Bajo el giro hacia la izquierda que está viviendo el Partido Demócrata, subyace otra tensión que va más allá del eje político. En la mayoría de las contiendas de primarias se repite un mismo patrón: candidatos jóvenes que desbancaron a legisladores con años de experiencia a sus espaldas. Los estadounidenses vieron cómo los dos últimos inquilinos de la Casa Blanca fueron octogenarios, mientras que la edad media de los congresistas aumentó en la última década.
Este mismo verano el Capitolio tuvo que oficiar el funeral del senador republicano Lindsey Graham, quien murió abruptamente en julio a los 71 años. El senador republicano Mitch McConnell, de 84 años, estuvo ausente de las votaciones en el Congreso después de una caída en junio que lo llevó al hospital, donde contrajo una neumonía leve. Desde entonces, su estado de salud fue guardado con la máxima discreción posible.
En el Despacho Oval, la semana pasada el presidente Donald Trump, a sus 80 años recién cumplidos, se dormía durante una comparecencia con el secretario de Salud, Robert F. Kennedy, de 72 años. Los estadounidenses ven como están gobernados por una clase política envejecida que no sufrirá las consecuencias a largo plazo de sus propias decisiones políticas.













