Una tormenta de verano perfecta. De la amenaza fronteriza al drama humanitario, la crisis de Ceuta la conforman varias crisis superpuestas convertidas ya en vías de agua para la política nacional e internacional del Gobierno de Pedro Sánchez. La entrada de 80.000 personas por la frontera de El Tarajal el pasado 30 de julio significó, según el propio presidente, “una violación de la integridad territorial” de España. Pero ese, en realidad, solo fue el principio. Porque de esa emergencia, atajada en buena medida en cuestión de horas con el retorno de la mayoría de migrantes, se derivaron otros muchos frentes, todos aún abiertos tres semanas después, y que abarcan el enfrentamiento con socios europeos, las dudas sobre la vecindad de Marruecos, la ofensiva de Estados Unidos e Israel o la gestión del ingente flujo migratorio.

El más acuciante de todos esos frentes es, sin duda, el humanitario. Tras dos semanas sin apenas respuesta por parte de las administraciones públicas, el Gobierno central se afana al fin en buscar soluciones de acogida temporal a las miles de personas que permanecen en Ceuta desde finales de julio y que se han visto abocadas a acampar en playas, montes, acantilados o en plena calle. Y sin acceso a agua potable, comida, aseo personal o un lugar donde dormir. Una situación que cada día que pasa tensiona un poco más a la sociedad ceutí.