Actualizado a las 23:31h.

Duró diez segundos la cogida y, sin embargo, allí cabía la guerra de los cien años. La vida y la muerte caminaban a la misma velocidad, con los pitones lamiendo la cintura, el pecho, el cuello, la cara y la cabellera de José Antonio Morante, ... que acabó con un mechón blanco, con medio rostro ceniza. Lo había prendido el de Garcigrande tras un hondo natural; cuando iba a ligar otro, lo cogió por los machos y le partió la pernera. Qué horror, qué percance más terrible. Decía el sacerdote en la misa de diez en la Manquita que celebrábamos uno de los días grandes de la Virgen, y tuvo que ser Ella la que echase su divino manto para que aquello no acabase en tragedia. Corría el miedo por los tendidos a la velocidad del AVE antes de Puente, con un ¡ay! de interminable angustia. Y costó aplacarlo cuando el torerazo de La Puebla regresó milagrosamente a la cara de Espartano, que así se llamaba el toro. Y el que estuvo hecho un espartano fue el maestro con unos muletazos más puros que el más aquilatado de los oros. Descalzo, con un valor a prueba de bombas, con una plomada fabulosa. Y de fábula los derechazos, toreando sin cuerpo, porque olvidado estaba, mientras se secaba el sudor a milímetros de Espartano con su pañuelito blanco. La torería habitó de principio a fin en esta cuarta obra, desde una honda verónica a las ceñidísimas chicuelinas al paso, con toda su gracia a cuestas. Para interpretar de nuevo en el quite a la mamá del toreo de capa. «¡Viva la madre que te trajo al mundo!», le gritarían luego. Un mundo que estuvo a punto de perder, y que enterró de un espadazo con el animal tremendamente complicado para darle matarile. Dios mío, qué cosas: ¡aquello se premió con una sola oreja! ¿Pero ustedes son conscientes de lo que vieron? El genio mereció salir a hombros con un grandioso Roca Rey y un imparable David de Miranda en una fecha emotivísima, otra de esas que crean afición, de las que se recordarán cuando acabe la temporada. Eran las diez menos diez cuando el peruano y el onubense eran balanceados por una marea humana por la puerta grande. Apoteósica.