Quedarse en agosto de vacaciones en Madrid, como me ha pasado en los últimos años, sigue siendo un mal plan. También lo es en otras grandes ciudades de España y de Europa. El calor sofocante sin tregua con poco árbol y poca agua, los cierres del comercio, la limitación de los servicios y el vacío un poco inquietante no se ven compensados por la ausencia de atascos, el desahogo de los sitios abiertos y los minutos –desde luego, emocionantes– del eclipse al 99,9%. Pero nada de eso es lo que más destaca.

Pasear, o intentarlo, es ver a más personas dormitando en medio del calor extremo en un banco desconchado o entre cartones en una esquina donde a lo mejor hay algo de corriente. Es ver a más mujeres mayores solas, o las más afortunadas, acompañadas por una cuidadora, renqueando en medio del polvo de las obras o sentadas en un Corte Inglés de oportunidades durante horas buscando aire acondicionado o un poco de conversación.