Qu� hay detr�s de lo que todav�a no comprendemos? �D�nde se encuentra hoy la frontera del conocimiento? No le interesa una disciplina concreta; busca los engranajes profundos que hacen posible el entendimiento mismo. Mallaby no marca �nfasis en los �xitos tecnol�gicos, resalta una rara coherencia intelectual: la fidelidad durante toda una vida al desarrollo investigador.Mientras avanzaba en la lectura volv�a una y otra vez a Ulises.La Odisea no es simplemente el relato de un regreso. Si �taca da sentido al viaje, el poema existe porque entre la partida y el regreso se abre un mundo que merece ser explorado. Ulises nunca pierde de vista su hogar, por eso puede adentrarse en lo inc�gnito. Tiene su anclaje en �taca, pero su vocaci�n le arrastra a ensanchar el horizonte. Quiz� ah� resida uno de los rasgos m�s caracter�sticos de Occidente.No es solo curiosidad. Ni siquiera anhelo de superar escollos, de innovar. Es una comez�n enraizada en la convicci�n fundante del esp�ritu cient�fico: que el saber dilata la envergadura de la existencia. Esa disposici�n hunde sus ra�ces en la tradici�n intelectual griega y encuentra en la Ilustraci�n una de sus formulaciones m�s ambiciosas. La raz�n no aparece como ejercicio abstracto, sino como medio de emancipaci�n. Comprender para transformar. Descubrir para ampliar la libertad. En esta corriente forjadora de Occidente, la idea misma de progreso descansa sobre esa confianza: que se puede ir siempre m�s all� y, en el proceso, mejorar la humanidad en marcha. No es una confianza ingenua. Es una filosof�a de la Historia. El progreso no est� garantizado, pero s� es concebible, y la Historia avanza porque el permanente reto de la raz�n -junto con la libertad- permiten expandir el conocimiento, corregir errores y construir un mundo mejor que el heredado.De Grecia al orden internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial, pasando por la Ilustraci�n, los grandes descubrimientos y la revoluci�n cient�fica, Occidente ha vivido bajo el signo de la frontera. Siempre ha existido un nuevo territorio por cartografiar, una nueva enfermedad por vencer, una nueva teor�a por formular, una nueva generaci�n llamada a vivir mejor que la anterior. La frontera era un planteamiento sobre la condici�n humana. En alg�n momento, sin embargo, ese imaginario cambi�. A partir de los a�os setenta del pasado siglo -el primer informe del Club de Roma simboliza ese giro-, la met�fora dominante dej� de ser la frontera para convertirse en el l�mite. Ya no era un planeta por desvelar, sino un planeta a preservar; se alter� nuestra relaci�n con el progreso. Dejamos de pensar en t�rminos de confines abiertos para acostumbrarnos a pensar en t�rminos de contenci�n.Quiz� por eso la inteligencia artificial nos desconcierta tanto. Nos sit�a frente a un universo vertiginoso cuando nuestras categor�as mentales siguen organizadas alrededor de los l�mites. Ya no exploramos continentes; exploramos el entendimiento, el lenguaje, la vida, la conciencia. La cartograf�a no ha desaparecido. Se ha desplazado a la mente, a la esencia y a las barreras de lo humano. En cuanto al explorador, forma ahora parte del espacio que intenta balizar; y esta indagaci�n del futuro acaba devolvi�ndonos a los interrogantes que acompa�an a Occidente desde sus or�genes intelectuales. La terra ignota tecnol�gica desemboca, parad�jicamente, en la frontera m�s antigua de todas: la del conocimiento de nosotros mismos.�sa es, probablemente, la intuici�n m�s valiosa que transmite el libro. Hassabis no aparece �nicamente como cient�fico brillante o empresario visionario. Aparece como explorador. Mallaby comprende que la aventura de DeepMind no empieza como empresa, sino como obsesi�n intelectual. Por eso su obra termina siendo mucho m�s que la biograf�a del �xito de un individuo; es el relato de una b�squeda que muda de instrumentos sin abandonar nunca su prop�sito. En otro tiempo, la inquietud de Hassabis podr�a haberle conducido a recorrer los oc�anos. Hoy el reto le lleva a navegar por la inteligencia. Cambian los cauces; permanece intacta la disposici�n.Desde ni�o, Hassabis parece considerar cada logro como acceso a una pregunta m�s dif�cil. El ajedrez lo encamina a reflexionar sobre las reglas de la inteligencia; los videojuegos a la construcci�n de mundos alternativos y la capacidad de aprender dentro de ellos; la neurociencia lo introduce en los mecanismos de la memoria y la imaginaci�n; la inteligencia artificial lo ilumina en la posibilidad de reunir esas b�squedas. Sin olvidar que fue galardonado en 2024 con el premio Nobel de qu�mica. Aparentemente pasa de una materia a otra; agota un campo y se lanza a otro. No es as�; persigue, bajo formas distintas, un mismo horizonte.Henry Kissinger advirti�, con la clarividencia suya tan particular, que la inteligencia artificial planteaba un problema para el que la filosof�a dominante no estaba preparada. Y s�, durante d�cadas dimos por supuesto que el futuro hablar�a el lenguaje de la ciencia. Est� ocurriendo algo m�s complejo. Cuanto m�s avanzan las m�quinas, m�s urgente resulta volver a interrogarnos sobre aquello que nos distingue de ellas: comprender, imaginar, juzgar, crear o asumir responsabilidades. La cuesti�n no radica en regular una tecnolog�a nueva. Consiste en preguntarnos qu� ontolog�a puede orientar una civilizaci�n que ha descubierto los l�mites f�sicos del planeta sin renunciar a las fronteras abiertas del conocimiento. �sa podr�a ser la gran tarea intelectual de nuestro tiempo. No elegir entre l�mites y fronteras, sino reconciliar los l�mites del mundo con una cosmovisi�n que hizo del conocimiento superador de fronteras el fundamento de su idea de progreso.Y acaso por eso el libro de Mallaby termina llev�ndonos m�s all� de la inteligencia artificial. Nos recuerda que lo t�cnico evoluciona, mientras las grandes preguntas permanecen. Cambian las herramientas. Cambian los escenarios. Pero se mantiene intacta la actitud de frontera que impuls� el periplo de Ulises.