La noche en el Garage está muy animada. La música invita a bailar, pero la gente más bien habla, se mira y conversa con una copa en la mano y tantas cosas por decir. Hay diversión y seducción, pero nada es trivial, todo lo que se dice y se mira tiene la trascendencia de lo irrepetible, la energía y la conciencia del presente frente a un mañana que es incontrolable.Horas después, en el jardín del bar Radio, con más música, copas y conversaciones rebosantes de ilusión y sensatez sobre lo que somos y lo que debemos hacer, la madrugada se llena de propósitos y soluciones. Por unos instantes, la humillante ocupación israelí, la suicida resistencia armada de Hamas y la decrépita Autoridad Palestina desaparecen. La belleza y la valentía pueden con ellas. Nadie quiere que se haga de día.Un nuevo partido israelí defiende la igualdad de derechos y la retirada de CisjordaniaEn las ciudades inquietantes como Ramala, donde la vida es un cable sin red sobre el abismo de la guerra y la política, nada es banal. No puede serlo cuando el riesgo es tan alto, cuando cualquier caída puede ser mortal. Por eso los bares como el Garage y el Radio son tan especiales. Mucho más que espacios de refugio y diversión son lugares de reconstrucción, donde la utopía actúa como un bálsamo sobre las heridas de los jóvenes que no callan.En el Garage son bienvenidas las personas de todos los géneros. Se fuma y se sirve alcohol. La periodista Mariam Barghouti ha propuesto que nos veamos allí, y llega con Naser, un amigo que conoce a otros amigos, y todos juntos forman una comunidad de creyentes en el futuro de Palestina.Creer en el futuro implica enfrentarse al poder, desmontar las estructuras, sobre todo lingüísticas, que castran la identidad para facilitar el sometimiento.Barghouti lo explica muy bien. La fuerza ocupante no la reconoce como persona libre de culpa. Lo primero que le pregunta es si apoya Hamas y lo segundo es si cree que Israel tiene derecho a existir. Diga lo que diga, no podrá disipar la duda de que es antisemita y apoya el terrorismo. El sistema colonial determina su identidad y su culpabilidad.La reconstrucción de Barghouti y sus compatriotas empieza, por tanto, por la identidad. Exigen que Israel los reconozca como palestinos y como iguales.Hoy parece imposible. El colonialismo israelí está creando en Cisjordania un sistema de apartheid. La ONU, el Tribunal Internacional de Justicia y numerosas organizaciones de derechos humanos acumulan numerosas pruebas que lo demuestran.Muy a menudo, la solidaridad de las instituciones internacionales cae en el paternalismo y la compasión. Convierte a los palestinos en víctimas perfectas, sin ningún fallo y ninguna contradicción, y Barghouthi preferiría que no fuera así. Su pueblo no es inmaculado. El conflicto lo define tanto como al pueblo judío. Ambos bandos han cometido crímenes abominables contra mujeres y niños, contra civiles inocentes.El sionismo laico, opuesto al mesiánico que hoy gobierna Israel, admite que el pueblo judío no tiene un derecho divino sobre la tierra de Israel y que, por tanto, la religión no puede ser, como es ahora, un instrumento para la ocupación militar de los territorios palestinos.Hace apenas unos días, Gideon Levy, analista de Haaretz , reconocía que “tras la muerte de decenas de miles de gazatíes y los actos horribles y cotidianos del supremacismo judío en Cisjordania, no podemos seguir diciéndole al mundo que ‘no somos nosotros’, que ‘no es en nuestro nombre’”.Esta reflexión, que asume la responsabilidad de lo sucedido después del 7 de octubre, conecta con las ideas de Yeshayahou Leibowitz, el pensador que a lo largo del siglo XX denunció el “judeofascismo” del estado israelí.“Si tenemos que dominar a otro pueblo –dijo a propósito de la masacre de 1982 en los campos de refugiados de Sabra y Shatila–, entonces es imposible impedir la existencia de métodos nazis”.Unidos por la violencia heredada y perpetuada, la mayoría de israelíes y palestinos comparten, asimismo, una orfandad política. La mayoría no se sienten representados.Los palestinos hace tiempo que perdieron la confianza en unos dirigentes que se niegan a convocar elecciones, pero los israelíes descontentos con su gobierno sí que podrán remediarlo en los comicios del 27 de octubre.El bloque de la oposición de centro izquierda lleva ventaja en los sondeos, aunque para gobernar es muy probable que necesite el apoyo de los partidos palestinos, es decir, del 20% de la población que es árabe-israelí.Rula Daood es la primera mujer palestina que lidera un partido nacional en Israel. Nació hace 41 años en la Galilea y Unidos, su partido, representa la utopía del postsionismo. Cuando conversamos en Tel Aviv a finales de julio hacía apenas 40 días que se había constituido. “Estamos empezando –reconoció– y no vamos a parar. Sé que el camino será largo, pero no desistiremos”. A partir de un programa social de izquierdas, defienden una democracia entre iguales, un país donde los judíos deberían poder ser gobernados por los gentiles .Daood constata que “el sionismo nos ha robado las tierras”, pero cree que “centrar el debate en el sionismo es inútil”. “A los israelíes –explica– no les pregunto si son sionistas. Les pido que se retiren de Cisjordania y derriben los muros”.Daood defiende el diálogo con Hamas. Insiste en que “es imprescindible, como lo fue en su día hablar con Egipto y Jordania, países con los que hicimos la paz”.Barghouti comparte muchas ideas con Daood, pero no cree que sea el momento de dialogar con Israel: “Primero se ha retirar. El diálogo solo es posible entre iguales”.Avanza la noche en Ramala y Naser me invita a otra copa. El ambiente en el jardín del bar Radio no decae, al contrario , aún hay más ganas de pasarlo bien y de arreglar lo que nunca ha funcionado.“No es tan difícil –asegura Naser–. Imagina que hay un país que se llama Palestina y tiene 14 millones de habitantes. Siete millones de judíos y siete millones de árabes. Todos iguales en un estado de derecho. Es un nuevo país, postcolonial y levantino, con capital en Jerusalén, en el que nuestros hijos o nuestros nietos ya no hablarán de coexistencia porque no habrá conflicto. Si somos iguales no coexistimos, simplemente existimos.”La utopía es un bálsamo y un faro, al menos por una noche de verano en Ramala.Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S