“Miles de invasores siguen en las calles de Ceuta”. “Miles de magrebíes y subsaharianos siguen en las calles de Ceuta”. “Miles de migrantes siguen en las calles de Ceuta”. “Miles de personas migrantes siguen en las calles de Ceuta”. “Miles de personas siguen en las calles de Ceuta”. “Miles de personas, muchas de ellas vulnerables y menores, siguen en las calles de Ceuta”.

Parafraseando el verso mil veces parafraseado de Juan Ramón Jiménez: intelijencia, dame el nombre exacto de las gentes que malviven en Ceuta desde hace semanas. Todas las denominaciones del párrafo anterior se han pronunciado en los últimos días. Las palabras nunca son inocentes, y según cuál elijas, cambia radicalmente la percepción, y también las consecuencias y las responsabilidades. No es lo mismo si los vemos como invasores (atacantes que deben ser repelidos, con violencia si hace falta), como magrebíes y subsaharianos genéricos o migrantes aún más genéricos (una masa amorfa y zombi, que puede ser tratada a bulto), o si hablamos de personas (sujetos de derechos, individualizables).