Cuando me mudé al mundo rural, hace ahora cuatro años, pensé que la vida de los gatos en un pueblo pequeño como el mío podía ser muy apacible, siempre que se dejase de matar a las camadas sistemáticamente y que los adultos estuvieran esterilizados, protegidos y cuidados, con el fin de mejorar la convivencia vecinal, de evitar la proliferación de los animales y de reducir la predación. Creía que yo podía contribuir a eso, así que me puse manos a la obra. Contacté con algunas vecinas de la localidad, me compré una jaula trampa y le pedí a una amiga experta que me enseñase a capturar. Mi querida amiga me envió un vídeo muy completo y me alertó de que el trabajo con gatos es durísimo, pero eso no me desanimó. Realmente no sabía dónde me metía.

El resultado: más de cuarenta gatos capturados por mí, algunos comentarios de admiración y muchos de desprecio hacia los animales y hacia mi persona (casi siempre a mis espaldas), y muchas noches de insomnio y ansiedad. Y eso que yo soy relativamente afortunada, mi Ayuntamiento se hace cargo de las esterilizaciones de los gatos que aparecen en el centro del pueblo -los de las masías a las afueras se tienen que buscar la vida-, e incluso nos facilita alimento para ellos.