Es la semana en la que medio internet espera que caigan los máximos exponentes del consumismo desaforado y la publicidad omnipresente: los influencers. Ellos han cargado con la culpa del incremento de las inseguridades corporales y frustraciones financieras de la juventud de la sociedad occidental, y ciertamente son uno de los principales vehículos a través del que la industria cosmética y agencias de viajes ganan un buen dineral.Este verano se han unido varias polémicas en torno a las meteduras de pata de algunos creadores de contenido. La mayoría de los casos que han avivado el debate son nacionales. Fabiana Sevillano se quejó de que este año solo ha podido disfrutar de un mes de vacaciones mientras, según ella, el resto de españoles —“la gente”, ese ente— ha tenido tres. También está la polémica de Carliyo el nervio: sugirió que todo aquel que vio el eclipse es parte de un rebaño de bobos, porque el evento astronómico no era más que una cortina de humo política tapa-corruptelas. La última polémica internacional la ha generado la cantante Tate McRae, que ha promocionado unos productos de skincare de Neutrogena fingiendo que se los ponía en la cara. Estas publicaciones se han criticado porque evidencian la fantasía en la que viven los creadores de contenido privilegiados. Son conductas tan desconectadas de la realidad que es imposible no ser consciente de lo absurdo que es haber otorgado autoridad a personas normales. Ni más sensatas ni menos; ordinarias. Personas para las que, como cualquier empresario, lo que más importa es el dinero. Hay nuevos indicadores de que la manera en la que habitamos internet quiere cambiar. Por ejemplo, vuelven los vídeos de largo formato. El público veinteañero anhela poner el cerebro a trabajar, ampliar su umbral de atención.El scroll infinito ha frito cortezas prefrontales; mantener la mente sana requiere fuerza de voluntad y un esfuerzo consciente, casi como ir al gimnasio. Los creadores de contenido más amateur han sabido identificar esa necesidad y se multiplican los videoensayos extendidos sobre el capital cultural de Pierre Bourdieu, las reflexiones sociales basadas en papers científicos, los mini-documentales sobre el Nápoles de Paolo Sorrentino o las bambalinas del nuevo empuje socialista en las filas del Partido Demócrata de Estados Unidos.Un ejemplo de esto es el comportamiento de Emma Chamberlain, la reina del vlogging natural que ha encontrado el punto exacto en el que convergen la cercanía y el misticismo necesario para acudir vestida de Mugler a la Met Gala. Hace meses que dejó de emitir su podcast y solo sube vídeos largos a YouTube.Pero casi nadie consigue eso y muy poco contenido es orgánico. Antes de 2014, internet era un espacio diversificado. Había muchas formas de pertenecer o participar de la red: foros, blogs, Tumblr, comunidades de fans, juegos online y webs dedicadas a intereses de nicho. El problema empezó quizás cuando las redes sociales lo colonizaron todo y se convirtieron en sinónimo de internet.Los foros y minijuegos.com dejaron de ocupar el centro de nuestra experiencia digital. La creación de contenido por disfrute fue sustituida por la monetización de las aficiones. Muy lejos quedan las apuestas fashion de Dulceida o las reviews seriéfilas de Andrea Compton. Internet pasó de organizarse alrededor de intereses a consumirse alrededor de personas. No van a desaparecer los influencers de lifestyle, porque todo tiene su público, que seguirá queriendo ir a la Feria de Abril todos los años —sin ser andaluza ni nada de eso— y aspirando a pasar los veranos en mansiones del “norte” —como concepto—. Sin embargo, este hartazgo de influencers tediosos puede ser el primer síntoma de que echamos de menos otra publicidad y otro internet.No todos los creadores de contenidos son indiferentes al intelectualismo o la información veraz. Hay usuarios súper guays que hablan de arquitectura, del pescado típico de Galicia, de los alimentos de temporada, y que apuestan por otra forma de trabajar. Hay personas testarudas empeñadas en crear rincones en los que recuperar la conversación larga, la divulgación anti inteligencia artificial. Lo que falta es la audiencia.Sobre el boicot a influencers curioso ver como es sólo contra los tiktokers e influencers prensa rosa y de moda y nadie está yendo a por los booktubers, los que hablan de cine, de ciencia, de historia, de gastronomía o de música... los que aportan algo vamos.— Juan Ceñal (@ordago13) August 18, 2026
Otro internet es posible más allá de los ‘influencers’
El ‘scroll’ infinito ha frito cortezas prefrontales, pero el público veinteañero anhela poner el cerebro a trabajar











