Caminar por la calle en verano se ha convertido en un juego de estrategia. Uno se desplaza pegado a las fachadas, espera unos metros más allá del paso de cebra, bajo un árbol, a que el semáforo se ponga en verde y, tarde o temprano, se ve obligado a cruzar una avenida expuesta a un sol sin tregua. Esto es así por el diseño actual de las ciudades. Pero podría ser de otra manera: la sombra podría ser un derecho.

Es lo que plantea el Departamento de Umbrología, con sede en Barcelona, un equipo interdisciplinar de investigadores que estudia la sombra desde el punto de vista de la antropología, la arquitectura, las ciencias ambientales, las artes, y propone intervenciones y políticas para desarrollar la vida a la sombra.

El Departamento –solo existen un par de iniciativas similares en el mundo–, parte de una premisa: nuestras ciudades son herederas del urbanismo solar del siglo XIX, que abrió calles y plazas al sol y redujo la presencia de las sombras. En el contexto de la emergencia climática, ese diseño es una trampa que dificulta habitar el espacio público durante los meses más cálidos.

La sombra es, en cambio, un refugio, que al contrario de muchas soluciones tecnológicas, “es fácil de construir, mundano, cotidiano, y tiene algo muy importante para la acción climática: su espíritu colectivo”, señala Tomás Criado, coordinador de este proyecto financiado por la Fundación Daniel y Nina Carasso, y compuesto por cuatro socios barceloneses: los grupos CareNet y DARTS de la Universitat Oberta de Catalunya, el colectivo Arquitectura de Contacte, las ambientólogas y divulgadoras científicas de Nusos Coop y los artistas del Laboratorio de Pensamiento Lúdico.